Epifanía del Señor: un rancho de pastores

Principio.
Empenicado, con las patas delanteras sobre las lajas que limitan la serpenteante vereda de Guguy, el elegante macho berrendo de tupido pelaje moteado con diferentes tonos de color -canelo, blanco y negro morisco- acecha la jurria de cabras que conforman su reducido harén. Saborea tranquilamente los esperingullados y duros brotes de un relinchón que se yergue frente a él, husmea el aire que le inquieta y vigila (de raspafilón) a los rejodínganos cabreros que, con pedradas, ásperos gritos y toda una batería de silbos, intentan socavar su indiscutible autoridad sobre el grupo al que pertenece, el cual, alimentándose de lo que encuentra y refaña a su paso, avanza al golpito por los apisonados senderos de Cormeja después de dejar atrás El Tarajalillo, la prolongada pendiente de la dichosa cuestilla y el indolente deambular de la mañana.
Entaliscado sobre las toscas que salpican el lugar, el pastor jalaga a las machorras más rezagadas, tranca por el totiso a las crías de la holandesa y le echa un ojo al cabrón berrendo que, subido a unas paredillas cercanas al camino, parece no tener tanta prisa como él. Su hermano Francisco azuza por el canto de arriba a las morrudas y estúpidas jairas que intentan volverse atrás; les lanza teniques de respetable tamaño, las arredra con alguna que otra maldición e intenta dirigirlas, junto con todo el ganado, por el camino de Las Gambuesillas, a tropa teñía si fuera posible. Hoy es noche de actuación del rancho de Pascua y ellos van a participar en la función. Tienen que arrejundir bastante para llegar lueguito a la casa, asearse un pisco, sacar los fluses más nuevos, abetunar los chusos y conseguir (cosa difícil) dos o tres reales para mojar el pico allarriba.
Se habían levantado de la cama casi de madrugada pues tenían que salir para el corral mucho antes de la prima (sin apenas desayunar). El zurrón, que al principio de la jornada abultaba algo con los cuatro cachillos que les preparó su madre María, cuelga en estos momentos ligero y exangüe cerca de sus tripas protestonas y vacías. La pella pintá -bastante gofio amasado con algunos cachillos de queso duro- cayó antes de que el Rubio pisara los quiciales de la Cueva del Mediodía; acabados ya los tunos pasados y las tres lasquillas de bizcocho añulguiento, es la gazuza la que tiene más urgencias y prisa por volver a la majadilla.
Cuenta el cabrero su ganado disperso mientras abreva en el barranquillo de Las Canales: la frontina, las rucias, la ramira, la holandesa recién parida, tres gacelas, las dos pipanas, la culeta murga, el diablo de macho cabrío, la mocha albardada, las baifillas y las cuatro ovejas -tres lampiñas y una calamorra- que les prestó Segundo el de Ferminita la del Pueblo para que, cuando den algún goto de leche, hagan queso de mixtura y para que, en pago, le presten el galán berrendo allá por el verano, cuando las hembras se vuelvan limajientas, les entre súbitamente la jiribilla del celo y haya que dejarlas arregladas para que los partos coincidan con el invierno.
Lo que ordeñan todavía cabe en el tofio grande de barro; en la próxima luna cuando estén todas parías no darán avío, ahora ni queso les vale la pena hacer. Las cabañuelas que Vicente echó por San Juan anunciaron el agua que se retrasa en su llegada; está tardando más que las cuentas cifradas por los buenos deseos y los augurios del padre.
Pasó enterito todo el mes de los Santos con tres garujillas de nada, y ya avanzada esta última quincena del año sólo hay frío del Terral e inmensas ganas de que llegue un tiempo de sur; pero hasta que la Sajarita y las otras estrellas cercanas no bajen algo más hacia el poniente, no hay nada que rascar; por el momento, ni vísperas de lluvia.
Todo está diseñado en función de los pastos que crecerán en unas semanas pintando de verde los ribazos desde el Tocomán hasta Caiderillos, desde Chofaracás hasta La Playa. Los astros pronto bajarán hacia el horizonte, los aburriones ya llegaron con sus vuelos rasantes y sus algarabías, las hormigas no paran de acarrear para los graneros, por San Andrés estuvo nublado y chispiando... Ya veremos: ahora, sólo es Dios querer.
Zafan los pastores su trajín con los animales más temprano que otras veces, antes de que las horas últimas del día se conviertan en la tardecita; dejan todo arranchado; arrancan la penca y, en un volío, llegan a su barrio atajando camino. Se lavetean en la cequia que les queda cerca de la casa, trincan algo que chascar, se visten con la ropa de los domingos y eslapan a toda prisa hacia la iglesia. Su caminata está amenizada por el dulce, ligero y persistente tintineo de perras gordas que sale de uno de los bolsillos más seguros del hermano mayor.
Al llegar a La Plaza, en el domicilio de unos parientes, se sacuden el polvo de la carretera y se acaban de componer. Pedro le presta a Justo la chaqueta de lana para que vaya mejor abrigado y tía Leonor los enchumba de agua florida mientras oyen las campanas llamando. El nervioso Sebastián no quiere cantar e intenta convencerlos para que digan las rimas de su parte. Es noche de prisas juveniles y de sobresaltos inesperados.
Un airillo fresquito, que se cierne hasta las entrañas aquellando los huesos, impone en el lugar su gélida presencia. Bajo el quiosco de La Alameda, el rancho es una mezcla de panderos, guitarras y bandurrias que se afinan. Algo no va bien con los cantadores hasta que aparece una limeta de aguardiente del Charco que se enceta deprisita agarrándola por el gollete. Se escarrujan y se lubrican los secos gaznates, se sortean los turnos y se adelanta hasta la ermita la entonada comitiva...
Los rancheros gargantean con emoción sus ancestrales canciones y se van turnando según les indica el mandador, los viejos desgranan su guineo de poesías y romanzas al Señor, retumba en el templo un clamor apagado, y hasta sonríe la Virgen cuando Félix Valencia, arrancándose valientemente, le ofrece lo que ha estado guardando celosamente para el niño Manuel impidiendo que mamaran todo el rato las insaciables baifillas de la primera cabra paría.
El beletén de la Santa Madre
es muy bueno y es sagrado,
por el divino alimento de sus pechos
se perdonarán todos los pecados.
Y a nuestro pequeño Niño Jesús
yo el de mis cabras le guardo,
para que se coma una gran escudilla
estibada con rico gofio jalao.
Final.
Después de la actuación, los congregados no se marcharon rápidamente, se dejaron estar en los alrededores del templo y metidos en alguno de los bares que todavía no habían cerrado; les quedó cierta magua de que acabara la música y no querían despedirse al corre corre porque tenían más ganas de furrungueo.
Al ir saliendo lentamente a la calle, la concurrencia notaba en la noche algo de cambio porque el condenao frío, protagonista principal durante la anochecida, se había revuelto y compinchado con unas molestosas ráfagas rebeldes de lo que parecía ser un tiempo ventoso del sureste.
Desde las mismas puertas del templo, nuestro cantor observó el remeneo de los árboles de la alameda y, al concentrarse en el genterío reunido allí, vio cómo la brisonera juguetona que se había levantado se emperraba en levantar a su vez los velos, los vuelos de las faldas y los aromas afrutados del coro de muchachas que estaba más cerca de él, de aquella improvisada reunión, de aquel pequeño grupito en concreto: el más próximo a sus secretos intereses sentimentales.
Revisó Félix su pulcro atuendo y se atusó con disimulo la arrugas de la camisa, ensayó un falso bostezo para oler el bajo de su boca y encontró que no evidenciaba mucho los macanacitos de ron que afinaron su voz, tosió educadamente -con el pañuelillo puesto sobre la boca- para eliminar una incipiente garraspera nerviosa, se alongó de puntillas para localizar a sus compañeros de farra, halló en un bolsillo el caramelo de anís que rebuscaba, sonrió al desgaire aquí y allá e inició una lenta aproximación en la dirección adecuada.
Piensa nuestro amigo que, si dentro de la iglesia tuvo el valor de entonar sus versos al Niño de su devoción, podría -con audacia también-, en el momento adecuado, contarle y cantarle cuatro cositas al oído a una joven que estaba allí afuera con su pandilla de amigas (todas machorrillas y en edad de merecer). A la que estaba ahora lanzándole de soslaire furtivas miradas de complicidad. A aquella que simulaba participar muy concentrada en el alegato que su jarquilla tenía entre manos: María Vega, el desvelo de sus sueños, la niña de su cosquilleante y más reciente afición.
A modo de epílogo.
Esta pequeña historia va especialmente dedicada a una preciosa mujercita de corta edad, a la causante de la felicidad diaria de toda su parentela, al familillo que, sin quererlo, aquella de dicha y alegría el corazón de todos nosotros: Daniela Pérez Martín, el último retoño de la casa, la primera bisnieta del matrimonio que formaron Félix y María.
Enrique García Valencia / La Aldea de San Nicolás / Epifanía de 2010
(Imagen de cabecera extraída de www.pellagofio.com)
22 comentarios
Enrique -
Ponerse en el lugar de un cabrón tiene su mérito (con o sin chupitos), porque implica una buena testa y unos buenos sentimientos de simpatía y empatía de animal racional hacia otro animal que comparte ciertos niveles de raciocinio con nosotros.
Pienso estar en Rejonia dentro de pocas semanas, nos veremos pues. Besos.
Luci Delgado -
Me puse en el lugar del macho y en el lugar del pastor y aprecié cada uno de sus puntos de vista. Debe ser cosa del CHUPITO de licor de manzana pero me vi en el papel de los dos.
Besos de todos, un abrazo grande y un año bueno en su totalidad.
Enrique -
En este último relato estaba jugando con ventaja; tocar la fibra sensible familiar mentando a casi toda la parentela desde el Mayor hasta la Menor hacía que el gol estuviera cantado a pesar de los malos oficios del central.
Agradezco tus ánimos para que siga emborronando cuartillas, vamos a ver que se puede ir haciendo; por lo pronto, ver crecer a la Daniela de tu casa e ir apreciando cómo, poco a poco, los abuelos se van abobando.
Besos, abrazos, memorias, SALUD.
Darío (El padre del familio) -
Saludos desde Tenerife de parte Daniela , Mar y Darío.
P.D.Por aquí también sopla el Terral en Arafo.
Enrique -
Fula en el lenguaje de los cabreros es la cabra que, por alguna razón, se quedó pequeña y no rinde con la leche; en el caso de tus recuerdos era, seguramente, una machorrila chica pero "arrestá", ya que daba bastante leche según me dices.
Fulas son peces (y pescados cuando te los ponen frititos en el plato) de los que ya se van viendo menos, son los animales que tiene el color más bonito de toda la Creación (si eceptuamos la gama de seres color naranja); tú sabes.
Memorias tantas, un abrazo duradero, del tipo 20-10. Salú.
Juani -
Mi abuelo criaba en Vecindario gallinas, conejos y palomas. Siempre tenia una cabra para la leche de la casa y una vez tuvo una que la nombraba como "FULA" no se si era por el color o por otra cosa. Me acuerdo que daba un montón de leche aunque era pequeñita.
Un saludo y felicidades para el año que vamos despuntando.
Enrique -
Dos abrazos, uno para Montse y otro para ti.
Enrique el de Demetria Valencia la de coma Pepa Briginia -
Despacito y con buena letra lo haré, bebiendo en las fuentes que contibuyeron a crear nuestros abuelos, como Lucila y Juan, como los míos y tantos otros que nos precedieron.
Memorias, salud, suerte y... un abrazo.
Saavedra Molina-Enrique -
Al destapar el baúl de las vivencias y al pregonarlas vía escrito, sabemos que vamos a plasmar algunas de ellas que se repiten en otras personas de nuestro entorno cultural.
La imagen que tengo de tu padre con ropa de faena manchada por el trabajo en las plataneras es para mí imborrable. Cada uno de sus pausados gestos -para un jiribilla como yo- emanaba maestría, amabilidad y cultura popular en sus explicaciones.
Un abrazo GRANDE, tipo veinte-diez.
Plas Tatú -
Es verdad que en todas nuestras familias sucedieron cosas parecidas fuera cual fuera el campo donde desarrollaron su labor nuestros redecesores. Las actitudes básicas ante el reto de la vida son las mismas (creo) en todo el género humano.
Un abrazo plastificado, nos veremos. Memorias para la tribu.
Enrique -
El muchacho casa con la muchacha y, colorín colorado, hasta su bisnieta hemos llegado; pero antes, entre muchos trajines, criaron y educaron a cuatro pimpollos de hijos: tres mujeres y un hombre, todos dignos descendientes de la parejita.
Hay muchos sentimientos en el cuentillo, es verdad.
La historia no fue totalmente real, pero... pudo haber sido.
Besos para todo el año. Memorias y... ¡salú!
paco ramos -
José Ramón Yváñez -
Despacito y buena letra dice un pastor en la fuente,
Primero beben las cabras, y después bebe la gente.
Saludos cordiales, y afectuosos del nieto de Lucila y Juan Araujo
B. G. Cruz -
Como la casa está en silencio y yo algo pallá me estoy emocionando un pelín al recordar cosas de mis propia familia.
Un abrazo desde el nuevo año que acaba de comenzar. Tío sigue escribiendo y por favor CONTESTA el correo ¡plasta!
José Saavedra Molina -
Otra cosa que me trajo a la memoria a mi querido padre, aparte de la fecha tan señalada de hoy, fue lo de la Sajarita. Cuánto sabía él, a través de la observación de los fenómenos meteorológicos, cuándo habría buen o mal año, sólo observando determinadas señales atmosféricas.
Como siempre Enrique, que Dios te bendiga por ser como eres. Te admiro, te respeto y te tengo en lo más profundo de mi ser. NO CAMBIES NUNCA. Un abrazo.
Enrique García Valencia y Vega -
Los retoños, como nuestras correspondientes Danielas, son (serán) los que nos irán marcando la pauta, nosotros, si somos listos, pondremos en sus mentes la impronta indeleble que identifica a la famila, así sembraremos para nuestra propia cosecha.
Un abrazo grande, GRANDÍSIMO.
Pepe Valencia -
Olga -
El relato de tu querido pueblo está muy rebonito y con un toque de sentimientos de varias clases. Me gustó que el muchacho acabara en boda con la muchacha.
Un beso de los que valen paratodo el año y que lo pases bien.
Enrique el de Demetria Briginia -
Aquí en La Aldea, el rancho sigue vigente debido a la labor de rescate y conservación de un grupo de entusiastas y, es verdad, se nos pone la piel erizada de emoción cuando aquellados por el friíllo del Terral los escuchamos reverentemente.
Un saludo afectuoso para todos, memorias tantas y... ¡salú!
Mª Luisa Quintana Hdez -
Enrique Valencia -
Hay un trocito del texto que, a pesar de haberlo escrito yo, me sorprendió con una lágrima de emoción al releerlo(yo soy un ñanga llorón), pues me venieron a la mente las penurias y faltas de liquidez que padecían los cristianos de aquellos tiempos, es el siguiente "Su caminata está amenizada por el dulce, ligero y persistente tintineo de perras gordas que sale de uno de los bolsillos más seguros del hermano mayor".
Un saludo "epifánico" para ti y los tuyos, Paco; memorias mil.
Siso -
Acabo de leer tu magnifico relato de actividad pecuaria y ranchera de antes; precisamente de la zona donde más rancheros hubo: los Sánchez, los Díaz, los Rodríguez... de Los Espinos a Caiderillos y Las Cuevas.
Gracias por ello. Mejor párrafo, al menos para mi "Todo está diseñado en función de los pastos que crecerán en unas semanas pintando de verde los ribazos desde el Tocomán hasta Caiderillos, desde Chofaracás hasta La Playa. Los astros pronto bajarán hacia el horizonte, los aburriones ya llegaron con sus vuelos rasantes y sus algarabías, las hormigas no paran de acarrear para los graneros, por San Andrés estuvo nublado y chispiando... Ya veremos: ahora, sólo es Dios querer"
Pues nada don Enrique García Valencia, no se pare mucho con estas cosas y de nuevo decirle que es un lujo tener estos parrafitos de ves en cuando, en esta pagina del amigo Marcial.