Blogia

ARTEVIRGO, desde La Aldea, miradas y voces

LOS INGLESES EN CANARIAS, OTRA HISTORIA MÁS

LOS INGLESES EN CANARIAS, OTRA HISTORIA MÁS

(Para Cristina la de Ofelio)

 

Hace unos días que una antigua y apreciada alumna, Cristina, la hija de Ofelio, que en paz descanse, me pidió que escribiera algo de los ingleses en Canarias, pues ella, emigrante hoy en la tierra del autor de Romeo y Julieta, ha descubierto por los muelles del Londres histórico alguna toponimia familiar como es el Muelle de Los Canarios. No es mucho lo que en estos momentos vaya a contarle, pues tendría que estar varios días o semanas rastreando por las muchas referencias bibliográficas que de esta relación histórica entre los pueblos canarios y británicos hay, más lo que la tradición oral que aún pervive puede darnos.

Los ingleses en Canarias. A lo que íbamos en forma de retazos. Empiezo por Marcos Sánchez Ojeda, conocido por Pepito Sánchez, que en paz descanse, quien tanta información me facilitó sobre su experiencia en la vida cotidiana de Londres cuando allí residía para atender a los mercados del tomate de la empresa de su familia. Me lo contaba en aquellas tardes de tertulia en la Disa, al soco del alisio. Hacía referencia a todos los trajines de los tomates que venían de Canarias, que llegaban al muelle que tú dices, el Muelle de Los Canarios, y que luego en su mayor parte se distribuían en el mercado Covent Garden, hoy desaparecido pero reconvertido en un espacio público. Más tarde este muelle, en el mismo Támesis a su paso por el centro de Londres, se hizo insuficiente ante el aumento del tráfico de buques y los desembarcos de la fruta Canaria comenzaron a hacerse en los muelles de Liverpool y de Thirlbury, muelles también muy antiguos donde aún se apreciaban los distintos rótulos colgados del techo de las naves con los destinos de la ultramar británica desde Hon-Kong hasta Sudáfrica. Entre otras curiosidades Pepito me contó que, en una ocasión, precisó de una complicada operación quirúrgica en un hospital público de Londres y cuando salió del mismo preguntó por los gastos y asombrado recibió la respuesta de nada pues la sanidad ya en aquel entonces era completamente gratuita.

En aquellos años, los cincuenta del siglo pasado, se vivía la época de mayor dinamismo comercial entre Canarias e Inglaterra con las exportaciones de tomates, plátanos y papas, aún pervivía aquella histórica etiqueta de Canary Island Produce. A pesar de la autarquía económica impuesta por el franquismo, éste régimen político permitía, como una gran excepción, las exportaciones e intercambios comerciales entre nuestras islas y el imperio comercial británico. Por tanto las libra esterlinas eran la única divisa extranjera que entraba en el Estado español sin apenas control arancelario. Los exportadores declaraban una parte de las mismas; las demás entraban a escondidas. Así las empresas de tomates crecieron como la espuma, más aún con un sistema capitalista salvaje donde no había control de salarios. Por citar algún ejemplo diremos que la célebre Comunidad de Veneguera adquiría camiones en Londres y los introducía en la isla con el objetivo del servicio en su latifundio, aunque el negocio venía dentro de las gomas de sus ruedas que en vez de aire a presión venían llenas de billetes de libras esterlinas. Por entonces yo era muy pequeño, no tanto como para observar que casi todos los camiones, motores para sacar agua de los pozos, tejidos, material de ferretería… venían del mercado de Londres, incluso unas deliciosas chocolatinas.

Pero este momento histórico de hemegonía de lo inglés en Canarias no era nuevo. Desde siglos atrás los vínculos insulares con el mercado de la libra fueron muy estrechos; primero los vinos, William Shakespeare los alabó en sus escritos, la barrilla para fabricar sosa, la orchilla para teñir en las fábricas de tejidos de Londres, la cochinilla también como materia prima de diversos tintes, los quesos… Es más, los ingleses siempre quisieron dominar a Canarias, pero fracasaron en su intento de hacerlo a tiro de cañón y punta de fusil. Todos sabemos que las escuadras de Francis Drake, Hawkins, Nelson… no pudieron conquistar nuestro archipiélago y que en las guerras de la década de 1740, al menos en una ocasión lo intentaron por la playa de La Aldea, como he contado en otras ocasiones. Más serios fueron los planes de Churchill, en la Segunda Guerra Mundial, de invasión en toda regla, si Franco entraba en guerra al lado de los alemanes. Para ello los ingleses prepararon al menos tres ataques por mar y aire; invasiones conocidas como el Informe de 1940, la Operación Pilgrim, y la Operación Tonic (1942), cuyos detalles en inglés, el lector interesado puede encontrarlos en el libro Canarias en la II Guerra Mundial, escrito por Victor Morales Lezcano (Edirca, 1995).

Los enlaces comerciales con el área de la libra esterlina estaban en su mayor parte en manos de británicos que vivían en nuestros puertos. Es interesante la sencilla lectura del libro Saga Canaria. La familia Miller en Las Palmas, 1824-1990 por Basil Miller, traducido por María Dolores de la Fe (Cabildo de Gran Canaria, 1994). Cuando comienza a consolidarse el modelo político económico del neocolonialismo, las Canarias se encuentran en el paso obligado de la ruta de los vapores ingleses y alemanes hacia ultramar, teniendo además en sus puertos francos, desde 1852, a una serie de comerciantes británicos que acondicionan carboneras, talleres, comercios, telégrafos, sede de navieras, etc. Y se dieron cuenta de que los barcos, cuando regresaban vacíos de las tierras de ultramar, podían cargar productos agrícolas en los puertos canarios para llevarlos a Londres. Y fue así como nació la idea de los ingleses de experimentar los cultivos de plátanos, tomates y papas. De esta forma se establecieron muchos más comerciantes y navieros británicos en nuestras principales ciudades portuarias, algunas de ellas de carácter multinacional, como fue la firma de Elder-Fyffes. Con los ingleses vinieron comerciantes de sus colonias en Oriente Medio, con lo que así se explica la presencia en Canarias de los indios y árabes.

En este nuevo contexto comercial y portuario de finales del siglo XIX y principios del XX se encuentran las primeras promociones turísticas desde Londres. Canarias, con su fama de islas paradisíacas con balnearios de aguas medicinales para la salud, se consolidada como centro receptor de turistas europeos. Fue un turismo de calidad, de gente con dinero que tanto deseaba disfrutar de nuestros paisajes como del saludable clima y sus aguas medicinales; alrededor de sus fuentes surgieron los balnearios de Azuaje, Teror, Berrazales… Yo recuerdo que al menos hasta los años cincuenta, cuando veíamos llegar a cualquier turista extranjero, fuera de la nacionalidad que fuera, le decíamos “ingleses”; los saludábamos, corríamos detrás de sus coches, se paraban, se sacaban fotografías con nosotros y le correspondíamos con tomates de las fincas que estaban en la orilla de la carretera. Cuando nos daban alguna moneda inglesa creíamos haber conseguido un tesoro, porque oíamos que el dinero inglés valía mucho.

Pero en La Aldea no fueron los ingleses los que introdujeron los tomates hacia 1897-1898, fue don Carlos Jaack, un alemán que hacía de cónsul de su país en Santa Cruz de Tenerife, lo que supuso una gran alarma en el gobierno inglés; pero pocos años estuvo el alemán en nuestro pueblo, pues se arruinó hacia 1904 y pronto los ingleses, a través de la multinacional de Fyffes, monopolizaron la recepción, empaquetado, transporte y comercialización del tomate. A esta célebre casa, que también puso almacenes en las playas de Guguy Grande, Tasartico, Tasarte, Veneguera, Mogán… se unió mister Dum.

Más tarde, después de la Gran Guerra, llegó el más celebre de todos los ingleses del Norte de Gran Canaria: mister Leacock. Puso su almacén por debajo de La Bodega, en el lugar donde se cruza la calle que va para el Estanco, que luego fue adquirida por la Comunidad Bersabé y donde su encargado, don José Rodríguez, celebraba las célebres veladas de boxeo. Aquel célebre inglés eligió como encargado a don José Martín, que trabajaba con Fyffes. Un hijo de este, mi vecino Pepito Martín Medina, me contó que cuando su padre, en 1920, fue a dejar a Fyffes, una gran empresa, por la de mister Leacock, el encargado, que era José Rodríguez Armas, le dijo que cómo iba a dejar una casa tan importante con almacenes en todas partes del mundo por otra de mucha menos importancia y él le contestó: “Amigo don José, dice un refrán que vale más ser cabeza de ratón que cola de león”. Mister Leacock ha sido uno de los empresarios ingleses más importantes de Gran Canaria. Era ingeniero y heredó de su padre las propiedades de Canarias, mientras que las de Madeira las heredaron sus otros hermanos. Porque Madeira era también otra isla que aunque portuguesa estaba dominada comercialmente por los ingleses y allí ellos se inventaron el negocio de los bordados y calados, cuya forma de explotación comercial la trajeron también a Canarias. Pero aún no he acabado con mister Leacock, porque aparte de empresario fue un gran ingeniero que trabajó siendo muy joven en el canal de Panamá por expreso deseo de su padre, que lo mandó allí para que se formara y aprendiera del sudor por conseguir un sueldo. En los años veinte mister Leacokc trajo a La Aldea los primeros motores de explosión marca Ruston para sacar agua de los pozos. Arrendó las tierras de Los Caserones, de don Pancho Díaz. Y fue muy generoso con nuestros agricultores al cederlos a crédito; todavía queda alguno de estos motores ingleses, quizás el mayor es el de don Pancho Díaz en Los Caserones, una pequeña sala de máquinas que está en la misma orilla de la carretera, donde todas las tardes se junta la tertulia de Carrillo, mi tío Lito y otros. Mister Leacock, de ideas democráticas afines al laborismo inglés, no comulgó con el golpe de estado de 1936; al contrario, ayudó con combustible en el fallido intento de escapar de la isla, en falúa, al delegado de gobierno Egea y otros desde el puerto de las Nieves.

Todos sabemos que el 18 de julio de 1936 en el avión inglés Dragón Rapide, Franco se desplazó desde Gran Canaria a Marruecos. Algún exportador inglés pudo estar también detrás de esta operación. El piloto, Cecil Harry W. Bebb sabía que estaba en una misión secreta para iba a trasladar a un jefe rifeño desde Canarias a Marruecos. Tras aterrizar en la isla procedente de Londres, se alojó en el Hotel Metropol, el 15 de julio de 1936, en compañía de sus viajeros ingleses, el comandante Pollard, su hija y una amiga. Le habían dicho: “Capitán, en cuanto lleguemos a Las Palmas le dejaré instalado en un hotel turístico de la ciudad. No se aburrirá usted, hay muchos compatriotas nuestros y bellas chicas de todo Reino Unido, pero sea discreto, no revele nada a nadie, este es un viaje de placer, un capricho del comandante Pollard, de su hija y de su irresistible amiga”. La tarde del 17 de julio le llegó al hotel en una bola de papel la clave convenida: “Take these two fellows to Mutt-Jeff”. Pero cuando al día siguiente, ya en Gando, se encontró con que el personaje a trasladar, en vez de un jefe rifeño, era el general Franco, se acordó de Hitler y Mussolini y pensó “Dios mío, yo he cogido al tercero”. Así lo cuenta en su libro Gran Canaria, puente entre civilizaciones, José Ferrera, que tuvo la ocasión de entrevistar al piloto inglés.

Volviendo a mister Leacock, diremos que después del golpe de estado de 1936, temió represalias del franquismo y se fue de la isla, volviendo años después, cuando sus negocios agrícolas por todo el Norte continuaban en alza. Libre de persecuciones políticas, se centró en su empresa: diseñó un modelo de fabricación de tubos para el transporte de agua que se extendió por toda Canarias, fundó la primera fábrica de bloques huecos para la construcción y a su muerte dejó su fortuna en manos de sus trabajadores, siendo enterrado, como era su deseo, en Guía, aunque para él nunca existieron fronteras entre Guía, Gáldar y Agaete: quiso descansar en su Norte.

A propósito del encargado de Fyffes en La Aldea, José Rodríguez Armas, el padre de los Rodríguez Marrero, diré que era una persona que estuvo mucho tiempo en Inglaterra como receptor de frutos y que, cuando se vino para La Aldea, siguió manteniendo las costumbres inglesas incluso en el vestir, por lo que le decían El Inglés. Su hijo Rafael, el padre de Carolina la del Centro de Salud, sabía mucho inglés y del mismo recibí por primera vez, en el Colegio, clases de inglés junto a mis compañeros de estudios.

Y continuado con la historia esta, les diré que después de mister Leacock vino a La Aldea, ya solucionado el Pleito de La Aldea, a principios de los años treinta, la empresa de los hermanos ingleses Antonio y Juliano Bonny Gómez, cuya sede, El Almacén de Los Picos, aún desafía el tiempo y debería ser protegida. Ellos se valían de palomas mensajeras para contactar con Las Palmas de Gran Canaria, para conocer los precios del tomate en los mercados de Londres.

Poco después lo hizo el también inglés Pilcher, que trajo como encargado al teldense don Silvestre Angulo, quien se quedaría para siempre en nuestro pueblo como empresario, invirtiendo continuamente en el pueblo hasta conformar en Los Espinos-La Hoya quizás la mejor finca del municipio; también puso almacén en nuestro pueblo el inglés mister Harris.

Por entonces no se oía en el valle de La Aldea más que los estampidos de grandes motores que sacaban agua de los pozos, entre el chirrido metálico de aquellos vergajones que tiraban en la oscuridad de las bombas de pistón y elevaban las aguas succionadas hacia las hoyas y laderas. Eran voluminosos motores de marcas inglesas como Ruston, Robey, Robson, Lister, Petter… Por las carreteras el tráfico incesante de los grandes camiones, con rugidos no sé si agonizantes o de fortaleza, a tope con sus cargas de ceretos y cajas de tomates, también llevaban marca inglesa, con el sello del volante a la izquierda; eran los aún recordados Seddon, Stwart, Dogge, Leyland, Fargo, Austin, Bedforf… conducidos por chóferes experimentados.

En fin, Cristina, habrás visto que es muy significativa la presencia inglesa tanto en nuestro pueblo como en toda Canarias, que incluso deja su impronta en los juegos infantiles, en la introducción del fútbol y el boxeo, en la arquitecturas e ingeniería, en el lenguaje (cambullón, naife, wan-chu-frio-leren…) . De verdad que tendría mucho más que contarte ¿Sabías que desde Las Alcaravaneras hasta Santa Catalina se le llamaba el barrio de los ingleses? ¿Que ellos también se establecieron en Tafira y El Monte con pequeños chalet diseñados con los modelos historicistas que por entonces se imponían en Inglaterra? ¿Que diseñaron con un proyecto de ingeniería unir Las Palmas de Gran Canaria con Gáldar con una línea férrea? ¿Qué trabajaron muchos ingenieros y arquitectos ingleses en obras diversas, aunque los planos iban firmados por técnicos insulares? Todo esto y más se puede estudiar en el libro publicado por el Cabildo de Gran Canaria, de varios autores y que lleva el título Canarias e Inglaterra a través de la Historia (1995).

Para terminar, porque tengo que hacerlo, incluyo este fragmento de un largo capítulo de un libro conocido: Las casas de los pobres que visitamos en La Aldea tenían generalmente una única pieza, en el extremo de la cual había un par de camas separadas del resto de la habitación por unas cortinas de muselina. El piso de tierra se cubría con una gran estera de palma… Se trata de un valioso relato de una viajera inglesa que recaló por La Aldea el lunes 12 de noviembre de 1884 y que fue publicado en 1887, con las demás descripciones de los pueblos canarios que visitó en compañía de su esposo Harris Stone, que, Cristina, tú puedes consultar en cualquier biblioteca de Londres y que quizás lo conozcas: Tenerife y sus seis satélites o pasado y presente de las Islas Canarias por la inglesa Olivia M. Stone, una romántica viajera.

En La Palmilla a 12 de marzo de 2006.

 

FESTIVIDAD DEL DULCÍSIMO NOMBRE, de Ana Rossetti

FESTIVIDAD DEL DULCÍSIMO NOMBRE, de Ana Rossetti

Yo te elegía nombres en mi devocionario.
No tuve otro maestro.
Sus páginas inmersas en tan terrible amor
acuciaban mi sed. Se abrían, dulcemente,
insólitos caminos en mi sangre
-obediente hasta entonces- extraviándola,
perturbando la blancura espectral
de mis sienes de niña cuando de los versículos,
las más bellas palabras, asentándose iban
en mi inocente lengua.
Mis primeras caricias fueron verbos,
mi amor sólo nombrarte
y el dolor una piedra preciosa
en el tierno clavel de tu costado herido.
Flotaba mi mirada en el menstruo continuo
del incensario ardiente y mis pulsos,
repitiendo incesantes arrobada noticia,
hasta el vitral translúcido, se elevaban.
La luz estremecíase con tu nombre,
como un corazón era saltando entre los nardos
y el misal fatigado de mis manos cayendo,
estampas vegetales desprendía
cual nacaradas fundas de lunarias.
Párvulas lentejuelas entre el tul,
refulgiendo, desde el comulgatorio
señalaban mi alivio.
Y anulada, enamorada yo
entreabría mi boca, mientras mi cuerpo todo
tu cuerpo recibía.

 

Ana Rossetti, Devocionario

SEMBLANZAS ALDEANAS (I). Seña Severa Montesdeoca Melo (1843-1930)

SEMBLANZAS ALDEANAS (I). Seña Severa Montesdeoca Melo (1843-1930)

Seña Severa

He aquí un nuevo trabajo de Francisco Suárez Moreno, primero de una serie que esperamos sea muy numerosa,que versa sobre la figura de una mujer admirable, Seña Severa Montesdeoca, protagonista como la que más de la lucha de nuestros antecesores por la propiedad de nuestra tierra, La Aldea.

Fue publicado en la página del Instituto de Enseñanza Secundaria de La Aldea, como una de las tantas actividades de este centro educativo para conmemorar el día internacional de la mujer. Imperdonable perdérselo.

Para descargar el texto completo, pulsar AQUÍ.

luna en el blanquizal

luna en el blanquizal

Aquí una imagen que rescaté del disco duro y que no borré por casualidad. Con el trabajo que me costó esperar a que hubiera una noche de luna llena, con el cielo despejado por completo. Desde luego que tuve que retocarla un poco para que se notara más la silueta de la montaña, y además el resultado ganó: la imagen quedó con un tono envolvente, lechoso, que le dio cierto misterio.

A mí me hace recordar el tiempo en que de niños andábamos barranco arriba, barranco abajo, en las noches de verano, huyendo de cucas y mosquitos zumbones (casi vampiros). En aquellas correrías saltamos más de un muro y, noche con noche, íbamos catando las uvas ajenas, con deleite, comentando su madurez, su bouquet. Es que éramos unos vividores y no lo sabíamos.

VENGO DE VAGAR POR LOS SUEÑOS

VENGO DE VAGAR POR LOS SUEÑOS

Vengo de vagar por los ensueños,
senderos de luz,
olores de rosas que aún mantienen el rocío.
Extiendo mi mano y no te noto.
Estás ausente; no te siento.
Giro una vez más sobre mí misma
y espero volver a conciliar el sueño.
Qué estarás haciendo con tus manos,
me pregunto. Qué con tu aliento y con tus labios;
si aún sentirás el contacto de mi piel
y oirás los acentos de mi voz.

Yo abrazo espacios vacíos,
busco tu nombre en cada cosa
e intento no pensarte por no dolerme.
La distancia aún se hace más intensa.
Nos llegará nuestro día, ha de llegar.
Días de albas serán, horas hermosas.
Estaremos unidos; nada nos tocará.

Mientras tanto, cierro los ojos y te imagino
besándome los labios, tomándome la mano
y así, me duermo, para encontrarte,
en la esencia de las rosas.

Un poquito de humor: parece mentira

Un poquito de humor: parece mentira

Otra curiosa historia encontrada en la red.

Pruebas de que la raza humana se dirige inexorablemente hacia la estupidez, aquí van algunas instrucciones auténticas que aparecen en las etiquetas de diversos productos de consumo:

En una caja de jabón Dove :INDICACIONES: UTILIZAR COMO JABON NORMAL. (¿cómo se usan los jabones... NO normales...?)
En algunas comidas congeladas Swan : SUGERENCIA PARA SERVIR: DESCONGELAR PRIMERO. (¿A alguien se le ocurriría comerlo congelado?) -
En el postre Tiramisú marca Tesco (impreso en la parte de abajo de la caja): NO DAR LA VUELTA EL ENVASE. (¡Ñoooos! ¡Demasiado tarde!...)
En un paquete de una plancha Rowenta: NO PLANCHAR LA ROPA SOBRE EL CUERPO. (Sin comentarios)
En un jarabe de Boot contra la tos para niños: NO CONDUZCA AUTOMÓVILES NI MANEJE MAQUINARIA PESADA DESPUÉS DE USAR ESTE MEDICAMENTO. (¿Los niños conducen automóviles y maquinaria pesada?)
En un cuchillo de cocina coreano: IMPORTANTE: MANTENER FUERA DEL ALCANCE DE LOS NIÑOS Y LAS MASCOTAS. (¿Qué mascota podría jugar con un cuchillo?... Quién sabe qué mascotas tienen los coreanos)
En una tira de luces de Navidad fabricadas en China: SOLO PARA USAR EN EL INTERIOR O EN EL EXTERIOR. (Ojo, única y exclusivamente...)
En un paquete de frutos secos de American Airlines: INSTRUCCIONES: ABRIR EL PAQUETE, COMER LAS FRUTOS SECOS. (Se debe tener presente que en los aviones viajan personas de culturas y costumbres muy diferentes ...)
En una sierra eléctrica sueca: NO INTENTE DETENER LA SIERRA CON LAS MANOS (¡No se me habría ocurrido hacerlo!)
En la caja de un televisor Wauta TV340: ANTES DE MIRAR UN PROGRAMA ENCIENDA EL TELEVISOR (Error...primero debe enchufarse)
En el manual de un teclado RAZOR Keyboard XP: SI SU TECLADO NO FUNCIONA ESCRÍBANOS UN E-MAIL (¿Cómo les escribo el mail? No tengo teclado...)

Y NOS ALIMENTAMOS

Y NOS ALIMENTAMOS

Y nos alimentamos de cieno
de ceniza.
Sobre el légamo de la batallas
nos coagulamos.
Pregunto si no somos
materia dispersa,
grano que en reloj se muele.
Y aún ponemos límite a la sombra.
La usamos
fuera de nuestro cuerpo.

Se nos derrama agua
en la misma mano recipiente
que nos derrama.

VISIÓN DE HIROSHIMA, de Óscar Hahn

VISIÓN DE HIROSHIMA, de Óscar Hahn

Arrojó sobre la triple ciudad un proyectil
único, cargado con la potencia del universo.
Mamsala Purva
(Texto sánscrito milenario)


Ojo con el ojo numeroso de la bomba
que se desata bajo el hongo vivo.
Con el fulgor del hombre no vidente, ojo y ojo.

Los ancianos huían decapitados por el fuego,
encallaban los ángeles en cuernos sulfúricos
decapitados por el fuego,
se varaban las vírgenes de aureola radiactiva
decapitadas por el fuego.
Todos los niños emigraban decapitados por el cielo.
No el ojo manco, no la piel tullida, no sangre
sobre la calle derretida vimos:
los amantes sorprendidos en la cópula,
petrificados por el magnesium del infierno,
los amantes inmóviles en la vía pública,
y la mujer de Lot
convertida en columna de uranio.
El hospital caliente se va por los desagües,
se va por las letrinas tu corazón helado,
se van a gatas por debajo de las camas,
se van a gatas verdes e incendiadas
que maúllan cenizas.
La vibración de las aguas hace blanquear al cuervo
y ya no puedes olvidar esa piel adherida a los muros
porque derrumbamiento beberás, leche en escombros.
Vimos las cúpulas fosforecer, los ríos
anaranjados pastar, los puentes preñados
parir en medio del silencio.
El color estridente desgarraba
el corazón de sus propios objetos:
el rojo sangre, el rosado leucemia,
el lacre llaga, enloquecidos por la fisión.
El aceite nos arrancaba los dedos de los pies,
las sillas golpeaban las ventanas
flotando en marejadas de ojos,
los edificios licuados se veían chorrear
por troncos de árboles sin cabeza,
y entre las vías lácteas y las cáscaras,
soles o cerdos luminosos
chapotear en las charcas celestes.

Por los peldaños radiactivos suben los pasos,
suben los peces quebrados por el aire fúnebre.
¿Y qué haremos con tanta ceniza?

EL OTRO YO, de Mario Benedetti

EL OTRO YO, de Mario Benedetti

Se trataba de un muchacho corriente; en los pantalones se le formaban rodilleras, leía historietas, hacía ruido cuando comía, se metía los dedos en la nariz, roncaba en la siesta, se llamaba Armando. Corriente en todo, menos en una cosa: tenía Otro Yo.

El Otro Yo usaba cierta poesía en la mirada, se enamoraba de las actrices, mentía cautelosamente, se emocionaba en los atardeceres. Al muchacho le preocupaba mucho su Otro Yo y le hacía sentirse incómodo frente a sus amigos. Por otra parte, el Otro Yo era melancólico y, debido a ello, Armando no podía ser tan vulgar como era su deseo.

Una tarde Armando llegó cansado del trabajo, se quitó los zapatos, movió lentamente los dedos de los pies y encendió la radio. En la radio estaba Mozart, pero el muchacho se durmió. Cuando despertó el Otro Yo lloraba con desconsuelo. En el primer momento, el muchacho no supo qué hacer, pero después se rehízo e insultó concienzudamente al Otro Yo. Éste no dijo nada, pero a la mañana siguiente se había suicidado.

Al principio la muerte del Otro Yo fue un rudo golpe para el pobre Armando, pero en seguida pensó que ahora sí podría ser íntegramente vulgar. Ese pensamiento lo reconfortó.

Sólo llevaba cinco días de luto, cuando salió a la calle con el propósito de lucir su nueva y completa vulgaridad. Desde lejos vio que se acercaban sus amigos. Eso le llenó de felicidad e inmediatamente estalló en risotadas. Sin embargo, cuando pasaron junto a él, ellos no notaron su presencia. Para peor de males, el muchacho alcanzó a escuchar que comentaban: "Pobre Armando. Y pensar que parecía tan fuerte, tan saludable".

El muchacho no tuvo más remedio que dejar de reír y, al mismo tiempo, sintió a la altura del esternón un ahogo que se parecía bastante a la nostalgia. Pero no pudo sentir auténtica melancolía, porque toda la melancolía se la había llevado el Otro Yo.

Mario Benedetti

PARA QUIEN SEA

PARA QUIEN SEA

Desde las azoteas del llanto

grito los silencios

y callo a gritos…,

mientras muelo las ausencias

de mis ojos y derrito la mirada

a tu paisaje de gaviotas.

Extensamente. Inmenso.

Se me derrama una oración

y un canto,

un amor infinito por la vida,

para volcarte en un poema

quieto

lleno

sencillo

hecho líneas…

…cien siglos de silencios.

 

BERBEL (Apoemas del alba escarlata)

PÁJARO

PÁJARO

Sin azares
vigilando el ascenso
circular
por capas cálidas.

El aire, tu dominio raso.
Un árbol amargo.
La tierra granada.

Despójame de estos pies
casi juncos, cóncavos.
Sácame de este mar
falso y líquido,
que vea lo extenso agrandarse.
No sé vencer oleajes
con mis ojos de superficie.

Pájaro,
mis manos
no estaban ayer
tan desnudas.

al viejo molino

al viejo molino

Triste y hermosa estampa, de otro molino más que perdemos, nosotros que vivíamos en el "Valle de los mil molinos". Al desguace, a Fuerteventura, para decorar fincas casi folclóricas. Triste final para estas bellas ingenierías que nos dieron antaño el agua que no nos llegaba del firmamento. Triste final para uno de nuestros símbolos. ¿Nos hemos fijado en la costumbre que se extiende de poblar los jardines, porches, entradas de nuestras fincas o casas, de molinitos de juguete?

Mejor tuviéramos un poco más de fundamento y chaveta y buscáramos la forma de preservar los de verdad que nos quedan o reconstruir los que tengan remedio todavía.

En fin, molino de viento, molino de conocimiento.

2666 de Roberto Bolaño

2666 de Roberto Bolaño

La primera vez que Jean-Claude Pelletier leyó a Benno von Archimboldi fue en la Navidad de 1980, en París, en donde cursaba estudios universitarios de literatura alemana, a la edad de diecinueve años. El libro en cuestión era D’Arsonval. El joven Pelletier ignoraba entonces que esa novela era parte de una trilogía (compuesta por El jardín, de tema inglés, La máscara de cuero, de tema polaco, así como D’Arsonval era, evidentemente, de tema francés), pero esa ignorancia o ese vacío o esa dejadez bibliográfica,que sólo podía ser achacada a su extrema juventud, no restó un ápice del deslumbramiento y de la admiración que le produjo la novela.
A partir de ese día (o de las altas horas nocturnas en que dio por finalizada aquella lectura inaugural) se convirtió en un archimboldiano entusiasta y dio comienzo su peregrinaje en busca de más obras de dicho autor. No fue tarea fácil.
Conseguir, aunque fuera en París, libros de Benno von Archimboldi enlos años ochenta del siglo XX no era en modo alguno una labor que no entrañara múltiples dificultades. En la biblioteca del departamento de literatura alemana de su universidad no se hallaba casi ninguna referencia sobre Archimboldi.
Sus profesores no habían oído hablar de él. Uno de ellos le dijo que su nombre le sonaba de algo. Con furor (con espanto) Pelletier descubrió al cabo de diez minutos que lo que le sonaba a su profesor era el pintor italiano,hacia el cual, por otra parte, su ignorancia también se extendía de forma olímpica.
Escribió a la editorial de Hamburgo que había publicado D’Arsonval y jamás recibió respuesta. Recorrió, asimismo, las pocas librerías alemanas que pudo encontrar en París. El nombre de Archimboldi aparecía en un diccionario sobre literatura alemana y en una revista belga dedicada, nunca supo si en broma o en serio, a la literatura prusiana. En 1981 viajó, junto con tres amigos de facultad, por Baviera y allí, en una pequeña librería de Munich, en Voralmstrasse, encontró otros dos libros, el delgado tomo de menos de cien páginas titulado El tesoro de Mitzi y el ya mencionado El jardín, la novela inglesa.
La lectura de estos dos nuevos libros contribuyó a fortalecer la opinión que ya tenía de Archimboldi. En 1983, a los veintidós años, dio comienzo a la tarea de traducir D’Arsonval.
Nadie le pidió que lo hiciera. No había entonces ninguna editorial francesa interesada en publicar a ese alemán de nombre extraño. Pelletier empezó a traducirlo básicamente porque le gustaba, porque era feliz haciéndolo, aunque también pensó que podía presentar esa traducción, precedida por un estudio sobre la obra archimboldiana, como tesis y, quién sabe, como primera piedra de su futuro doctorado...

COMENTARIO:

2666 no es una novela. Son las cinco últimas novelas del autor chileno Roberto Bolaño, que se publicaron juntas, atendiendo a que se trataba de una serie de obras narrativas unidas por el hilo conductor de las desapariciones y asesinatos de cientos de mujeres en Ciudad Juárez , México.
No es, ni mucho menos, una novela policíaca o una novela negra. Es una novela río que nos lleva desde el empeño de unos críticos literarios por estudiar y conocer la obra de un novelista alemán, que van entregando el testigo de ser protagonistas a otros personajes que van a parar a Santa Teresa, trasunto narrativo de Ciudad Juárez. En ese recorrido las relaciones entre los personajes se van haciendo cada vez más complejas, gracias a que la novela (las novelas) van casi imperceptiblemente cambiando de un clima o un espacio narrativo a otro: congresos literarios en la Europa actual, escenas de la Segunda Guerra Mundial, Alemania, Italia, España, hasta desembocar en el México fronterizo saturado de peligrosidad y corruptelas políticas y policiales. Llega un momento en que parece que estamos viendo un informe documental de una investigación policial, recién llegados de un paseo cultural por Italia o un recuerdo en blanco y negro de la Rumanía ocupada por los ejércitos del III Reich.
Pero lo que más nos arrastra dentro de esa narración-río es un lenguaje preciso y precioso, con una fluidez que nos impulsa a seguir leyendo, a la busca de un final que no será uno, sino muchos.

Muy recomendable la lectura de esta novela, considerada ya como una de las grandes. Eso sí, no damos más detalles porque todos están en 2666.

Que la disfruten y que les emocione.

PAISAJES EN EL RECUERDO (I). Las manchas del Charco

PAISAJES EN EL RECUERDO (I). Las manchas del Charco

Francisco Suárez Moreno

Aún recuerdo el revuelo que se formó en la escuela pública de La Ladera, cuyo titular era Bibiano Sánchez Ojeda, don Juan Sánchez, cuando el maestro sustituto, don Néstor León, nos comunicó que íbamos a salir de excursión. Por lo menos yo, nunca había oído semejante propuesta escolar. Entre el alegre alboroto de los chiquillos con su cadenciosa voz el joven maestro nos iba diciendo: “peseta y media para la guagua, un bocadillo, gorra o sombrero, cantimplora o botella con agua… la excursión se hará a la playa, almorzaremos a la sombra de los tarajales del Charco…”
El lugar elegido por el maestro era Las Manchas, como así era conocido el entorno de este emblemático lugar. Casi finalizaba la década de los años cincuenta, coincidiendo con un ciclo de buenos años de lluvia y en aquellos primeros meses de 1958 el humedal alcanzaba una extensa superficie, en cuyos bordes crecía un bosque de tarahales, juncos merinos, berrazas, barrillas y todo tipo de hierbas. Un siglo atrás, decían los viejos de antes que desde este punto se podía llegar, barranco arriba, hasta San Clemente saltando de rama en rama de los tarahales. De ser cierto nos podemos imaginar cómo pudo ser todo nuestro barranco y más aún de frondosa la zona de Los Manantiales hasta La Manchas, cuyo borde izquierdo, por La Marciega Baja, se conocía como Las Bandillas. Tiempo más atrás el bosque de tarahales de Las Manchas de El Charco era un humedal tan frondoso que servía de defensa a las milicias locales frente a las temibles invasiones del corso inglés, como sucedió en 1743: “En otra de las invasiones que aconteció por el puerto principal de La Aldea, hirieron y mataron a muchos ingleses, de forma que les puso en la necesidad de retirarse” (legajo 1349. Consejo de Castilla. Archivo Histórico nacional. Madrid). Por esta razón el Comandante General, una especie de Virrey de Canarias, prohibió las rozas en este lugar para formar terrenos de cultivo, rozas que se hacían sobre tarahales y juncos merinos.
Así pues, aquel era un lugar ideal para que los niños de la escuela pública de Los Espinos, en La Ladera, pasaran una alegre jornada de convivencia, a principios de aquel año. Yo le pedí el dinero de la guagua a mi madre y me dijo que lo cogiera en “el cajón” de nuestra tienda, un comercio de ultramarinos que vendía de todo en mi barrio de Los Espinos. Abusé de su confianza: en vez de peseta y media cogí tres para, de paso, comprarme un bocadillo de chorizo en la tienda de la Recovilla, en La Ladera, como si en el establecimiento de mis padres no hubiera de todo con lo que entonces se hacían los bocadillos, sobre todo a las mujeres de los almacenes en sus largas veladas de trabajo nocturno: mantequilla, mortadela, queso… pero me tenían prohibido, con lo sabrosos que eran y siguen siendo, los chorizos de Teror. Siempre tuve un gran remordimiento por haber cogido aquel dinero de más y lo confesé a mis padres años después, con la risa como respuesta, pues fueron muchos los años que trabajé detrás de aquel mostrador, en mis horas libres del estudio.
Volvamos a la escuela. Puntuales y obedientes llegamos todos los alumnos a la escuela aquel día con nuestros bocadillos y el dinero para la guagua; pero la mayoría pasamos por alto el agua, cosa a la que en un principio apenas le dimos importancia en la alegría de aquella mañana.
La guagua era de Juan García, que vivía allí mismo, en la punta de abajo de la cuestilla de La Ladera, frente a La Recova, antiguo molino de gofio. Hacía poco la había traído a La Aldea cuando entonces no había ningún medio de transporte de pasajeros, salvo los viajes esporádicos que se empezaban a realizar en un coche negro de antes de la guerra adquirido por Antoñito Medina, Bienvenido. “Bienvenido bien está,/ vecino de Pedro Chas,/ se compró un cochito/ para los aldeanos pasear”, era la estrofa que la gente se había inventado para celebrar el evento. La guagua de Juan García era un vehículo viejo y cansado, camión de importación carrozado por carpinteros insulares, vehículo de tercera o cuarta mano que venía de los saldos del transporte de Inglaterra, por eso llevaba el volante por la derecha. No llegó a estar mucho tiempo funcionando en La Aldea, porque su motor ya no podía más y lo comprobamos nosotros aquel día. No sé cuántos fallos sacó al arrancar y por el recorrido. En fin, que llegamos ya tarde a La Playa.
Allá abajo, entre el mar y los tarahales, no se imaginan la alegría de todos nosotros, una vez que el maestro nos dijo, como en el cuartel, que rompiéramos filas. Las intrincadas ramas del bosque de tarahales fueron un mundo nuevo para nosotros; una selva de las películas que veíamos en el Cine de don Juan Marrero, el Cinema X .
Hicimos los equipos, capitán primero y capitán segundo, para pedirnos por orden a cada componente. Esta vez no para jugar a la pelota sino para la guerra, el juego de “manos en alto”, por aquellos pasadizos bajo los troncos y ramas de tarahales que crecían vigorosamente sobre las arenas y la greña, desde El Charco hasta las fincas de don Pancho Díaz, en Los Caserones.
Del almuerzo no hablamos porque nuestros bocadillos de chorizo desaparecieron en un santiamén y, entre su grasienta sustancia y las mil correrías por los pasadillos de los troncos de los tarahales, pronto llegó la sed, terrible sed que acabó con nuestra “guerra”. El nuevo objetivo era buscar agua. Entonces no había ningún bar en La Playa. No podíamos salir del entorno del Charcho por orden del maestro y decidimos pasar a la misión propia de los exploradores. Había que cruzar el Charco, pasar a la otra banda, la de El Roque y Las Bandillas o subir hacia El Puente, que ya no tenía obra de fábrica alguna pues hacía unos años que el barranco se lo había llevado.

Y exploramos todas Las Manchas de El Charco. No nos atrevimos a bañarnos en él por orden del maestro; alguno llevó unos cordeles y anzuelos pero no pescó nada. Hizo bien don Néstor con la rígida advertencia, pues este humedal cuando alcanza su máxima extensión es peligroso para el baño. Por citar un ejemplo, tenemos cómo unos treinta años atrás allí mismo se había ahogado un niño de cinco años, precisamente hermano de nuestro maestro titular, don Juan Sánchez Ojeda. El accidente ocurrió poco después del mediodía de la calurosa jornada del diez de agosto de mil novecientos veinte. Un grupo de niños de las familias de Pedro Segura Almeida y Pedro Sánchez Rodríguez habían ido con una burra a arrancar las abundantes hierbas que aquel año crecían en la orilla de El Charco, cuando uno de ellos, Antonio Sánchez, quiso refrescarse y se adentró nadando hasta el centro de El Charco, donde empezó a manotear y se hundió sin que los demás niños y niñas lo pudieran salvar. También en aquellos primeros meses de 1958, el Charco estaba muy crecido con los tarahales bordeando sus claras y limpias aguas. La Marciega histórica, que dio nombre al lugar, se recuperaba. Estábamos en una naturaleza idílica: abundante vegetación, aguas dulces y más allá la orilla del mar; pero para nosotros era como estuviéramos en un desierto pues la sed era cada vez más acentuada.

En la otra banda del Charco, entre más tarahales, juncos y rojizas barrillas, donde hoy está la ruinosa área recreativa de los asaderos, descubrimos un enorme acopio de bagazos de cañadulce; eran cañas recién trituradas del molino de El Alambique, fábrica de ron que estaba aún en producción a pocos pasos de El Charco. Desde hacía unos dos o tres años comercializaba el producto con una etiqueta diferente: Ron del Charco, Tres Cañas. Y en aquel acopio de bagazos de caña encontramos algo de jugo fresco para el cuerpo, pero a costa de chupar una y otra vez las cañas molidas, lo que nos originó tantas llaguitas en la boca que no sabíamos si el deseo de encontrar agua lo era para calmar la sed o para aliviar el escozor producido en la boca.
Primero fue Quico el de Piedad Armas el que se puso en tendido prono en la misma orilla del Charco diciendo “lo que no mata engorda”, a la vez que empezó a tomar sorbos de agua con la mano para terminar metiendo de lleno la boca. Por un momento nos quedamos expectantes a ver qué decía. “El agua un poco salobre pero…” de inmediato todos hicimos lo mismo y cada buche repetíamos “lo que no mata engorda”. Bebimos no sé cuántas veces, yo creo que hasta empacharnos.

Y no recuerdo más de aquella mi primera excursión. No sufrimos ningún daño inmediato por tomar sus aguas pero sí recuerdo que aquella tarde llegué a mi casa con un fuerte pesar de estómago; una especie de sed que no se apagaba, mezclada con el repetir del chorizo. Mi madre no tuvo duda: “Paquito, cuantas veces te digo mi niño que los chorizos son malos, que tu tienes un estómago delicado”; pero no le dije que había bebido de aquellas aguas pantanosas de El Charco.
* * *
El sábado pasado estuve otra vez por este lugar sacando fotografías desde todos los puntos de la laguna. Se me presentaba en toda su dimensión y con el mayor de los encantos cuando recordé aquella mi primera excursión. La recorrí por ambos lados, desde El Puente hasta Bocabarranco, con el Teide al fondo. A mi parecer encontré el lugar más embelesante que nunca, con las aguas del barranco tan limpias llegando a El Charco, las diferentes tonalidades verdes de los tarahales y sus reflejos en las aguas, teniendo el contraste tan oscuro de El Roque al fondo. Más allá el edificio de El Alambique, ya dormido pero sobresaliente entre la espesura del bosquecillo. El pisar sobre la alfombra húmeda de las rojizas barrillas, la frescura del ambiente, la nitidez de las montañas en este marzo prodigioso me hizo pasar un rato muy agradable con tantos recuerdos; pues cada instantánea con mi mágica Nikon D-70, me transportaba una y otra vez a las sensaciones de aquella primera excursión escolar de mi vida.
En La Palmilla a cuatro de marzo de 2006

LLAMA DE AMOR VIVA

LLAMA DE AMOR VIVA

Canciones del alma en la íntima comunicación de unión de amor con Dios

¡Oh llama de amor viva
que tiernamente hieres
de mi alma en el más profundo centro!,
pues ya no eres esquiva,
acaba ya si quieres,
rompe la tela de este dulce encuentro.

¡Oh cauterio suave!,
¡oh regalada llaga!,
¡oh mano blanda!, ¡oh toque delicado
que a vida eterna sabe,
y toda deuda paga!
Matando, muerte en vida la has trocado.

¡Oh lámpara de fuego,
en cuyos resplandores
las profundas cavernas del sentido,
que estaba oscuro y ciego,
con extraños primores
calor y luz dan junto a su querido!

¡Cuán manso y amoroso
recuerdas en mi seno,
donde secretamente solo moras;
y en tu aspirar sabroso,
de bien y gloria lleno,
cuán delicadamente me enamoras!

SAN JUAN DE LA CRUZ

palmas

palmas

Una imagen preciosa, tomada en julio de 2005.

A lo peor, dentro de muy poco tiempo, va a ser un lujo ver palmeras, con tanto picudo rojo suelto y tan pocos esfuerzos para detenerlos. Seguro que será mucho trabajo parar a los bichitos, pero más seguro es que es mayor la importancia de nuestra Phoenix canariensis, que nos identifica y en muchos casos nos da nombre. Las Palmas, La Palma, Tamaraceite, Tamarán...

Aprovechemos por si no las vemos más.

AQUELLA VEZ

AQUELLA VEZ

Aquella vez sí me quiso
bajo la música, terrestre,
con los ojos
como muros destilando
proezas de sangre.


Me quiso
voraz
hacia el alba desmesurada.
Y los poros eran ciertos...
y la noche erguía
líquidos y notas cautivas
en la catástrofe estelar.


Sin embargo aplaqué el solsticio
por no amanecerme,
sin embargo
abandoné su mirra
al bálsamo del plenilunio.


Por eso fuimos innumerables
a través de los metales.

EL AHOGADO MÁS HERMOSO DEL MUNDO

EL AHOGADO MÁS HERMOSO DEL MUNDO

Los primeros niños que vieron el promontorio oscuro y sigiloso que se acercaba por el mar, se hicieron la ilusión de que era un barco enemigo. Después vieron que no llevaba banderas ni arboladura, y pensaron que fuera una ballena. Pero cuando quedó varado en la playa le quitaron los matorrales de sargazos, los filamentos de medusas y los restos de cardúmenes y naufragios que llevaba encima, y sólo entonces descubrieron que era un ahogado.
Habían jugado con él toda la tarde, enterrándolo y desenterrándolo en la arena, cuando alguien los vio por casualidad y dio la voz de alarma en el pueblo. Los hombres que lo cargaron hasta la casa más próxima notaron que pesaba más que todos los muertos conocidos, casi tanto como un caballo, y se dijeron que tal vez había estado demasiado tiempo a la deriva y el agua se le había metido dentro de los huesos. Cuando lo tendieron en el suelo vieron que había sido mucho más grande que todos los hombres, pues apenas si cabía en la casa, pero pensaron que tal vez la facultad de seguir creciendo después de la muerte estaba en la naturaleza de ciertos ahogados. Tenía el olor del mar, y sólo la forma permitía suponer que era el cadáver de un ser humano, porque su piel estaba revestida de una coraza de rémora y de lodo.
No tuvieron que limpiarle la cara para saber que era un muerto ajeno. El pueblo tenía apenas unas veinte casas de tablas, con patios de piedras sin flores, desperdigadas en el extremo de un cabo desértico. La tierra era tan escasa, que las madres andaban siempre con el temor de que el viento se llevara a los niños, y a los muertos que les iban causando los años tenían que tirarlos en los acantilados. Pero el mar era manso y pródigo, y todos los hombres cabías en siete botes. Así que cuando se encontraron el ahogado les bastó con mirarse los unos a los otros para darse cuenta de que estaban completos.
Aquella noche no salieron a trabajar en el mar. Mientras los hombres averiguaban si no faltaba alguien en los pueblos vecinos, las mujeres se quedaron cuidando al ahogado. Le quitaron el lodo con tapones de esparto, le desenredaron del cabello los abrojos submarinos y le rasparon la rémora con fierros de descamar pescados. A medida que lo hacían, notaron que su vegetación era de océanos remotos y de aguas profundas, y que sus ropas estaban en piltrafas, como si hubiera navegado por entre laberintos de corales. Notaron también que sobrellevaba la muerte con altivez, pues no tenía el semblante solitario de los otros ahogados del mar, ni tampoco la catadura sórdida y menesterosa de los ahogados fluviales. Pero solamente cuando acabaron de limpiarlo tuvieron conciencia de La clase de hombre que era, y entonces se quedaron sin aliento. No sólo era el hombre más alto, el más fuerte, el más viril y el mejor armado que habían visto jamás, sino que todavía cuando lo estaban viendo no les cabía en la imaginación.
No encontraron en el pueblo una cama bastante grande para tenderlo ni una mesa bastante sólida para velarlo. No le vinieron los pantalones de fiesta de los hombres más altos, ni las camisas dominicales de los más corpulentos, ni los zapatos del mejor plantado. Fascinados por su desproporción y su hermosura, las mujeres decidieron entonces hacerle unos pantalones con un pedazo de vela cangreja, y una camisa de bramante de novia, para que pudiera continuar su muerte con dignidad. Mientras cosían sentadas en círculo, contemplando el cadáver entre puntada y puntada, les parecía que el viento no había sido nunca tan tenaz ni el Caribe había estado nunca tan ansioso como aquella noche, y suponían que esos cambios tenían algo que ver con el muerto. Pensaban que si aquel hombre magnífico hubiera vivido en el pueblo, su casa habría tenido las puertas más anchas, el techo más alto y el piso más firme, y el bastidor de su cama habría sido de cuadernas maestras con pernos de hierro, y su mujer habría sido la más feliz. Pensaban que habría tenido tanta autoridad que hubiera sacado los peces del mar con sólo llamarlos por sus nombres, y habría puesto tanto empeño en el trabajo que hubiera hecho brotar manantiales de entre las piedras más áridas y hubiera podido sembrar flores en los acantilados. Lo compararon en secreto con sus propios hombres, pensando que no serían capaces de hacer en toda una vida lo que aquél era capaz de hacer en una noche, y terminaron por repudiarlos en el fondo de sus corazones como los seres más escuálidos de la tierra. Andaban extraviadas por esos dédalos de fantasía, cuando la más vieja de las mujeres, que por ser la más vieja había contemplado al ahogado con menos pasión que compasión, suspiró:
-Tiene cara de llamarse Esteban.
Era verdad. A la mayoría le bastó con mirarlo otra vez para comprender que no podía tener otro nombre. Las más porfiadas, que eran las más jóvenes, se mantuvieron con la ilusión de que al ponerle la ropa, tendido entre flores y con unos zapatos de charol, pudiera llamarse Lautaro. Pero fue una ilusión vana. El lienzo resultó escaso, los pantalones mal cortados y peor cosidos le quedaron estrechos, y las fuerzas ocultas de su corazón hacían saltar los botones de la camisa. Después de la media noche se adelgazaron los silbidos del viento y el mar cayó en el sopor del miércoles. El silencio acabó con las últimas dudas: era Esteban. Las mujeres que lo habían vestido, las que lo habían peinado, las que le habían cortado las uñas y raspado la barba no pudieron reprimir un estremecimiento de compasión cuando tuvieron que resignarse a dejarlo tirado por los suelos. Fue entonces cuando comprendieron cuánto debió de haber sido de infeliz aquel cuerpo descomunal, si hasta después de muerto le estorbaba. Lo vieron condenado en vida a pasar de medio lado por las puertas, a descalabrarse con los travesaños, a permanecer de pie en las visitas sin saber qué hacer con sus tiernas y rosadas manos de buey de mar, mientras la dueña de la casa buscaba la silla más resistente y le suplicaba muerta de miedo siéntese aquí Esteban, hágame el favor, y él recostado contra las paredes, sonriendo, no se preocupe señora, así estoy bien, con los talones en carne viva y las espaldas escaldadas de tanto repetir lo mismo en todas las visitas, no se preocupe señora, así estoy bien, sólo para no pasar vergüenza de desbaratar la silla, y acaso sin haber sabido nunca que quienes le decían no te vayas Esteban, espérate siquiera hasta que hierva el café, eran los mismos que después susurraban ya se fue el bobo grande, qué bueno, ya se fue el tonto hermoso. Esto pensaban las mujeres frente al cadáver un poco antes del amanecer. Más tarde, cuando le taparon la cara con un pañuelo para que no le molestara la luz, lo vieron tan muerto como siempre, tan indefenso, tan parecido a sus hombres, que se les abrieron las primeras grietas de lágrimas en el corazón. Fue una de las más jóvenes la que empezó a sollozar. Las otras, alentándose entre sí, pasaron de los suspiros a los lamentos, y mientras más sollozaban más deseos sentían de llorar, porque el ahogado se les iba volviendo cada vez más Esteban, hasta que lo lloraron tanto que fue el hombre más desvalido de la tierra, el más manso y el más servicial, el pobre Esteban. Así que cuando los hombres volvieron con la noticia de que el ahogado no era tampoco de los pueblos vecinos, ellas sintieron un vacío de júbilo entre las lágrimas.
-¡Bendito sea Dios -suspiraron-: es nuestro!
Los hombres creyeron que aquellos aspavientos no eran más que frivolidades de mujer. Cansados de las tortuosas averiguaciones de la noche, lo único que querían era quitarse de una vez el estorbo del intruso antes de que prendiera el sol bravo de aquel día árido y sin viento. Improvisaron unas angarillas con restos de trinquetes y botavaras, y las amarraron con carlingas de altura, para que resistieran el peso del cuerpo hasta los acantilados. Quisieron encadenarle a los tobillos un ancla de buque mercante para que fondeara sin tropiezos en los mares más profundos donde los peces son ciegos y los buzos se mueren de nostalgia, de manera que las malas corrientes no fueran a devolverlo a la orilla, como había sucedido con otros cuerpos. Pero mientras más se apresuraban, más cosas se les ocurrían a las mujeres para perder el tiempo. Andaban como gallinas asustadas picoteando amuletos de mar en los arcones, unas estorbando aquí porque querían ponerle al ahogado los escapularios del buen viento, otras estorbando allá para abrocharle una pulsera de orientación, y al cabo de tanto quítate de ahí mujer, ponte donde no estorbes, mira que casi me haces caer sobre el difunto, a los hombres se les subieron al hígado las suspicacias y empezaron a rezongar que con qué objeto tanta ferretería de altar mayor para un forastero, si por muchos estoperoles y calderetas que llevara encima se lo iban a masticar los tiburones, pero ellas seguían tripotando sus reliquias de pacotilla, llevando y trayendo, tropezando, mientras se les iba en suspiros lo que no se les iba en lágrimas, así que los hombres terminaron por despotricar que de cuándo a acá semejante alboroto por un muerto al garete, un ahogado de nadie, un fiambre de mierda. Una de las mujeres, mortificada por tanta insolencia, le quitó entonces al cadáver el pañuelo de la cara, y también los hombres se quedaron sin aliento.
Era Esteban. No hubo que repetirlo para que lo reconocieran. Si les hubieran dicho Sir Walter Raleigh, quizás, hasta ellos se habrían impresionado con su acento de gringo, con su guacamaya en el hombro, con su arcabuz de matar caníbales, pero Esteban solamente podía ser uno en el mundo, y allí estaba tirado como un sábado, sin botines, con unos pantalones de sietemesino y esas uñas rocallosas que sólo podían cortarse a cuchillo. Bastó con que le quitaran el pañuelo de la cara para darse cuenta de que estaba avergonzado, de que no tenía la culpa de ser tan grande, ni tan pesado ni tan hermoso, y si hubiera sabido que aquello iba a suceder habría buscado un sitio más discreto para ahogarse, en serio, me hubiera amarrado yo mismo un áncora de galón en el cuello y hubiera trastabillado como quien no quiere la cosa en los acantilados, para no andar ahora estorbando con este muerto de miércoles, como ustedes dicen, para no molestar a nadie con esta porquería de fiambre que no tiene nada que ver conmigo. Había tanta verdad en su modo de estar, que hasta los hombres más suspicaces, los que sentían amargas las minuciosas noches del mar temiendo que sus mujeres se cansaran de soñar con ellos para soñar con los ahogados, hasta ésos, y otros más duros, se estremecieron en los tuétanos con la sinceridad de Esteban.
Fue así como le hicieron los funerales más espléndidos que podían concebirse para un ahogado expósito. Algunas mujeres que habían ido a buscar flores en los pueblos vecinos regresaron con otras que no creían lo que les contaban, y éstas se fueron por más flores cuando vieron al muerto, y llevaron más y más, hasta que hubo tantas flores y tanta gente que apenas si podían caminar. A última hora les dolió devolverlo huérfano a las aguas, y le eligieron un padre y una madre entre los mejores, y otros se le hicieron hermanos, tíos y primos, así que a través de él todos los habitantes del pueblo terminaron por ser parientes entre sí. Algunos marineros que oyeron el llanto a distancia perdieron la certeza del rumbo, y se supo de uno que se hizo amarrar al palo mayor, recordando antiguas fábulas de sirenas. Mientras se disputaban el privilegio de llevarlo en hombros por la pendiente escarpada de los acantilados, hombres y mujeres tuvieron conciencia por primera vez de la desolación de sus calles, la aridez de sus patios, la estrechez de sus sueños, frente al esplendor y la hermosura de su ahogado. Lo soltaron sin ancla, para que volviera si quería, y cuando lo quisiera, y todos retuvieron el aliento durante la fracción de siglos que demoró la caída del cuerpo hasta el abismo. No tuvieron necesidad de mirarse los unos a los otros para darse cuenta de que ya no estaban completos, ni volverían a estarlo jamás. Pero también sabían que todo sería diferente desde entonces, que sus casas iban a tener las puertas más anchas, los techos más altos, los pisos más firmes, para que el recuerdo de Esteban pudiera andar por todas partes sin tropezar con los travesaños, y que nadie se atreviera a susurrar en el futuro ya murió el bobo grande, qué lástima, ya murió el tonto hermoso, porque ellos iban a pintar las fachadas de colores alegres para eternizar la memoria de Esteban, y se iban a romper el espinazo excavando manantiales en las piedras y sembrando flores en los acantilados, para que los amaneceres de los años venturos los pasajeros de los grandes barcos despertaran sofocados por el olor de jardines en altamar, y el capitán tuviera que bajar de su alcázar con su uniforme de gala, con su astrolabio, su estrella polar y su ristra de medallas de guerra, y señalando el promontorio de rosas en el horizonte del Caribe dijera en catorce idiomas, miren allá, donde el viento es ahora tan manso que se queda a dormir debajo de las camas, allá, donde el sol brilla tanto que no saben hacia dónde girar los girasoles, sí, allá, es el pueblo de Esteban.

GABRIEL GARCÍA MÁRQUEZ

tres cosas para escoger

tres cosas para escoger

(Una de esas curiosas historias que circulan por la red. Nos la envía el querido amigo y maestro Siso Suárez).

Una mujer regaba el jardín de su casa y vio a tres viejos con sus años de experiencia frente a su jardín.
Ella no los conocía y les dijo:

-No creo conocerlos, pero deben tener hambre. Por favor entren a mi casa para que coman algo.
Ellos preguntaron:

-¿Está el hombre de la casa?
-No -respondió ella-, no está.
-Entonces no podemos entrar-, dijeron ellos.
Al atardecer, cuando el marido llegó, ella le contó lo sucedido.
-¡Entonces diles que ya llegué, invítalos a pasar!
La mujer salió a invitar a los hombres a pasar a su casa.
-No podemos entrar a una casa los tres juntos, explicaron los viejitos.
-¿Por qué?-, quiso saber ella.
Uno de los hombres apuntó hacia otro de sus amigos y explicó:

-Su nombre es Riqueza.
Luego indicó hacia el otro.

-Su nombre es Éxito y yo me llamo Amor. Ahora ve adentro y decide con tu marido a cuál de nosotros tres desean invitar a su casa.
La mujer entró a su casa y le contó a su marido lo que ellos le dijeron.
El hombre se puso feliz:

-¡Qué bueno! Y ya que así es el asunto, entonces invitemos a Riqueza, que entre y llene nuestra casa.
Su esposa no estuvo de acuerdo:

-Querido, ¿por qué no invitamos a Éxito?
La hija del matrimonio estaba escuchando desde la otra esquina de la casa y vino corriendo.
-¿No sería mejor invitar a Amor? Nuestro hogar estaría entonces lleno de amor.
-Hagamos caso del consejo de nuestra hija-, dijo el esposo a su mujer.
-Ve afuera e invita a Amor a que sea nuestro huésped.
La esposa salió y les preguntó:

-¿Cuál de ustedes es Amor? Por favor, que venga y que sea nuestro invitado.
Amor se levantó de su silla y comenzó a avanzar hacia la casa.
Los otros dos también se levantaron y le siguieron.
Sorprendida, la dama les preguntó a Riqueza y a Éxito:
-Yo invité sólo a Amor ¿por qué ustedes también vienen?
Los viejos respondieron juntos:
-Si hubieras invitado a Riqueza o a Éxito los otros dos habríamos permanecido afuera, pero ya que invitaste a Amor, donde vaya él, nosotros vamos con él.
Donde quiera que hay amor, hay también riqueza y éxito.

MI DESEO PARA TI ES. . .


Donde haya dolor, te deseo paz y felicidad.
Donde hay falta de fe en ti mismo, te deseo una confianza renovada en tu capacidad para superarla.
Donde haya temor, te deseo amor y valor.

pleito

pleito

Esta pelea de lagartos a mordida limpia encaja a la perfección con el ambiente que en los últimos tiempos y abonado por la sátira carnavalesca se siente en nuestras islas.

Uno muerde ahora, otro muerde después. Y mientras tanto los depredadores acechando para acabar con ambos.

¿Cuál es más bonito? ¿Cuál el más grande? ¿Quién mordió primero? ¿Quién el último?

El estúpido pleito insular, siempre en beneficio de pescadores de río revuelto, que nunca termina. Y estúpidos nosotros, que lo alimentamos cada día con bromas, comentarios, con cifras, noticias...

A ver qué fue primero, si el huevo o el lagarto.