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ARTEVIRGO, desde La Aldea, miradas y voces

BREVES APUNTES SOBRE LA HISTORIA DE LA SOCIEDAD. EL CENTRO CULTURAL Y RECREATIVO SAN NICOLÁS, ANTES CENTRO CULTURAL Y PROGRESISTA SAN NICOLÁS. II

BREVES APUNTES SOBRE LA HISTORIA DE LA SOCIEDAD. EL CENTRO CULTURAL Y RECREATIVO SAN NICOLÁS, ANTES CENTRO CULTURAL Y PROGRESISTA SAN NICOLÁS. II

Los años 50 y 60 fueron los más importantes de nuestra sociedad, con centenares de socios, unos fundadores y otros de número. El pueblo crecía al soco de las exportaciones de tomates y nuestro centro canalizaba casi todas las fiestas bailables por días señalados, como los carnavales y la Fiesta de San Nicolás. La hemeroteca era un lugar que, tanto por el mediodía como por la tarde-noche, atraía a numerosos lectores de la prensa diaria, así como las salas de juego. En esta década la mayor parte de los bailes eran amenizados por la Orquesta Araújo con los inolvidables músicos locales como Ofito, Domingo, Moreno… bajo la dirección desde el piano de Venturita y con la voz de Paco Ruiz que llegó a cantar incluso en Las Palmas de Gran Canaria y por el Norte con el nombre artístico de El Ruiseñor del Norte, personajes muy recordados y casi todos desaparecidos por la ley inexorable del tiempo.

Entre finales de los años sesenta del siglo pasado y avanzados los setenta, aquel esplendor de nuestra sociedad continuó en alza, no sólo con los animados bailes sino con una nueva dimensión cultural: el coloquio y el debate. Volvían a discutirse las ideas políticas y culturales con personajes invitados como el poeta Padorno (director del Instituto), el pintor Pepe Dámaso y otros más. Se proyectaban películas y se difundía mucha cultura en unos años preciosos en los que comenzaba el fin de la dictadura y el principio de la Transición política. La Orquesta Araújo ya estaba en decadencia y comenzaron a surgir los primeros conjuntos musicales locales, como fueron Los Grajos y Los Volcanes, que tantas noches de baile amenizaron, sobre todo las veladas de Nochevieja-Fin de Año, donde concurría toda la juventud de pueblo con las personas mayores para divertirse conjuntamente.

Pero, luego, los años de la consolidación democrática, paradójicamente, fueron negativos para esta institución, ya que no oftecía alternativas atrayentes para la juventud. La crisis se detuvo en el período de 1988 a 1990, con una directiva más dinámica que ejecutó obras de reformas y recuperó los ciclos de conferencias; pero luego el centro continuó, irremediablemente, perdiendo socios hasta los tiempos recientes en que todos sabemos y somos conscientes de su situación y el esfuerzo realizado por darle un mayor dinamismo con la participación juvenil.

LA CRUZ DEL DIABLO, de Gustavo Adolfo Bécquer

LA CRUZ DEL DIABLO, de Gustavo Adolfo Bécquer

Que lo creas o no, me importa bien poco. Mi abuelo se lo narró a mi padre; mi padre me lo ha referido a mí, y yo te lo cuento ahora, siquiera no sea más que por pasar el rato.

I

El crepúsculo comenzaba a extender sus ligeras alas de vapor sobre las pintorescas orillas del Segre, cuando después de una fatigosa jornada llegamos a Bellver, término de nuestro viaje.

Bellver es una pequeña población situada a la falda de una colina, por detrás de la cual se ven elevarse, como las gradas de un colosal anfiteatro de granito, las empinadas y nebulosas crestas de los Pirineos.

Los blancos caseríos que la rodean, salpicados aquí y allá sobre una ondulante sábana de verdura, parecen a lo lejos un bando de palomas que han abatido su vuelo para apagar su sed en las aguas de la ribera.

Una pelada roca, a cuyos pies tuercen éstas su curso, y sobre cuya cima se notan aún remotos vestigios de construcción, señala la antigua línea divisoria entre el condado de Urgel y el más importante de sus feudos.

A la derecha del tortuoso sendero que conduce a este punto, remontando la corriente del río y siguiendo sus curvas y frondosos márgenes, se encuentra una cruz.

El asta y los brazos son de hierro; la redonda base en que se apoya, de mármol, y la escalinata que a ella conduce, de oscuros y mal unidos fragmentos de sillería.

La destructora acción de los años, que ha cubierto de orín el metal, ha roto y carcomido la piedra de este monumento, entre cuyas hendiduras crecen algunas plantas trepadoras que suben enredándose hasta coronarlo, mientras una vieja y corpulenta encina le sirve de dosel.

Yo había adelantado algunos minutos a mis compañeros de viaje, y deteniendo mi escuálida cabalgadura, contemplaba en silencio aquella cruz, muda y sencilla expresión de las creencias y la piedad de otros siglos.

Un mundo de ideas se agolpó a mi imaginación en aquel instante. Ideas ligerísimas, sin forma determinada, que unían entre sí, como un invisible hilo de luz, la profunda soledad de aquellos lugares, el alto silencio de la naciente noche y la vaga melancolía de mi espíritu.

Impulsado de un pensamiento religioso, espontáneo e indefinible, eché maquinalmente pie a tierra, me descubrí, y comencé a buscar en el fondo de mi memoria una de aquellas oraciones que me enseñaron cuando niño; una de aquellas oraciones, que cuando más tarde se escapan involuntarias de nuestros labios, parece que aligeran el pecho oprimido, y semejantes a las lágrimas, alivian el dolor, que también toma estas formas para evaporarse.

Ya había comenzado a murmurarla, cuando de improviso sentí que me sacudían con violencia por los hombros.

Volví la cara: un hombre estaba al lado mío.

Era uno de nuestros guías natural del país, el cual, con una indescriptible expresión de terror pintada en el rostro, pugnaba por arrastrarme consigo y cubrir mi cabeza con el fieltro que aún tenía en mis manos.

Mi primera mirada, mitad de asombro, mitad de cólera, equivalía a una interrogación enérgica, aunque muda.

El pobre hombre sin cejar en su empeño de alejarme de aquel sitio, contestó a ella con estas palabras, que entonces no pude comprender, pero en las que había un acento de verdad que me sobrecogió: -¡Por la memoria de su madre! ¡Por lo más sagrado que tenga en el mundo, señorito, cúbrase usted la cabeza y aléjese más que de prisa de esta cruz! ¡Tan desesperado está usted que, no bastándole la ayuda de Dios, recurre a la del demonio!

Yo permanecí un rato mirándole en silencio. Francamente, creí que estaba loco; pero él prosiguió con igual vehemencia:

-Usted busca la frontera; pues bien, si delante de esa cruz le pide usted al cielo que le preste ayuda, las cumbres de los montes vecinos se levantarán en una sola noche hasta las estrellas invisibles, sólo porque no encontremos la raya en toda nuestra vida.

Yo no puedo menos de sonreírme.

-¿Se burla usted?... ¿Cree acaso que esa es una cruz santa como la del porche de nuestra iglesia?...

-¿Quién lo duda?

-Pues se engaña usted de medio a medio; porque esa cruz, salvo lo que tiene de Dios, está maldita... esa cruz pertenece a un espíritu maligno, y por eso le llaman La cruz del diablo.

-¡La cruz del diablo! -repetí cediendo a sus instancias, sin darme cuenta a mí mismo del involuntario temor que comenzó a apoderarse de mi espíritu, y que me rechazaba como una fuerza desconocida de aquel lugar;- ¡la cruz del diablo! ¡Nunca ha herido mi imaginación una amalgama más disparatada de dos ideas tan absolutamente enemigas!... ¡Una cruz... y del diablo!!! ¡Vaya, vaya! Fuerza será que en llegando a la población me expliques este monstruoso absurdo.

Durante este corto diálogo, nuestros camaradas, que habían picado sus cabalgaduras, se nos reunieron al pie de la cruz; yo les expliqué en breves palabras lo que acababa de suceder; monté nuevamente en mi rocín, y las campanas de la parroquia llamaban lentamente a la oración, cuando nos apeamos en el más escondido y lóbrego de los paradores de Bellver.


II

Las llamas rojas y azules se enroscaban chisporroteando a lo largo del grueso tronco de encina que ardía en el ancho hogar; nuestras sombras, que se proyectaban temblando sobre los ennegrecidos muros, se empequeñecían o tomaban formas gigantescas, según la hoguera despedía resplandores más o menos brillantes; el vaso de saúco, ora vacío, ora lleno, y no de agua, como cangilón de noria, había dado tres veces la vuelta en derredor del círculo que formábamos junto al fuego, y todos esperaban con impaciencia la historia de La cruz del diablo, que a guisa de postres de la frugal cena que acabábamos de consumir se nos había prometido, cuando nuestro guía tosió por dos veces, se echó al coleto un último trago de vino, limpiose con el revés de la mano la boca, y comenzó de este modo:

Hace mucho tiempo, mucho tiempo, yo no sé cuánto, pero los moros ocupaban aún la mayor parte de España, se llamaban condes nuestros reyes, y las villas y aldeas pertenecían en feudo a ciertos señores, que a su vez prestaban homenaje a otros más poderosos, cuando acaeció lo que voy a referir a ustedes.

Concluida esta breve introducción histórica, el héroe de la fiesta guardó silencio durante algunos segundos como para coordinar sus recuerdos, y prosiguió así:

-Pues es el caso que, en aquel tiempo remoto, esta villa y algunas otras formaban parte del patrimonio de un noble barón, cuyo castillo señorial se levantó por muchos siglos sobre la cresta de un peñasco que baña el Segre, del cual toma su nombre.

Aún testifican la verdad de mi relación algunas informes ruinas que, cubiertas de jaramago y musgo, se alcanzan a ver sobre su cumbre desde el camino que conduce a este pueblo.

No sé si por ventura o desgracia quiso la suerte que este señor, a quien por su crueldad detestaban sus vasallos, y por sus malas cualidades ni el rey admitía en su corte, ni sus vecinos en el hogar, se aburriese de vivir solo con su mal humor y sus ballesteros en lo alto de la roca en que sus antepasados colgaron su nido de piedra.

Devanábase noche y día los sesos en busca de alguna distracción propia de su carácter, lo cual era bastante difícil después de haberse cansado, como ya lo estaba, de mover guerra a sus vecinos, apalear a sus servidores y ahorcar a sus súbditos.

En esta ocasión cuentan las crónicas que se le ocurrió, aunque sin ejemplar, una idea feliz.

Sabiendo que los cristianos de otras poderosas naciones se aprestaban a partir juntos en una formidable armada a un país maravilloso para conquistar el sepulcro de Nuestro Señor Jesucristo, que los moros tenían en su poder, se determinó a marchar en su seguimiento.

Si realizó esta idea con objeto de purgar sus culpas, que no eran pocas, derramando su sangre en tan justa empresa, o con el de trasplantarse a un punto donde sus malas mañas no se conociesen, se ignora; pero la verdad del caso es que, con gran contentamiento de grandes y chicos, de vasallos y de iguales, allegó cuanto dinero pudo, redimió a sus pueblos del señorío, mediante una gruesa cantidad, y no conservando de propiedad suya más que el peñón del Segre y las cuatro torres del castillo, herencia de sus padres, desapareció de la noche a la mañana.

La comarca entera respiró en libertad durante algún tiempo, como si despertara de una pesadilla.

Ya no colgaban de sus sotos, en vez de frutas, racimos de hombres; las muchachas del pueblo no temían al salir con su cántaro en la cabeza a tomar agua de la fuente del camino, ni los pastores llevaban sus rebaños al Segre por sendas impracticables y ocultas, temblando encontrar a cada revuelta de la trocha a los ballesteros de su muy amado señor.

Así transcurrió el espacio de tres años; la historia del mal caballero, que sólo por este nombre se le conocía, comenzaba a pertenecer al exclusivo dominio de las viejas, que en las eternas veladas del invierno las relataban con voz hueca y temerosa a los asombrados chicos; las madres asustaban a los pequeñuelos incorregibles o llorones diciéndoles: ¡que viene el señor del Segre!,cuando he aquí que no sé si un día o una noche, si caído del cielo o abortado de los profundos, el temido señor apareció efectivamente, y como suele decirse, en carne y hueso, en mitad de sus antiguos vasallos.

Renuncio a describir el efecto de esta agradable sorpresa. Ustedes se lo podrán figurar mejor que yo pintarlo, sólo con decirles que tornaba reclamando sus vendidos derechos, que si malo se fue, peor volvió; y si pobre y sin crédito se encontraba antes de partir a la guerra; ya no podía contar con más recursos que su despreocupación, su lanza y una media docena de aventureros tan desalmados y perdidos como su jefe.

Como era natural, los pueblos se resistieron a pagar tributos que a tanta costa habían redimido; pero el señor puso fuego a sus heredades, a sus alquerías y a sus mieses.

Entonces apelaron a la justicia del rey; pero el señor se burló de las cartas-leyes de los condes soberanos; las clavó en el postigo de sus torres, y colgó a los farautes de una encina.

Exasperados y no encontrando otra vía de salvación, por último, se pusieron de acuerdo entre sí, se encomendaron a la Divina Providencia y tomaron las armas: pero el señor llamó a sus secuaces, llamó en su ayuda al diablo, se encaramó a su roca y se preparó a la lucha.

Ésta comenzó terrible y sangrienta. Se peleaba con todas armas, en todos sitios y a todas horas, con la espada y el fuego, en la montaña y en la llanura, en el día y durante la noche.

Aquello no era pelear para vivir; era vivir para pelear.

Al cabo triunfó la causa de la justicia. Oigan ustedes cómo.

Una noche oscura, muy oscura, en que no se oía ni un rumor en la tierra ni brillaba un solo astro en el cielo, los señores de la fortaleza, engreídos por una reciente victoria, se repartían el botín, y ebrios con el vapor de los licores, en mitad de la loca y estruendosa orgía, entonaban sacrílegos cantares en loor de su infernal patrono.

Como dejo dicho, nada se oía en derredor del castillo, excepto el eco de las blasfemias, que palpitaban perdidas en el sombrío seno de la noche, como palpitan las almas de los condenados envueltas en los pliegues del huracán de los infiernos.

Ya los descuidados centinelas habían fijado algunas veces sus ojos en la villa que reposaba silenciosa, y se habían dormido sin temor a una sorpresa, apoyados en el grueso tronco de sus lanzas, cuando he aquí que algunos aldeanos, resueltos a morir y protegidos por la sombra, comenzaron a escalar el cubierto peñón del Segre, a cuya cima tocaron a punto de la media noche.

Una vez en la cima, lo que faltaba por hacer fue obra de poco tiempo: los centinelas salvaron de un solo salto el valladar que separa el sueño de la muerte; el fuego, aplicado con teas de resina al puente y al rastrillo, se comunicó con la rapidez del relámpago a los muros; y los escaladores, favorecidos por la confusión y abriéndose paso entre las llamas, dieron fin con los habitantes de aquella guarida en un abrir y cerrar de ojos.

Todos perecieron.

Cuando el cercano día comenzó a blanquear las altas copas de los enebros, humeaban aún los calcinados escombros de las desplomadas torres; y a través de sus anchas brechas, chispeando al herirla la luz y colgada de uno de los negros pilares de la sala del festín, era fácil divisar la armadura del temido jefe, cuyo cadáver, cubierto de sangre y polvo, yacía entre los desgarrados tapices y las calientes cenizas, confundido con los de sus oscuros compañeros.

El tiempo pasó; comenzaron los zarzales a rastrear por los desiertos patios, la hiedra a enredarse en los oscuros machones, y las campanillas azules a mecerse colgadas de las mismas almenas. Los desiguales soplos de la brisa, el graznido de las aves nocturnas y el rumor de los reptiles, que se deslizaban entre las altas hierbas, turbaban sólo de vez en cuando el silencio de muerte de aquel lugar maldecido; los insepultos huesos de sus antiguos moradores blanqueaban el rayo de la luna, y aún podía verse el haz de armas del señor del Segre, colgado del negro pilar de la sala del festín.

Nadie osaba tocarle; pero corrían mil fábulas acerca de aquel objeto, causa incesante de hablillas y terrores para los que le miraban llamear durante el día, herido por la luz del sol, o creían percibir en las altas horas de la noche el metálico son de sus piezas, que chocaban entre sí cuando las movía el viento, con un gemido prolongado y triste.

A pesar de todos los cuentos que a propósito de la armadura se fraguaron, y que en voz baja se repetían unos a otros los habitantes de los alrededores, no pasaban de cuentos, y el único más positivo que de ellos resultó, se redujo entonces a una dosis de miedo más que regular, que cada uno de por sí se esforzaba en disimular lo posible, haciendo, como decirse suele, de tripas corazón.

Si de aquí no hubiera pasado la cosa, nada se habría perdido. Pero el diablo, que a lo que parece no se encontraba satisfecho de su obra, sin duda con el permiso de Dios y a fin de hacer purgar a la comarca algunas culpas, volvió a tomar cartas en el asunto.

Desde este momento las fábulas, que hasta aquella época no pasaron de un rumor vago y sin viso alguno de verosimilitud, comenzaron a tomar consistencia y a hacerse de día en día más probables.

En efecto, hacía algunas noches que todo el pueblo había podido observar un extraño fenómeno.

Entre las sombras, a lo lejos, ya subiendo las retorcidas cuestas del peñón del Segre, ya vagando entre las ruinas del castillo, ya cerniéndose al parecer en los aires, se veían correr, cruzarse, esconderse y tornar a aparecer para alejarse en distintas direcciones, unas luces misteriosas y fantásticas, cuya procedencia nadie sabía explicar.

Esto se repitió por tres o cuatro noches durante el intervalo de un mes, y los confusos aldeanos esperaban inquietos el resultado de aquellos conciliábulos, que ciertamente no se hizo aguardar mucho, cuando tres o cuatro alquerías incendiadas, varias reses desaparecidas y los cadáveres de algunos caminantes despeñados en los precipicios, pusieron en alarma a todo el territorio en diez leguas a la redonda.

Ya no quedó duda alguna. Una banda de malhechores se albergaba en los subterráneos del castillo.

Éstos, que sólo se presentaban al principio muy de tarde en tarde y en determinados puntos del bosque que aun en el día se dilata a lo largo de la ribera, concluyeron por ocupar casi todos los desfiladeros de las montañas, emboscarse en los caminos, saquear los valles y descender como un torrente a la llanura, donde a éste quiero, a éste no quiero, no dejaban títere con cabeza.

Los asesinatos se multiplicaban; las muchachas desaparecían, y los niños eran arrancados de las cunas a pesar de los lamentos de sus madres, para servirlos en diabólicos festines, en que, según la creencia general, los vasos sagrados sustraídos de las profanadas iglesias servían de copas.

El terror llegó a apoderarse de los ánimos en un grado tal, que al toque de oraciones nadie se aventuraba a salir de su casa, en la que no siempre se creían seguros de los bandidos del peñón.

Mas ¿quiénes eran éstos? ¿De dónde habían venido? ¿Cuál era el nombre de su misterioso jefe? He aquí el enigma que todos querían explicar y que nadie podía resolver hasta entonces, aunque se observase desde luego que la armadura del señor feudal había desaparecido del sitio que antes ocupara, y posteriormente varios labradores hubiesen afirmado que el capitán de aquella desalmada gavilla marchaba a su frente cubierto con una que, de no ser la misma, se le asemejaba en un todo.

Cuanto queda repetido, si se le despoja de esa parte de fantasía con que el miedo abulta y completa sus creaciones favoritas, nada tiene en sí de sobrenatural y extraño.

¿Qué cosa más corriente en unos bandidos que las ferocidades con que éstos se distinguían, ni más natural que el apoderarse su jefe de las abandonadas armas del señor del Segre?

Sin embargo, algunas revelaciones hechas antes de morir por uno de sus secuaces, prisionero en las últimas refriegas, acabaron de colmar la medida, preocupando el ánimo de los más incrédulos. Poco más o menos, el contenido de su confusión fue éste:

Yo -dijo- pertenezco a una noble familia. Los extravíos de mi juventud, mis locas prodigalidades y mis crímenes por último, atrajeron sobre mi cabeza la cólera de mis deudos y la maldición de mi padre, que me desheredó al expirar. Hallándome solo y sin recursos de ninguna especie, el diablo sin duda debió sugerirme la idea de reunir algunos jóvenes que se encontraban en una situación idéntica a la mía, los cuales seducidos con la promesa de un porvenir de disipación, libertad y abundancia, no vacilaron un instante en suscribir a mis designios.

Éstos se reducían a formar una banda de jóvenes de buen humor, despreocupados y poco temerosos del peligro, que desde allí en adelante vivirían alegremente del producto de su valor y a costa del país, hasta tanto que Dios se sirviera disponer de cada uno de ellos conforme a su voluntad, según hoy a mi me sucede.

Con este objeto señalamos esta comarca para teatro de nuestras expediciones futuras, y escogimos como punto el más a propósito para nuestras reuniones el abandonado castillo del Segre, lugar seguro no tanto por su posición fuerte y ventajosa, como por hallarse defendido contra el vulgo por las supersticiones y el miedo.

Congregados una noche bajo sus ruinosas arcadas, alrededor de una hoguera que iluminaba con su rojizo resplandor las desiertas galerías, trabose una acalorada disputa sobre cual de nosotros había de ser elegido jefe.

Cada uno alegó sus méritos; yo expuse mis derechos: ya los unos murmuraban entre sí con ojeadas amenazadoras; ya los otros, con voces descompuestas por la embriaguez, habían puesto la mano sobre el pomo de sus puñales para dirimir la cuestión, cuando de repente oímos un extraño crujir de armas, acompañado de pisadas huecas y sonantes, que de cada vez se hacían más distintas. Todos arrojamos a nuestro alrededor una inquieta mirada de desconfianza: nos pusimos de pie y desnudamos nuestros aceros, determinados a vender caras las vidas; pero no pudimos por menos de permanecer inmóviles al ver adelantarse con paso firme e igual un hombre de elevada estatura completamente armado de la cabeza al pie y cubierto el rostro con la visera del casco, el cual, desnudando su montante, que dos hombres podrían apenas manejar, y poniéndole sobre uno de los carcomidos fragmentos de las rotas arcadas, exclamó con voz hueca y profunda, semejante al rumor de una caída de aguas subterráneas:

-Si alguno de vosotros se atreve a ser el primero mientras yo habite en el castillo del Segre, que tome esa espada, signo del poder.

Todos guardamos silencio, hasta que, transcurrido el primer momento de estupor, le proclamamos a grandes voces nuestro capitán, ofreciéndole una copa de nuestro vino, la cual rehusó por señas, acaso por no descubrir la faz, que en vano procuramos distinguir a través de las rejillas de hierro que la ocultaban a nuestros ojos.

No obstante, aquella noche pronunciamos el más formidable de los juramentos, y a la siguiente dieron principio nuestras nocturnas correrías. En ella nuestro misterioso jefe marchaba siempre delante de todos. Ni el fuego le ataja, ni los peligros le intimidan, ni las lágrimas le conmueven. Nunca despliega sus labios; pero cuando la sangre humea en nuestras manos, como cuando los templos se derrumban calcinados por las llamas; cuando las mujeres huyen espantadas entre las ruinas, y los niños arrojan gritos de dolor, y los ancianos perecen a nuestros golpes, contesta con una carcajada de feroz alegría a los gemidos, a las imprecaciones y a los lamentos.

Jamás se desnuda de sus armas ni abate la visera de su casco después de la victoria, ni participa del festín, ni se entrega al sueño. Las espadas que le hieren se hunden entre las piezas de su armadura, y ni le causan la muerte, ni se retiran teñidas en sangre; el fuego enrojece su espaldar y su cota, y aún prosigue impávido entre las llamas, buscando nuevas víctimas; desprecia el oro, aborrece la hermosura, y no le inquieta la ambición.

Entre nosotros, unos le creen un extravagante; otros un noble arruinado, que por un resto de pudor se tapa la cara; y no falta quien se encuentra convencido de que es el mismo diablo en persona.

El autor de esas revelaciones murió con la sonrisa de la mofa en los labios y sin arrepentirse de sus culpas; varios de sus iguales le siguieron en diversas épocas al suplicio; pero el temible jefe a quien continuamente se unían nuevos prosélitos, no cesaba en sus desastrosas empresas.

Los infelices habitantes de la comarca, cada vez más aburridos y desesperados, no acertaban ya con la determinación que debería tomarse para concluir de un todo con aquel orden de cosas, cada día más insoportable y triste.

Inmediato a la villa, y oculto en el fondo de un espeso bosque, vivía a esta sazón, en una pequeña ermita dedicada a San Bartolomé, un santo hombre de costumbres piadosas y ejemplares, a quien el pueblo tuvo siempre en olor de santidad, merced a sus saludables consejos y acertadas predicciones.

Este venerable ermitaño, a cuya prudencia y proverbial sabiduría encomendaron los vecinos de Bellver la resolución de este difícil problema, después de implorar la misericordia divina por medio de su santo Patrono, que, como ustedes no ignoran, conoce al diablo muy de cerca y en más de una ocasión le ha atado bien corto, les aconsejó que se emboscasen durante la noche al pie del pedregoso camino que sube serpenteando por la roca; en cuya cima se encontraba el castillo, encargándoles al mismo tiempo que, ya allí, no hiciesen uso de otras armas para aprehenderlo que de una maravillosa oración que les hizo aprender de memoria, y con la cual aseguraban las crónicas que San Bartolomé había hecho al diablo su prisionero.

Púsose en planta el proyecto, y su resultado excedio a cuantas esperanzas se habían concebido; pues aún no iluminaba el sol del otro día la alta torre de Bellver, cuando sus habitantes, reunidos en grupos en la plaza Mayor, se contaban unos a otros, con aire de misterio, cómo aquella noche, fuertemente atado de pies y manos y a lomos de una poderosa mula, había entrado en la población el famoso capitán de los bandidos del Segre.

De qué arte se valieron los acometedores de esta empresa para llevarla a término, ni nadie se lo acertaba a explicar, ni ellos mismos podían decirlo; pero el hecho era que gracias a la oración del santo o al valor de sus devotos, la cosa había sucedido tal como se refería.

Apenas la novedad comenzó a extenderse de boca en boca y de casa en casa, la multitud se lanzó a las calles con ruidosa algazara y corrió a reunirse a las puertas de la prisión. La campana de la parroquia llamó a concejo, y los vecinos más respetables se juntaron en capítulo, y todos aguardaban ansiosos la hora en que el reo había de comparecer ante sus improvisados jueces.

Éstos, que se encontraban autorizados por los condes de Urgel para administrarse por sí mismos pronta y severa justicia sobre aquellos malhechores, deliberaron un momento, pasado el cual, mandaron comparecer al delincuente a fin de notificarle su sentencia.

Como dejo dicho, así en la plaza Mayor, como en las calles por donde el prisionero debía atravesar para dirigirse al punto en que sus jueces se encontraban, la impaciente multitud hervía como un apiñado enjambre de abejas. Especialmente en la puerta de la cárcel, la conmoción popular tomaba cada vez mayores proporciones; ya los animados diálogos, los sordos murmullos y los amenazadores gritos comenzaban a poner en cuidado a sus guardas, cuando afortunadamente llegó la orden de sacar al reo.

Al aparecer éste bajo el macizo arco de la portada de su prisión, completamente vestido de todas armas y cubierto el rostro por la visera, un sordo y prolongado murmullo de admiración y de sorpresa se elevó de entre las compactas masas del pueblo, que se abrían con dificultad para dejarle paso.

Todos habían reconocido en aquella armadura la del señor del Segre: aquella armadura, objeto de las más sombrías tradiciones mientras se la vio suspendida de los arruinados muros de la fortaleza maldita.

Las armas eran aquéllas, no cabía duda alguna: todos habían visto flotar el negro penacho de su cimera en los combates que en un tiempo trabaran contra su señor; todos le habían visto agitarse al soplo de la brisa del crepúsculo, a par de la hiedra del calcinado pilar en que quedaron colgadas a la muerte de su dueño. Mas ¿quién podría ser el desconocido personaje que entonces las llevaba? Pronto iba a saberse, al menos así se creía. Los sucesos dirán cómo esta esperanza quedó frustada, a la manera de otras muchas, y por qué de este solemne acto de justicia, del que debía aguardarse el completo esclarecimiento de la verdad, resultaron nuevas y más inexplicables confusiones.

El misterioso bandido penetró al fin en la sala del concejo, y un silencio profundo sucedió a los rumores que se elevaran de entre los circunstantes, al oír resonar bajo las altas bóvedas de aquel recinto el metático son de sus acicates de oro. Uno de los que componían el tribunal, con voz lenta e insegura, le preguntó su nombre, y todos prestaron el oído con ansiedad para no perder una sola palabra de su respuesta; pero el guerrero se limitó a encoger sus hombros ligeramente, con un aire de desprecio e insulto que no pudo menos de irritar a sus jueces, los que se miraron entre sí sorprendidos.

Tres veces volvió a repetirle la pregunta, y otras tantas obtuvo semejante o parecida contestación.

-¡Que se levante la visera! ¡Que se descubra! ¡Que se descubra! -comenzaron a gritar los vecinos de la villa presentes al acto-. ¡Que se descubra! Veremos si se atreve entonces a insultarnos con su desdén, como ahora lo hace protegido por el incógnito!

-Descubríos -repitió el mismo que anteriormente le dirigiera la palabra.

El guerrero permaneció impasible.

-Os lo mando en el nombre de nuestra autoridad.

La misma contestación.

-En el de los condes soberanos.

Ni por esas.

La indignación llegó a su colmo, hasta el punto que uno de sus guardas, lanzándose sobre el reo, cuya pertinacia en callar bastaría para apurar la paciencia a un santo, le abrió violentamente la visera. Un grito general de sorpresa se escapó del auditorio, que permaneció por un instante herido de un inconcebible estupor.

La cosa no era para menos.

El casco, cuya férrea visera se veía en parte levantada hasta la frente, en parte caída sobre la brillante gola de acero, estaba vacío... completamente vacío.

Cuando pasado ya el primer momento de terror quisieron tocarle, la armadura se estremeció ligeramente y, descomponiéndose en piezas, cayó al suelo con un ruido sordo y extraño.

La mayor parte de los espectadores, a la vista del nuevo prodigio, abandonaron tumultuosamente la habitación y salieron despavoridos a la plaza.

La nueva se divulgó con la rapidez del pensamiento entre la multitud, que aguardaba impaciente el resultado del juicio; y fue tal alarma, la revuelta y la vocería, que ya a nadie cupo duda sobre lo que de pública voz se aseguraba, esto es, que el diablo, a la muerte del señor del Segre, había heredado los feudos de Bellver.

Al fin se apaciguó el tumulto, y decidiose volver a un calabozo la maravillosa armadura.

Ya en él, despacháronse cuatro emisarios, que en representación de la atribulada villa hiciesen presente el caso al conde de Urgel y al arzobispo, los que no tardaron muchos días en tornar con la resolución de estos personajes, resolución que, como suele decirse, era breve y compendillosa.

-Cuélguese -les dijeron- la armadura en la plaza Mayor de la villa; que si el diablo la ocupa, fuerza le será el abandonarla o ahorcarse con ella.

Encantados los habitantes de Bellver con tan ingeniosa solución, volvieron a reunirse en concejo, mandaron levantar una altísima horca en la plaza, y cuando ya la multitud ocupaba sus avenidas, se dirigieron a la cárcel por la armadura, en corporación y con toda la solemnidad que la importancia del caso requería.

Cuando la respetable comitiva llegó al macizo arco que daba entrada al edificio, un hombre pálido y descompuesto se arrojó al suelo en presencia de los aturdidos circunstantes, exclamando con lágrimas en los ojos:

-¡Perdón, señores, perdón!

-¡Perdón! ¿Para quién? -dijeron algunos-; ¿para el diablo que habita dentro de la armadura del señor del Segre?

-Para mí -prosiguió con voz trémula el infeliz, en quien todos reconocieron al alcaide de las prisiones-, para mí... porque las armas... han desaparecido.

Al oír estas palabras, el asombro se pintó en el rostro de cuantos se encontraban en el pórtico, que, mudos e inmóviles, hubieran permanecido en la posición en que se encontraban Dios sabe hasta cuándo, si la siguiente relación del aterrado guardián no les hubiera hecho agruparse en su alrededor para escuchar con avidez.

-Perdonadme, señores -decía el pobre alcaide-, y yo no os ocultaré nada, siquiera sea en contra mía.

Todos guardaron silencio y él prosiguió así:

-Yo no acertaré nunca a dar razón; pero es el caso que la historia de las armas vacías me pareció siempre una fábula tejida en favor de algún noble personaje, a quien tal vez altas razones de conveniencia pública no permitía ni descubrir ni castigar.

En esta creencia estuve siempre, creencia en que no podía menos de confirmarme la inmovilidad en que se encontraban desde que por segunda vez tornaron a la cárcel traídas del concejo. En vano una noche y otra, deseando sorprender su misterio, si misterio en ellas había, me levantaba poco a poco y aplicaba el oído a los intersticios de la cerrada puerta de su calabozo; ni un rumor se percibía.

En vano procuré observarlas a través de un pequeño agujero producido en el muro; arrojadas sobre un poco de paja y en uno de los más oscuros rincones, permanecían un día y otro descompuestas e inmóviles.

Una noche, por último, aguijoneado por la curiosidad y deseando convencerme por mí mismo de que aquel objeto de terror nada tenía de misterioso, encendí una linterna, bajé a las prisiones, levanté sus dobles aldabas, y, no cuidando siquiera -tanta era mi fe en que todo no pasaba de un cuento- de cerrar las puertas tras mí, penetré en el calabozo. Nunca lo hubiera hecho; apenas anduve algunos pasos; la luz de mi linterna se apagó por sí sola, y mis dientes comenzaron a chocar y mis cabellos a erizarse. Turbando el profundo silencio que me rodeaba, había oído como un ruido de hierros que se removían y chocaban al unirse entre las sombras.

Mi primer movimiento fue arrojarme a la puerta para cerrar el paso, pero al asir sus hojas, sentí sobre mis hombros una mano formidable cubierta con un guantelete, que después de sacudirme con violencia me derribó bajo el dintel. Allí permanecí hasta la mañana siguiente, que me encontraron mis servidores falto de sentido, y recordando sólo que, después de mi caída, había creído percibir confusamente como unas pisadas sonoras, al compás de las cuales resonaba un rumor de espuelas, que poco a poco se fue alejando hasta perderse.

Cuando concluyó el alcaide, reinó un silencio profundo, al que siguió luego un infernal concierto de lamentaciones, gritos y amenazas.

Trabajo costó a los más pacíficos el contener al pueblo que, furioso con la novedad, pedía a grandes voces la muerte del curioso autor de su nueva desgracia.

Al cabo logrose apaciguar el tumulto, y comenzaron a disponerse a una nueva persecución. Ésta obtuvo también un resultado satisfactorio.

Al cabo de algunos días, la armadura volvió a encontrarse en poder de sus perseguidores. Conocida la fórmula, y mediante la ayuda de San Bartolomé, la cosa no era ya muy difícil.

Pero aún quedaba algo por hacer; pues en vano, a fin de sujetarla, la colgaron de una horca; en vano emplearon la más exquisita vigilancia con el objeto de quitarle toda ocasión de escaparse por esos mundos. En cuanto las desunidas armas veían dos dedos de luz, se encajaban, y pian pianito volvían a tomar el trote y emprender de nuevo sus excursiones por montes y llanos, que era una bendición del cielo.

Aquello era el cuento de nunca acabar.

En tan angustiosa situación, los vecinos se repartieron entre sí las piezas de la armadura, que acaso por la centésima vez se encontraba en sus manos, y rogaron al piadoso eremita, que un día los iluminó con sus consejos, decidiera lo que debía hacerse de ella.

El santo varón ordenó al pueblo una penitencia general. Se encerró por tres días en el fondo de la caverna que le servía de asilo, y al cabo de ellos dispuso que se fundiesen las diabólicas armas, y con ellas y algunos sillares del castillo del Segre, se levantase una cruz.

La operación se llevó a término, aunque no sin que nuevos y aterradores prodigios llenasen de pavor el ánimo de los consternados habitantes de Bellver.

En tanto que las piezas arrojadas a las llamas comenzaban a enrojecerse, largos y profundos gemidos parecían escaparse de la ancha hoguera, de entre cuyos troncos saltaban como si estuvieran vivas y sintiesen la acción del fuego. Una tromba de chispas rojas, verdes y azules danzaba en la cúspide de sus encendidas lenguas, y se retorcían crujiendo como si una legión de diablos, cabalgando sobre ellas, pugnase por libertar a su señor de aquel tormento.

Extraña, horrible fue la operación en tanto que la candente armadura perdía su forma para tomar la de una cruz.

Los martillos caían resonando con un espantoso estruendo sobre el yunque, al que veinte trabajadores vigorosos sujetaban las barras del hirviente metal, que palpitaba y gemía al sentir los golpes.

Ya se extendían los brazos del signo de nuestra redención, ya comenzaba a formarse la cabecera, cuando la diabólica y encendida masa se retorcía de nuevo como en una convulsión espantosa, y rodeándose al cuerpo de los desgraciados que pugnaban por desasirse de sus brazos de muerte, se enroscaba en anillas como una culebra o se contraía en zigzag como un relámpago.

El constante trabajo, la fe, las oraciones y el agua bendita consiguieron, por último, vencer al espíritu infernal, y la armadura se convirtió en cruz.

Esa cruz es la que hoy habéis visto, y a la cual se encuentra sujeto el diablo que le presta su nombre: ante ella, ni las jóvenes colocan en el mes de Mayo ramilletes de lirios, ni los pastores se descubren al pasar, ni los ancianos se arrodillan, bastando apenas las severas amonestaciones del clero para que los muchachos no la apedreen.

Dios ha cerrado sus oídos a cuantas plegarias se le dirijan en su presencia. En el invierno los lobos se reúnen en manadas junto al enebro que la protege, para lanzarse sobre las reses; los bandidos esperan a su sombra a los caminantes, que entierran a su pie después que los asesinan; y cuando la tempestad se desata, los rayos tuercen su camino para liarse, silbando, al asta de esa cruz y romper los sillares de su pedestal.

Gustavo Adolfo Bécquer 

EL EQUIPO IMPERIO

EL EQUIPO IMPERIO

Aunque el fútbol no sea santo de mi devoción, y aunque me salgan ronchas cada vez que veo que los mensajes más visitados y comentados en los foros aldeanos se refieran al "deporte rey", lo cual dice bastante de lo que más interesa por nuestros barrancos olvidados de la mano del que autoriza la construcción de las carreteras, voy a hacer una excepción para exponer mi opinión acerca de la creación de un nuevo equipo, el llamado "Imperio".

En primer lugar, he de decir que el Imperio ya existe, como parte fundadora que es, con otros equipos (Nueva España, Imperial, etc.) de la Unión Deportiva San Nicolás. El equipo oficial de nuestro pueblo se creó después de muchos esfuerzos para poner de acuerdo a muchas personas con maneras muy diferentes de pensar, pero con una ilusión compartida: la pasión por el fútbol y el amor a nuestro pueblo. Así que el nombre supuestamente elegido ya está ocupado. Digo todo esto a razón de que mi padre, Ofelio González, mi tío Octavio Dámaso, mi primo Carmelo León, mi querido y recordado amigo Francisco Ramos Ruiz (Paco Ruiz) y tantas otras personas dignas de admiración, que forjaron la red organizativa del fútbol aldeano, jugaron en ese equipo y otros durante muchos años, hasta que llegado el momento de apostar por la calidad, cedieron su puesto a las personas con más efectividad en el juego del equipo y, de esta manera, con el paso de los años y con las diferentes generaciones de jugadores y técnicos, se consiguió un historial que ya muchos pueblos de ocho o nueve mil habitantes quisieran para ellos.

En segundo lugar, me parece que aquí huele a descontento con los resultados, con los técnicos o con la directiva. Y como siempre, o jugamos como yo quiero o rompemos la baraja, y si la baraja es de otros, pues cambiamos de baraja.

Finalmente, me parece que aquí va a pasar como con la famosa plataforma que se iba a presentar a las pasadas elecciones, que mucho chau chau y poco jase jase. Hasta dijeron que yo iba a ir en la lista de esa plataforma. Ni borracho. El que quiera saber en qué partido milito no tiene sino que preguntarlo, que no soy ni del PP ni del PSOE ni de AMATT, ni de Fuerza Nueva. Pues lo mismo: menos rumores y más hechos y nombres y propuestas serias.

Parece mentira, con lo fácil que es participar y señalar los errores y unir las fuerzas individuales para que sumadas den mejores resultados. Estaríamos aseados si cada vez que el equipo pierde o tiene malas temporadas nos inventáramos uno nuevo. ¿Y quién paga eso? ¿Europa? ¿Subvenciones? ¿Con mis impuestos?

Cada vez nos alejamos más del espíritu de lucha y de unión que nos legaron nuestros antepasados. Cada vez nos merecemos menos el digno nombre de aldeanos.

eclipse del buen augurio

eclipse del buen augurio

Una instantánea del eclipse de sol que se nos perdió porque no era visible desde nuestras islas. Lo pudieron ver así desde Suiza.

Menos mal que ya los eclipses no son signos de mal augurio, menos mal que ya disfrutamos de su belleza o los observamos por el interés científico que puedan tener. Porque con lo que está cayendo, con la de cosas que por nuestro futuro no pueden frustrarse, mejor que fuera signo de buen augurio.

Entonces es un signo del cambio de modos de pensar. Bienvenido sea.

INSTRUCCIONES PARA SUBIR UNA ESCALERA, de Julio Cortázar

INSTRUCCIONES PARA SUBIR UNA ESCALERA, de Julio Cortázar

 

 

Nadie habrá dejado de observar que con frecuencia el suelo se pliega de manera tal que una parte sube en ángulo recto con el plano del suelo, y luego la parte siguiente se coloca paralela a este plano, para dar paso a una nueva perpendicular, conducta que se repite en espiral o en línea quebrada hasta alturas sumamente variables. Agachándose y poniendo la mano izquierda en una de las partes verticales, y la derecha en la horizontal correspondiente, se está en posesión momentánea de un peldaño o escalón. Cada uno de estos peldaños, formados como se ve por dos elementos, se sitúa un tanto más arriba y más adelante que el anterior, principio que da sentido a la escalera, ya que cualquier otra combinación produciría formas quizá más bellas o pintorescas, pero incapaces de trasladar de una planta baja a un primer piso.

Las escaleras se suben de frente, pues hacia atrás o de costado resultan particularmente incómodas. La actitud natural consiste en mantenerse de pie, los brazos colgando sin esfuerzo, la cabeza erguida aunque no tanto que los ojos dejen de ver los peldaños inmediatamente superiores al que se pisa, y respirando lenta y regularmente. Para subir una escalera se comienza por levantar esa parte del cuerpo situada a la derecha abajo, envuelta casi siempre en cuero o gamuza, y que salvo excepciones cabe exactamente en el escalón.
Puesta en el primer peldaño dicha parte, que para abreviar llamaremos pie, se recoge la parte equivalente de la izquierda (también llamada pie, pero que no ha de confundirse con el pie antes citado), y llevándola a la altura del pie, se la hace seguir hasta colocarla en el segundo peldaño, con lo cual en éste descansará el pie, y en el primero descansará el pie. (Los primeros peldaños son siempre los más difíciles, hasta adquirir la coordinación necesaria. La coincidencia de nombre entre el pie y el pie hace difícil la explicación. Cuídese especialmente de no levantar al mismo tiempo el pie y el pie).

 

 

Llegado en esta forma al segundo peldaño, basta repetir alternadamente los movimientos hasta encontrarse con el final de la escalera. Se sale de ella fácilmente, con un ligero golpe de talón que la fija en su sitio, del que no se moverá hasta el momento del descenso.

 

 

 

Julio Cortázar, Historias de cronopios y famas.

¿ESTAMOS LOCOS O SOMOS IDIOTAS?

¿ESTAMOS LOCOS O SOMOS IDIOTAS?

ME MANDAN ESTO DE CUBA:

Extracto del editorial del número 81 (abril-2006) de la revista DSALUD, por José Antonio Campoy.


¿Sabes que el virus de la gripe aviar fue descubierto hace 9 años en Vietnam?

¿Sabes que desde entonces han muerto apenas 100 personas EN TODO EL MUNDO EN TODOS ESTOS AÑOS?

¿Sabes que los norteamericanos fueron los que alertaron de la eficacia del TAMIFLÚ (antiviral humano) como preventivo?

¿Sabes que el TAMIFLÚ apenas alivia algunos síntomas de la gripe común?

¿Sabes que su eficacia ante la gripe común está cuestionada por gran parte de la comunidad científica?

¿Sabes que ante un SUPUESTO virus mutante como el H5N1 el TAMIFLÚ apenas aliviará la enfermedad?

¿Sabes que la gripe aviar hasta la fecha sólo afecta a las aves?

¿Sabes quién comercializa el TAMIFLÚ? LABORATORIOS ROCHE.

¿Sabes a quién compró ROCHE la patente del TAMIFLÚ en 1996? a GILEAD SCIENCES INC.

¿Sabes quién era el Presidente de GILEAD SCIENCES INC y aún hoy principal accionista? DONALD RUMSFELD, actual Secretario de Defensa de USA.

¿Sabes que la base del TAMIFLÚ es el anís estrellado?

¿Sabes quién se ha quedado con el 90% de la producción mundial de este árbol? ROCHE.

¿Sabes que las ventas del TAMIFLÚ pasaron de 254 millones en el 2004 a más de 1000 millones en el 2005?

¿Sabes cuántos millones más puede ganar ROCHE en los próximos meses si sigue este negocio del miedo?

O sea que el resumen del cuento es el siguiente: Los amigos de Bush deciden que un fármaco como el TAMIFLÚ es la solución para una pandemia que aún no se ha producido y que ha causado en todo el mundo 100 muertos en 9 años.

Este fármaco no cura ni la gripe común. El virus no afecta al hombre en condiciones normales. Rumsfeld vende la patente del TAMIFLÚ a ROCHE y este le paga una fortuna. Roche adquiere el 90% de la producción del anís estrellado, base del antivírico. Los Gobiernos de todo el Mundo amenazan con una pandemia y compran a ROCHE cantidades industriales del producto.

 

 

Nosotros acabamos pagando el medicamento y Rumsfeld, Cheney y Bush hacen el negocio...

 

 

 

¿ESTAMOS LOCOS, O SOMOS IDIOTAS? AL MENOS PÁSALO PARA QUE SE SEPA.

pobre flor pobre

pobre flor pobre

Una flor que arranqué sin querer, cuando cogía unos quemones para mis pajaritos. Es pequeñita pero de un amarillo inmenso, expansivo. Pertenece a una hierba minúscula y que por feúcha pasa desapercibida entre la maraña de verdor dejado por las lluvias de este invierno. La planta se me parece a una cerraja o una borraja, pero es incluso más pobre que cualquiera de las dos. La separé del manojito y pensé que sólo podía expiar la culpa de haberla arrancado si la fotografiaba, pero eso me hizo sentirme como un mero taxidermista, casi un cazamariposas, que mata la belleza del vuelo para aprisionarlo, aunque nunca lo consiga, entre tristes cristales o metacrilatos.

Me queda el consuelo de que parece un molino amarillo que va moliendo mis desvaríos.

Un poquito de humor: FALTA DE ENTENDIMIENTO

Un poquito de humor: FALTA DE ENTENDIMIENTO

En cierta ocasión una familia inglesa pasaba sus vacaciones en Escocia y en muchos paseos observaron una preciosa casita de campo, que de inmediato les pareció cautivadora para su próximo verano. Indagaron quién era el dueño de ella y resultó ser un pastor protestante, al que se dirigieron para solicitar que les mostrara la pequeña casa. El propietario amablemente se las mostró. Tanto por su comodidad como por su belleza, fue del agrado de la familia quedando comprometida para el próximo verano. De regreso a Inglaterra, repasaron detalle por detalle, y de pronto la esposa recordó no haber visto dónde estaba el "WC" (toilet). Dado lo práctico de los ingleses, decidieron escribir una carta al pastor para preguntarle por ello.

Estimado pastor:

Soy miembro de la familia que hace una semana visitó su finca, con deseos de arrendarla para nuestras próximas vacaciones, y como omitimos enterarnos de un detalle, quiero suplicarle nos indique dónde más o menos queda el "WC". Finalizó la carta como de rigor y la envió al pastor.

Al leerla el pastor desconocía la abreviatura "WC" pero creyendo que se trataba de una capilla de la religión anglicana llamada Wells Chapell, contestó a la familia en los siguientes términos...

Estimados señores:

Tengo el agrado de informarle que el lugar al que usted se refiere se encuentra solo a 12 kilómetros de la casa; es molestoso sobre todo si tiene costumbre de ir con frecuencia, pero algunas personas llevan comida y permanecen en el citado lugar todo el día. Algunas llegan a pie y otras en tren, llegando todas en el momento preciso.
Hay lugar para 4,000 personas cómodamente sentadas y 100 de pie. Los asientos están forrados con suave terciopelo y hay aire acondicionado. Para evitar aglomeraciones, se recomienda llegar temprano para alcanzar puesto.

Mi mujer por no hacerlo así, hace 10 años tuvo que soportar todo el acto de pie. Desde entonces no utiliza tal servicio. Los niños se sientan juntos y cantan coros. A la entrada se les da a cada uno un papel y las personas que no alcanzan la repartición del papel pueden utilizar el del compañero de asiento, pero al finalizar deben dejar dicho papel para darle uso durante todo el mes.

Todo lo que dejen depositado ahí será para dar de comer a los pobres huérfanos del hospicio. Hay fotógrafos que toman fotografías en diversas poses, las cuales serán publicadas en los diarios de la ciudad en la sección social; así podrán conocer a las altas personalidades de estos actos tan humanos.

Los ingleses al recibir la contestación quedaron a punto de desmayarse a pesar de su flema inglesa, y decidieron cambiar de lugar de verano.

EL ACERTIJO DE ALBERT EINSTEIN

EL ACERTIJO DE ALBERT EINSTEIN

Existen cinco casas en diferentes colores. En cada una de las casas vive una persona con una diferente nacionalidad. Los cinco dueños beben una determinada bebida, fuman una determinada marca de cigarros y tienen una determinada mascota. Ningún dueño tiene la misma mascota, fuma la misma marca de cigarros o bebe la misma bebida.

LA PREGUNTA ES: ¿Quién tiene el pez?

CLAVES:

El británico vive en la casa roja.
El sueco tiene como mascota un perro.
El danés toma té.
La casa verde está a la izquierda de la casa blanca.
El dueño de la casa verde toma café.
La persona que fuma Pall Mall tiene un pájaro.
El dueño de la casa amarilla fuma Dunhill.
El que vive en la casa del centro toma leche.
El noruego vive en la primera casa.
La persona que fuma Blends vive junto a la que tiene un gato.
La persona que tiene un caballo vive junto a la que fuma Dunhill.
El que fuma Bluemaster bebe cerveza.
El alemán fuma Prince.
El noruego vive junto a la casa azul.
El que fuma Blends tiene un vecino que toma agua.

ALBERT EINSTEIN ESCRIBIÓ ESTE ACERTIJO EN EL SIGLO PASADO Y DIJO QUE EL 98% DE LA POBLACIÓN MUNDIAL NO LO PODRÍA RESOLVER.

¿Te atreves a intentarlo?
¿Pertenecerás a ese 2%?

ENSALADA DE PASTORES

ENSALADA DE PASTORES

Una sencilla receta, sanísima y nutritiva.

Ingredientes:

- 1 pimiento verde
- 1 pimiento rojo
- 1 pimiento amarillo
- 1 tomate de unos 150 gramos
- 1 zanahoria
- 1 cucharada de queso duro rallado
- 2 cucharadas de aceite de oliva
- el zumo de medio limón
- 1 cucharada de perejil muy picadito.

Preparación:

1. Se cortan los pimientos en tiras muy largas y finas, el tomate pelado y sin semillas en trocitos muy chicos y la zanahoria rallada muy fina.
2. Se ponen juntos en una fuente o bandeja.
3. Aparte se prepara una vinagreta poniendo el aceite, con el limón y la mitad del perejil, que se baten fuerte juntos.
4. Se rocían las verduras con la vinagreta cuando se vaya a servir.
5. Se mezcla bien despacio y por encima se echan el perejil restante y el queso.

Foot in mouth

PREMIO CANARIAS DE CULTURA POPULAR

PREMIO CANARIAS DE CULTURA POPULAR

Nuestras más sinceras felicitaciones al Proyecto Cultural Pinolere por recibir muy merecidamente el Premio Canarias de Cultura Popular , que aunque organiza sus actividades desde La Orotava, en la isla de Tenerife, lleva muchos años trabajando en favor del rescate, preservación y divulgación de la Cultura Tradicional de Canarias . En pocas ocasiones se da un premio como éste a entidades o colectivos de alcance verdaderamente archipielágico. Y nuestra enhorabuena es de corazón, sin restarle méritos al resto de candidatos, que seguro continuarán en la brega diaria de la investigación y defensa de nuestro acervo cultural.

TIENEN LA PALABRA

TIENEN LA PALABRA

Para celebrar el Día del Libro, se abre un concurso para escoger la palabra más bella del idioma.

¿Alguna vez se han preguntado cuál es la palabra más bella del castellano? Tal vez ha llegado el momento de planteárselo, pues en los próximos días los internautas tendrán la oportunidad de elegirla por medio de una votación.

Leí la noticia en el diario El Mundo y me pareció una de las iniciativas más estimulantes de los últimos tiempos. No se trata de votar por el vestido más elegante de los Oscar, por su equipo favorito en el Clásico Mundial de Béisbol o por el hombre más sexy del año. Encuestas trilladas que navegan en el hueco inmenso y negro de la red.

La Escuela de Escritores, un taller literario radicado en Madrid pero que funciona por internet, quiere celebrar el Día del Libro -el próximo 23 de abril-, con esta original convocatoria que comienza a partir del 31 de marzo y cuyo plazo vence el 21 de abril. Con el lema "Tienes la palabra", se pretende que los ciudadanos de a pie participen en este homenaje al idioma de Cervantes, con la evocación de una sola palabra (salvo nombres propios) que simbolice la bella perfección del castellano.

Estoy convencida de que en la web lloverán aluviones de vocablos sonoros. Contundentes. Etéreos. Delicados como la seda. Al igual que en los concursos de belleza, la palabra más bonita será proclamada reina y los intelectuales y académicos que tomen parte de este singular certamen explicarán los motivos de su elección.

A finales de marzo pienso votar y desde ahora no hago más que barajar palabras. Las más obvias son tipo "libertad", "amor", "justicia". Pero por ser tan predecibles, desvirtúan el propósito de esta fiesta de los amantes del castellano. Así, a bocajarro, se me ocurren caléndula, índigo, diáspora, trópico, acantilado, incienso, utopía.

Nos servimos de las palabras para nombrar las cosas, manifestar nuestros deseos, expresar sentimientos. Son el pan nuestro de cada día y apenas reparamos en la belleza de sus sonidos. La singularidad que cada una de ellas transmite. Las texturas que las envuelven desde el pensamiento hasta los labios. Cuando se esparcen como el polen en la fiebre de las conversaciones.

El Día del Libro habrá lecturas de El Quijote y en Barcelona regalarán rosas como símbolo de la querencia por la literatura. Este año, además, votaremos por la palabra más bella de nuestra lengua. ¿Alguien más pensará en "caléndula"? ¿Quedará finalista "beso"? ¿Es de esperar que "madre" sea una de las favoritas? Lo importante es acudir a las urnas virtuales y entronizar una palabra.

La Escuela de Escritores ha puesto en marcha un proyecto hermoso porque es un ejercicio que nos obliga a repasar las palabras que manejamos cada día. Nos reconduce a la memoria de pasajes olvidados. Libros inolvidables. Poemas ocultos y crucigramas mentales. Cuando hallemos ese vocablo perfecto y redondo, lo echaremos a flotar en el espacio sideral de nuestros ordenadores, donde competirá con otras galaxias de letras que, juntas, forman el lenguaje que nos permite escapar de la soledad y el silencio.

La cita comienza a finales de mes. Todos aquellos interesados en elegir la palabra más bella del castellano, pueden visitar www.escueladeescritores.com . Recuerden: tienen la palabra. [©FIRMAS PRESS]

LO QUE SUCEDIO A UN HONRADO LABRADOR CON SU HIJO, de don Juan Manuel

LO QUE SUCEDIO A UN HONRADO LABRADOR CON SU HIJO, de don Juan Manuel

Otra vez, hablando el conde Lucanor con Patronio, su consejero, le dijo que estaba muy preocupado por una cosa que quería hacer; pues, si llegaba a hacerla, sabía muy bien que muchas gentes le criticarían, y si no lo hacía estaba convencido de que también le podrían criticar e incluso con razón. Después de haberle explicado el asunto, le rogó a Patronio que le dijera lo que haría en su caso.

-Señor conde Lucanor-respondió Patronio-, bien sé yo que hay muchos que os podrían aconsejar mejor que yo, y que Dios os ha dado tan buen entendimiento que poca falta os hace mi consejo; pero, pues lo queréis, os diré lo que creo debéis hacer. Pero antes quisiera que me dierais licencia para contaros lo que sucedió una vez a un honrado labrador con su hijo.

El conde le dijo que se la daba de muy buena gana.

-Señor-comenzó Patronio-, había una vez un labrador honrado que tenía un hijo que, aunque muy joven, era de agudísimo entendimiento. Cada vez que su padre quería hacer alguna cosa, él le señalaba los inconvenientes que podía tener, y, como son muy pocas las que no los tienen, de esta manera le apartaba de hacer muchas cosas que le convenían. Habéis de saber que los mozos más inteligentes son los que están más expuestos a hacer lo que menos les conviene, pues tienen entendimiento para emprender lo que luego no saben cómo terminar, por lo que, si no se les aconseja, yerran muchas veces. Así, aquel mozo, por su sutileza de entendimiento y falta de experiencia, era un obstáculo para su padre en muchas ocasiones. Por lo cual éste, cuando ya le había aguantado mucho tiempo y estaba muy fastidiado por los perjuicios recibidos a causa de lo que no le dejaba hacer y por lo que continuamente le estaba diciendo, resolvió poner por obra lo que ahora oiréis, con el fin de que le sirviera de amonestación y de ejemplo de cómo obrar de allí en adelante.

Este hombre y su hijo eran labradores y vivían cerca de una villa. Un día de mercado le dijo a su hijo que fueran los dos a comprar algunas cosas que necesitaban. Para lo cual llevaron una bestia. Camino del mercado, yendo ambos a pie con la bestia sin carga, encontraron a unos hombres que venían de la villa adonde ellos iban. Cuando, después de saludarse, se separaron unos de los otros, los que encontraron empezaron a decir entre ellos que no parecían muy sensatos el padre ni el hijo, pues llevando la bestia sin carga marchaban a pie. El labrador, después de oír esto, preguntó a su hijo qué le parecía lo que aquéllos decían. Respondióle el mozo que creía no era natural el ir a pie los dos. Entonces mandó el honrado labrador a su hijo que montara la bestia.

Yendo así por el camino encontraron a otros hombres que, al separarse de ellos, dijeron que no estaba bien que, el honrado labrador fuera a pie, siendo viejo y cansado, mientras su hijo que, por ser mozo, podía sufrir mejor los trabajos, iba cabalgando. Preguntó entonces el padre al hijo qué le parecía lo que éstos decían. Contestó el mancebo que tenían razón. En vista de ello le mandó que bajara de la bestia y se subió él a ella.

A poco rato tropezaron con otros, que dijeron que era un desatino dejar a pie al mozo, que era tierno y aún no estaba hecho a las fatigas, mientras el padre, acostumbrado a ellas, montaba la bestia. Entonces le preguntó el labrador a su hijo qué opinaba de esto. Respondióle el mancebo que, según su opinión, decían la verdad. Al oírlo su padre le mandó se subiese también en la bestia, para no ir a pie ninguno de los dos.

Yendo de este modo encontraron a otros que empezaron a decir que la bestia que montaban estaba tan flaca que apenas podía andar ella sola y que era un crimen ir los dos subidos. El honrado labrador preguntó a su hijo qué le parecía lo que aquéllos decían. Respondióle el hijo que era ello muy cierto. Entonces el padre replicó de este modo:

-Hijo, piensa que cuando salimos de casa y veníamos a pie y traíamos la bestia sin carga ninguna, tú lo aprobaste. Cuando encontramos gentes en el camino que lo criticaron y yo te mandé montarte en la bestia y me quedé a pie, también lo aprobaste. Después tropezamos con otros hombres que dijeron que no estaba bien y, en vista de ello, te bajaste tú y me monté yo, y a ti también te pareció muy bien. Y porque los que luego encontramos nos lo criticaron, te mandé subir en la bestia conmigo; entonces dijiste que era esto mejor que el ir tú a pie y yo solo en la bestia. Ahora éstos dicen que no hacemos bien en ir los dos montados y también lo apruebas. Pues nada de esto puedes negar, te ruego me digas qué es lo que podemos hacer que no sea criticado: ya nos criticaron ir los dos a pie, ir tú montado y yo a pie, y viceversa, y ahora nos critican el montar los dos. Fíjate bien que tenemos que hacer alguna de estas cosas, y que todas ellas las critican. Esto ha de servirte para aprender a conducirte en la vida, convenciéndote de que nunca harás nada que a todo el mundo le parezca bien, pues si haces una cosa buena, los malos, y además todos aquéllos a quienes no beneficie, la criticarán, y si la haces mala, los buenos, que aman el bien, no podrán aprobar lo que hayas hecho mal. Por tanto, si tú quieres hacer lo que más te convenga, haz lo que creas que te beneficia, con tal que no sea malo, y en ningún caso lo dejes de hacer por miedo al qué dirán, pues la verdad es que las gentes dicen lo primero que se les ocurre, sin pararse a pensar en lo que nos conviene.

A vos, señor conde Lucanor, pues me pedís consejo sobre esto que queréis hacer, pero que teméis que os critiquen, aunque estáis seguro de que también lo harán si no lo hacéis, os aconsejo que antes de ponerlo por obra miréis el daño o provecho que os puede venir, y que, no fiándoos de vuestro criterio y teniendo cuidado de que no os engañe la violencia del deseo, busquéis el consejo de los que son inteligentes, fieles y capaces de guardar secreto, y si no encontráis tales consejeros, procurad no tomar resoluciones muy arrebatadas, sino, si son cosas que no se pierden por la dilación, dejad pasar por lo menos un día y una noche. Con tales precauciones os aconsejo no dejéis de hacer por temor a las críticas lo que os convenga.

El conde tuvo por buen consejo éste de Patronio, púsolo por obra y le salió muy bien. Cuando don Juan oyó este cuento lo mandó poner en este libro y escribió estos versos, donde se encierra su moraleja:

 

Por miedo de las críticas, no dejéis de hacer

lo que más conveniente pareciere ser.

LOS TRES FILTROS

LOS TRES FILTROS

OTRA DE ESAS HISTORIAS TAN INTERESANTES ENCONTRADAS EN LA RED

En la Antigua Grecia, Sócrates fue famoso por la práctica de su conocimiento con alto respeto. Un día, un conocido se encontró con el gran filósofo y dijo:
-¿Sabes lo que escuché acerca de tu amigo?
-Espera un minuto- replicó Sócrates- antes de decirme cualquier cosa, quisiera que pasaras un pequeño examen llamado el Examen del Triple Filtro...
-¿Triple filtro?
-Correcto- continuó Sócrates.-Antes de que me hables sobre un amigo, puede ser una buena idea tomar un momento y filtrar lo que vas a decir. Es por eso que lo llamo el examen del Triple Filtro.
El primero es el filtro de la Verdad. ¿Estás absolutamente seguro de lo que vas a decirme es cierto?
-No...-dijo el hombre-, realmente sólo lo oí decir...
-Y bien -dijo Sócrates-, entonces realmente no sabes si es cierto o no.
Ahora permíteme aplicar el segundo filtro, el filtro de la Bondad: ¿es algo bueno lo que vas a decirme de mi amigo?
-No... al contrario...
-Entonces -continuó Sócrates-, tú deseas decirme algo malo sobre él. Pero no estás seguro de que sea cierto...
Tú puedes pasar aún el examen, porque queda un filtro. El filtro de la Utilidad. ¿Será útil para mí lo que vas a decirme de mi amigo?
-No, realmente no.
-Bien- concluyó Sócrates-, si lo que deseas decirme no es cierto ni bueno e incluso no es útil, entonces, ¿por qué decírmelo?


TENGO, TENGO, TENGO Y NO TENGO NADA (1)

TENGO, TENGO, TENGO Y NO TENGO NADA (1)

Tengo un duraznero florido, detrás del cual se presenta un fondo violáceo de las montañas de los Peñones, el Risco Agujereado y el Caidero de Las Huesas. Es una deliciosa estampa de colores que, a lo largo del día, se va tornando en miles de matices que los diferentes ángulos de la luz solar generan sobre los paisajes de este mes marzo. Es la exquisita vista desde la ventana de mi cocina, que verán en estas dos fotografías, orientada al naciente donde cada mañana veo el amanecer y que en cada estación el duraznero luce vestimentas diferentes; incluso cuando se desnuda en enero, con sus paliques verticales tiene su encanto. Lo tiene también en el frescor del plenilunio de enero, cuando asoma la luna más grande del año sobre los picachos oscuros; más aún en septiembre cuando, por magia, parece que el disco brillante se asoma durante unos segundos por el Roque Agujereado, como si la luna mirara por el agujero de la llave que abre la puerta al valle.

SIGUE...

TENGO, TENGO, TENGO Y NO TENGO NADA (2)

TENGO, TENGO, TENGO Y NO TENGO NADA (2)

Tengo un duraznero florido, les decía, al que de vez en cuando llega en silencio un mirlo, una tórtola, un pajarillo papirrojo y, después de la primavera, cuando se cubre de verdes hojas y frutos se acercan muchísimos palmeros de sonoros trinos. Si yo tuviera paciencia cuántas instantáneas de colores podría haber sacado de este marco de mi ventana, pero sólo a veces me detengo en ese don que siempre me ofrece mi ventana. Y pienso, comentando estas dos fotografías, qué ingrato soy al no detenerme más en mi duraznero teniendo, además, mi mágica Nikon D-70 con la que he captado estas dos imágenes a distintas horas del día.

Tengo duraznero florido, les decía, tengo mirlo, tengo tórtola, tengo papirrojos y palmeros, siempre tengo soles y lunas… pero no tengo nada, porque no quiero tener tiempo para disfrutar de ellos, ni siquiera para plasmarlos en imágenes fotográficas y disfrutar de esos dones, como pueden apreciar en estas dos instantáneas que les ofrezco a los lectores de artevirgo.blogia.com. Y así somos con tantas cosas gratis y agradables de la vida, de la Naturaleza, de la convivencia vecinal…

Saludos. Siso

La Palmilla a 21 de marzo, primer día de la primavera de 2006

CABALLERO SOLO, de Pablo Neruda

CABALLERO SOLO, de Pablo Neruda

Los jóvenes homosexuales y las muchachas amorosas,
y las largas viudas que sufren el delirante insomnio,
y las jóvenes señoras preñadas hace treinta horas,
y los roncos gatos que cruzan mi jardín en tinieblas,
como un collar de palpitantes ostras sexuales
rodean mi residencia solitaria,
como enemigos establecidos contra mi alma,
como conspiradores en traje de dormitorio
que cambiaran largos besos espesos por consigna.

El radiante verano conduce a los enamorados
en uniformes regimientos melancólicos,
hechos de gordas y flacas y alegres y tristes parejas:
bajo los elegantes cocoteros, junto al océano y la luna,
hay una continua vida de pantalones y polleras,
un rumor de medias de seda acariciadas,
y senos femeninos que brillan como ojos.

El pequeño empleado, después de mucho,
después del tedio semanal, y las novelas leídas de noche en cama
ha definitivamente seducido a su vecina,
y la lleva a los miserables cinematógrafos
donde los héroes son potros o príncipes apasionados,
y acaricia sus piernas llenas de dulce vello
con sus ardientes y húmedas manos que huelen a cigarrillo.

Los atardeceres del seductor y las noches de los esposos
se unen como dos sábanas sepultándome,
y las horas después del almuerzo en que los jóvenes estudiantes,
y las jóvenes estudiantes, y los sacerdotes se masturban,
y los animales fornican directamente,
y las abejas huelen a sangre, y las moscas zumban coléricas,
y los primos juegan extrañamente con sus primas,
y los médicos miran con furia al marido de la joven paciente,
y las horas de la mañana en que el profesor, como por descuido,
cumple con su deber conyugal y desayuna,
y más aún, los adúlteros que se aman con verdadero amor
sobre lechos altos y largos como embarcaciones:
seguramente, eternamente me rodea
este gran bosque respiratorio y enredado
con grandes flores como bocas y dentaduras
y negras raíces en forma de uñas y zapatos.

CAYUCOS Y MP3

CAYUCOS Y MP3

A poco que se eche un vistazo a las últimas noticias, se da uno de morros con una realidad absolutamente espantosa, la de los desgraciados que se juegan la vida para, a través de nuestras islas, entrar a Europa por la puerta de servicio. Cuando pensamos con nuestra manera de entender que se juegan la vida, nos olvidamos de que su vida ya es un juego de alto riesgo, algo más excitante y liberador de adrenalina que los juegos de rol en los que gusta de participar la flor y nata de los jóvenes sobrealimentados, mimados y “tecnologizados” de nuestros edénicos países. La verdad es que tienen mucho que ganar y poco que perder los subsaharianos que vienen del África negra, seca y enferma, a bordo de cayucos (palabra recién puesta de moda, que viene a sustituir en nuestro inconmensurable repertorio de eufemismos a patera, fenecida por mor de los esfuerzos solidarios del gobierno español para con el gobierno de Marruecos, dechado de libertades y respeto por los derechos humanos). Vienen con la Mar de las Calmas, como iban a Venezuela nuestros paisanos de antaño, en un barquillo de dos puntas. Pero aquí no cabe el chiste de Pepe Monagas. No vienen “por sobre la marea”, ellos son la marea. Son la marea de pobres que reclaman su derecho al bienestar que merecen, después de que los países hoy en día ricos asentaran la base de su abundancia en la colonización y la rapiña de los recursos de los países suyos, o mejor, de sus selvas, su subsuelo, sus minas, sus ríos. Si miramos el mapa con los ojos abiertos y no prestamos atención a esas líneas (a veces ¿rectas?) que trazaron las grandes potencias en el papel, nos queda un continente despellejado, habitado por seres sumidos en la desesperación.
Mientras nosotros planeamos cuál será nuestra nueva compra, inversión o hipoteca, ellos sólo aspiran a llegar a un sitio en el que se pueda sobrepasar los cuarenta años de vida. Mientras descargamos de internet la música para nuestros emepetrés, ellos flotan muertos a tantas millas de nuestra costa soñada. Donde ellos malviven la tecnología punta es un tenedor. Y nosotros haciendo ironías porque vienen equipados con GPS, el regalo estrella del día del padre, nos asombramos y escandalizados metemos el hasta: “Vienen hasta con GPS, con comida para muchos días, en barquillas más grandes que las pateras y el viaje les sale más barato desde Mauritania que desde Marruecos”.
La solución que se buscó a las pateras fue proporcionar ayuda para el desarrollo a Marruecos y ya se plantea la misma para los cayucos mauritanos. Pero también hay comentarios en las tertulias, opiniones en la prensa escrita y digital, que apuntan a una intencionalidad por parte del gobierno mauritano, que según dicen o escriben ellos haría la vista gorda para que España intervenga con ayuda como ya intervino en el país norteafricano. Aún siendo así, que lo dudo, es más de lo mismo: viramos los ojos a otro lado, a la causa, al origen, la culpa, las mafias. Todo por no enfrentar nuestros ojos con los de los pasajeros de los cayucos, vivos o muertos.

mar de nubes

mar de nubes

Una fotografía tomada desde un avión, poco después de despegar de Gando con destino a la Península. Durante los diez días que estuvimos fuera, la imagen volvía una y otra vez a nuestro recuerdo, como un ancla que nos mantenía unidos a las islas. Fue de veras un viaje agradable y enriquecedor (todos deberían serlo), que nos sirvió para cargar las pilas, después de meses de rutina, trabajos y preocupaciones cotidianas. Mientras duró, apenas vimos el mar, pero en nuestra memoria nos acompañó el mar de nubes que, guiado por los alisios, nos da un clima único, el clima de las islas de los felices.

ASÍ NO ERA YO

ASÍ NO ERA YO

Así no era yo, transparente,
ni preguntaba nada.
Me bastaba mi cuerpo
y mi espíritu lo abarcaba.
Con ese encanto de hormiga
miré el rocío, gané tiempos
si miré las lomas
que subieron el aire.
Sufría los pájaros...
Y siempre esos celos que tuve
del cielo,
porque al mar lo quise
como a mí, como a ti ahora.
Abandonado de su sal
conocí a la gente y sus sabores,
anduve como los años,
perdido entre maestros,
al amparo de tanta idolatría.
Hasta me inicié en los ritos
de la seducción, busqué ambrosía.
Y ahora he de decirte
que sólo me quedan estos ojos de mí.

Obsérvame, ya no tengo bordes.