la casa de la aldea
ALMONACID: del árabe almunia-sidi>almunia-cid:jardín, huerta del señor.
En mi última visita a la casa de La Aldea descubrí un nuevo usuario de la misma; aunque debería decirlo en plural, ya que son dos en una simbiosis. Su nombre es ramalinentum bourgeanas, o liquen anaranjado, como él prefiere que lo llamen. Vive engruñado al soco del bidón de agua, hacia la esquina de Patrocinio, donde, a veces, llega el tembloroso sol tibio en algunas mañanas de verano. Pasada la canícula va cambiando su cromático color fuego por una gama de tonos pardo grisáceos, así, camuflado con la cantería de Gáldar que le da soporte, pierde su aspecto gayo y se ensombrece lentamente esperando mejores tiempos.
El lugar, configurado en dos viviendas por mor del destino y por la presencia de un muro entrambas, se subdivide, se convierte por deseo de Natura en casa con-partida. Participan del inquilinaje con el liquen decenas de especies que crean, delimitan y entrecruzan sus propios espacios vitales, los cuales son a su vez compartidos por otros vecinos o forasteros de gustos afines. Este usufructo múltiple del espacio puede darse de por vida o por temporadas más o menos largas; es el llamado condominio, multipropiedad o time-sharing, que dicen los modernos sanacas.
Los usuarios de este habitáculo van desde el complejo humano hasta el simple musgo. Esta variedad de seres vive, usa, pernocta, transita, veranea, hiberna o descansa en la casa y da lugar a: inquilinos fijos, fijos discontinuos, ocasionales, estacionales, transeúntes, visibles, ocultos, autóctonos, foráneos... ninguno está sujeto al pago del fogaje, sólo existe la obligación del ten con ten equilibrador.
Para su estudio y detección podríamos establecer distintos planos. Éstos irían desde la fachada hasta la pared de piedra del fondo, y desde el nivel del umbrío suelo hasta las soleadas azoteas. En diferentes secciones y a diferentes alturas (conectadas) lograríamos descubrir un fascinante mundo de vida que yo apenas puedo esbozar aquí; así que... vengan y vean, estamos bajo las campanas, cerquita de la iglesia.

Cuando llegamos, después de alguna semana sin aparecer, y abrimos la puerta de par en par, una jubilosa nube de ácaros del polvo nos recibe con la efusión debida y con una insistencia proporcional al tiempo transcurrido; sólo detienen su revuelo y guzpatas después de haber oído el quinto o sexto estornudo de cumplimiento que, invariablemente, nos vemos obligados a emitir para regocijo de tal marabunta. Mientras tanto, alguna que otra tímida cuquilla se empeña en esconderse debajo del zapato de mi madre, que intenta (sin conseguirlo) no dañar la delicada estructura de sus canelos élitros protectores.
Después de dejar los bártulos en la primera estancia, quitamos la barra de seguridad y pasamos a la segunda sección o patio; allí podemos descubrir algunas novedades: un nido recién terminado, el pulular de las larvas de mosquito en algún vasijo que quedó con agua, alguna yerba nacida que no estaba, el cadáver de un abejorro de culo blanco... También nos reencontramos con amigos perennes, como la despensa de barro endurecido de una avispa alcalde, la bicolor sonrisa en cascada de la vieja papelera, los mismos pajarillos chispiaos que usan la quietud del lugar para solazarse, el lánguido mecer del helecho macho, las diligentes hormigas que se enseñorean del espacio cuando no hay nadie y, por supuesto, las empalagosas y jodínganas dípteras; si me llaman a jurar, diría que son siempre las mismas moscas.
Y así, según vamos traspasando secciones, subiendo o bajando niveles, vamos detectando toda la vida que hay en este parque ecológico que fue un hogar, celosamente protegido (caña en mano) por su primera señora: Madrina Salomé.
Hay que decir que los vegetales son los más cambiantes; algunas especies han crecido desordenadamente y atravesando fronteras han invadido lugares que el ama tiene destinados a otras; nuestra llegada restablece el orden, a veces drásticamente. Muchas plantas se han robustecido y ganado en porte. Varias, cumpliendo su ciclo, han desaparecido o viven aletargadas esperando mejores tiempos. Con el paso de los días las iremos redescubriendo y, en el recuento final, ellas y/o su progenie estarán en la lista definitiva, en el haber de estas ciencias naturales particulares.
Haciendo frontera con la casa de Venturita hay dos verolillos que, según sea la temporada, lucirán desnudos o vestidos: en invierno con tres exangües hojillas y en verano como Dios las trajo al mundo. Subiendo la escalera, las más coquetas inquilinas parece que, estiradas al máximo, te hacen cosquillas en las piernas para que las mires en sus macetas. Cerca de mi cuarto, metido en la argamasa de la pared, está el caparazón fosilizado de un chuchango; llegaría aquí entre la arena del barranco cogida hace ochenta años, edad aproximada de esta almunia biológica.
Las estaciones, la noche o el día propician distintos avistamientos de la fauna local. Las mariposas nocturnas revolotean borrachas de luz cerca de los bombillos y farolas de la plaza y, aunque no he llagado a clasificarlas, se distinguen dos o tres variedades diferenciadas en algunos aspectos, incluso en su estilo de vuelo.

Las cadenas alimentarias están así mismo presentes: la tierra fertilizada por hojas muertas nutre a los matos que son devorados por una pequeña lagarta, lagarta que es atrapada por un ave, la cual es cazada por un paciente y superpredador gato que, tranquilo en su papel, no tiene horario fijo y se pasea majestuoso, saltando indolente de muro en muro, hasta la frontera oeste de su territorio: los árboles de La Alameda, despensa y dispensario de pájaros; lugar ideal para que el felino ejecute sus más elaboradas e ingeniosas cancamusas cinegéticas.
Con mi anárquico sistema catalogador hago repaso de mamíferos: humanos y sus cachorros, gatos, el perro de mi sobrina Marta y algún que otro ratoncillo acurrucado en el trastero de la escalera (que no se entere mi madre). Lista de aves, casi siempre pasajeras: palomas que beben agua en la pileta, las gráciles alpispitas que bailan su danza de cortejo sobre la tapa del bidón (son mis favoritas), los extraños abobitos, los negros singuíos de los mirlos en su ir y venir a los higuillos de los laureles, herrerillos comunes, algún palmero extraviado, lavanderas grises, el guineo de las tórtolas, currucas y algún representante más. Los reptiles están representados por escasos lagartillos veraniegos y algún perinquel de ojos saltones.
Los vegetales, insectos, arácnidos, miriápodos y el grupo anterior forman la totalidad del plantel. Un champurriao de clases órdenes y familias que conforman, según mi criterio, el biótopo del lugar. Acabo la lista con un batiburrillo porque no me quiero olvidar de nadie: las famosas arañas cogemoscas, gorgojos de la alacena, abejas y abejorros furtivos, oscuros escarabajos pequeños, lepismas que se alimentan de papel, las lombrices de los macetones, el verdín de las esquinas del agua, el cerrillo salvaje que nació cerca de los tunillos, cortatijeras brillantes, una lambuja de rabogato en una jardinera, acres verdolagas, el submundo de las cañerías y, en verano, las inquietantes, feas y ruines salpatricas (mi verde pesadilla).
Ésta es la enumeración incompleta de la aldea global que puede llegar a ser un domicilio compartido en el tiempo, en el espacio y en el camino de unos seres que pertenecemos, por derecho inalienable, al Medio. Ésta es, en definitiva, la representación bucólica de una vivienda, el somero estudio de campo de un espacio vital y entrañable: la casa de María Salomé Montesdeoca Valencia, primogénita de todo el rancho de briginias que en el mundo han sido, somos y serán.
Enrique García Valencia. La Aldea, año 2007.

DE INTERÉS:
-Se aceptan visitas al zoo-botánico.
-Horario: carece (kareke).
-Grupos reducidos. Tercera edad y familios, con acompañante responsable.
-Contactar con Demetria, la guía local.
-Premio de la entrada: un buchito de café-café, o descafeinado.
-Nota: permitido traer comida a los animales.

6.- Se supone que ya las judías se han cocinado y, como se habrá perdido agua en la cocción, las añadiremos al caldero de las verduras con algo del agua en que las hemos guisado, con cuidado de no dejar el caldo demasiado claro.

























