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ARTEVIRGO, desde La Aldea, miradas y voces

la casa de la aldea

la casa de la aldea

ALMONACID: del árabe almunia-sidi>almunia-cid:jardín, huerta del señor.

En mi última visita a la casa de La Aldea descubrí un nuevo usuario de la misma; aunque debería decirlo en plural, ya que son dos en una simbiosis. Su nombre es ramalinentum bourgeanas, o liquen anaranjado, como él prefiere que lo llamen. Vive engruñado al soco del bidón de agua, hacia la esquina de Patrocinio, donde, a veces, llega el tembloroso sol tibio en algunas mañanas de verano. Pasada la canícula va cambiando su cromático color fuego por una gama de tonos pardo grisáceos, así, camuflado con la cantería de Gáldar que le da soporte, pierde su aspecto gayo y se ensombrece lentamente esperando mejores tiempos.

El lugar, configurado en dos viviendas por mor del destino y por la presencia de un muro entrambas, se subdivide, se convierte por deseo de Natura en casa con-partida. Participan del inquilinaje con el liquen decenas de especies que crean, delimitan y entrecruzan sus propios espacios vitales, los cuales son a su vez compartidos por otros vecinos o forasteros de gustos afines. Este usufructo múltiple del espacio puede darse de por vida o por temporadas más o menos largas; es el llamado condominio, multipropiedad o time-sharing, que dicen los modernos sanacas.

Los usuarios de este habitáculo van desde el complejo humano hasta el simple musgo. Esta variedad de seres vive, usa, pernocta, transita, veranea, hiberna o descansa en la casa y da lugar a: inquilinos fijos, fijos discontinuos, ocasionales, estacionales, transeúntes, visibles, ocultos, autóctonos, foráneos... ninguno está sujeto al pago del fogaje, sólo existe la obligación del ten con ten equilibrador.

Para su estudio y detección podríamos establecer distintos planos. Éstos irían desde la fachada hasta la pared de piedra del fondo, y desde el nivel del umbrío suelo hasta las soleadas azoteas. En diferentes secciones y a diferentes alturas (conectadas) lograríamos descubrir un fascinante mundo de vida que yo apenas puedo esbozar aquí; así que... vengan y vean, estamos bajo las campanas, cerquita de la iglesia.

 

 

 

Cuando llegamos, después de alguna semana sin aparecer, y abrimos la puerta de par en par, una jubilosa nube de ácaros del polvo nos recibe con la efusión debida y con una insistencia proporcional al tiempo transcurrido; sólo detienen su revuelo y guzpatas después de haber oído el quinto o sexto estornudo de cumplimiento que, invariablemente, nos vemos obligados a emitir para regocijo de tal marabunta. Mientras tanto, alguna que otra tímida cuquilla se empeña en esconderse debajo del zapato de mi madre, que intenta (sin conseguirlo) no dañar la delicada estructura de sus canelos élitros protectores.

Después de dejar los bártulos en la primera estancia, quitamos la barra de seguridad y pasamos a la segunda sección o patio; allí podemos descubrir algunas novedades: un nido recién terminado, el pulular de las larvas de mosquito en algún vasijo que quedó con agua, alguna yerba nacida que no estaba, el cadáver de un abejorro de culo blanco... También nos reencontramos con amigos perennes, como la despensa de barro endurecido de una avispa alcalde, la bicolor sonrisa en cascada de la vieja papelera, los mismos pajarillos chispiaos que usan la quietud del lugar para solazarse, el lánguido mecer del helecho macho, las diligentes hormigas que se enseñorean del espacio cuando no hay nadie y, por supuesto, las empalagosas y jodínganas dípteras; si me llaman a jurar, diría que son siempre las mismas moscas.

Y así, según vamos traspasando secciones, subiendo o bajando niveles, vamos detectando toda la vida que hay en este parque ecológico que fue un hogar, celosamente protegido (caña en mano) por su primera señora: Madrina Salomé.

Hay que decir que los vegetales son los más cambiantes; algunas especies han crecido desordenadamente y atravesando fronteras han invadido lugares que el ama tiene destinados a otras; nuestra llegada restablece el orden, a veces drásticamente. Muchas plantas se han robustecido y ganado en porte. Varias, cumpliendo su ciclo, han desaparecido o viven aletargadas esperando mejores tiempos. Con el paso de los días las iremos redescubriendo y, en el recuento final, ellas y/o su progenie estarán en la lista definitiva, en el haber de estas ciencias naturales particulares.

Haciendo frontera con la casa de Venturita hay dos verolillos que, según sea la temporada, lucirán desnudos o vestidos: en invierno con tres exangües hojillas y en verano como Dios las trajo al mundo. Subiendo la escalera, las más coquetas inquilinas parece que, estiradas al máximo, te hacen cosquillas en las piernas para que las mires en sus macetas. Cerca de mi cuarto, metido en la argamasa de la pared, está el caparazón fosilizado de un chuchango; llegaría aquí entre la arena del barranco cogida hace ochenta años, edad aproximada de esta almunia biológica.

Las estaciones, la noche o el día propician distintos avistamientos de la fauna local. Las mariposas nocturnas revolotean borrachas de luz cerca de los bombillos y farolas de la plaza y, aunque no he llagado a clasificarlas, se distinguen dos o tres variedades diferenciadas en algunos aspectos, incluso en su estilo de vuelo.

 

 

 

Las cadenas alimentarias están así mismo presentes: la tierra fertilizada por hojas muertas nutre a los matos que son devorados por una pequeña lagarta, lagarta que es atrapada por un ave, la cual es cazada por un paciente y superpredador gato que, tranquilo en su papel, no tiene horario fijo y se pasea majestuoso, saltando indolente de muro en muro, hasta la frontera oeste de su territorio: los árboles de La Alameda, despensa y dispensario de pájaros; lugar ideal para que el felino ejecute sus más elaboradas e ingeniosas cancamusas cinegéticas.

Con mi anárquico sistema catalogador hago repaso de mamíferos: humanos y sus cachorros, gatos, el perro de mi sobrina Marta y algún que otro ratoncillo acurrucado en el trastero de la escalera (que no se entere mi madre). Lista de aves, casi siempre pasajeras: palomas que beben agua en la pileta, las gráciles alpispitas que bailan su danza de cortejo sobre la tapa del bidón (son mis favoritas), los extraños abobitos, los negros singuíos de los mirlos en su ir y venir a los higuillos de los laureles, herrerillos comunes, algún palmero extraviado, lavanderas grises, el guineo de las tórtolas, currucas y algún representante más. Los reptiles están representados por escasos lagartillos veraniegos y algún perinquel de ojos saltones.

Los vegetales, insectos, arácnidos, miriápodos y el grupo anterior forman la totalidad del plantel. Un champurriao de clases órdenes y familias que conforman, según mi criterio, el biótopo del lugar. Acabo la lista con un batiburrillo porque no me quiero olvidar de nadie: las famosas arañas cogemoscas, gorgojos de la alacena, abejas y abejorros furtivos, oscuros escarabajos pequeños, lepismas que se alimentan de papel, las lombrices de los macetones, el verdín de las esquinas del agua, el cerrillo salvaje que nació cerca de los tunillos, cortatijeras brillantes, una lambuja de rabogato en una jardinera, acres verdolagas, el submundo de las cañerías y, en verano, las inquietantes, feas y ruines salpatricas (mi verde pesadilla).

Ésta es la enumeración incompleta de la aldea global que puede llegar a ser un domicilio compartido en el tiempo, en el espacio y en el camino de unos seres que pertenecemos, por derecho inalienable, al Medio. Ésta es, en definitiva, la representación bucólica de una vivienda, el somero estudio de campo de un espacio vital y entrañable: la casa de María Salomé Montesdeoca Valencia, primogénita de todo el rancho de briginias que en el mundo han sido, somos y serán.


Enrique García Valencia. La Aldea, año 2007.

 

 

 

DE INTERÉS:

-Se aceptan visitas al zoo-botánico.

-Horario: carece (kareke).

-Grupos reducidos. Tercera edad y familios, con acompañante responsable.

-Contactar con Demetria, la guía local.

-Premio de la entrada: un buchito de café-café, o descafeinado.

-Nota: permitido traer comida a los animales.

el otro motorista fantasma

el otro motorista fantasma

    Cuando me enteré de que el héroe de mi niñez, por fin, había merecido una película para él solito, me emocioné. Después vi el anuncio en televisión, las entrevistas al siempre excesivo Nicholas Cage, los anuncios en los periódicos, las tracas y la bulla, así hasta la saturación, la necesidad exasperante de ver la película. Vino un amigo y me pasó una copia de video screener (pantallazo azulado semiaudible), que casi llegué a ver.

    A punto estaba de verla, pero me decanté por recordar todos esos ratos de mi infancia leyendo tirado en cualquier rincón aquellos cómics que nunca recuperaré. Y elegí quedarme con esas emociones lejanas, reservadas a unos pocos bichos raros como yo (¿frikis?), que preferían gastarse el dinerillo del cine en comprar tebeos, chistes y cómics en la tienda de golosinas que había enfrente de la sala de proyección (Moderno Cinema).

    Y cuando estaba superando la contradicción entre traicionar mis recuerdos o traicionar mi gusto por el cine, hete aquí que echando un vistazo por el youtube, por pura casualidad, buscando bromas, di con una versión anterior e insuperable de Ghost Rider. Entonces la risa despejó por completo las añoranzas o los sentimientos de culpa. Después de ver este vídeo, no merece la pena estropear la magia viendo la versión norteamericana.

    No pienso ver la tuya, Colacho. Me quedo con esta:

 

 

 

ME HE QUEDADO SIN PULSO Y SIN ALIENTO, de Ángel González

ME HE QUEDADO SIN PULSO Y SIN ALIENTO, de Ángel González

 

Me he quedado sin pulso y sin aliento

separado de ti. Cuando respiro,

el aire se me mueve en un suspiro

y en polvo el corazón, de desaliento.

 

No es que sienta tu ausencia el sentimiento.

Es que la siente el cuerpo. No te miro.

No te puedo tocar por más que estiro

los brazos como un ciego contra el viento.

 

Todo estaba detrás de tu figura.

Ausente tú, detrás todo de nada,

borroso yermo en el que desespero.

 

Ya no tiene paisaje mi amargura.

Prendida de tu ausencia mi mirada,

contra todo me doy, ciego me hiero.


ocaso en ajódar

ocaso en ajódar

Irrepetible esta instantánea de Francisco Suárez Moreno, con un atardecer por la zona de Ajódar y Hogarzales, entre Tasarte y Tasartico. La imagen se tomó desde el pinar de Ojeda y Pajonales, durante una excursión escolar en fechas recientes. Para mayor disfrute, se puede leer el comentario en ieslaaldea.com , donde además hay galería de fotos muy bien surtida.

el potaje de berros

el potaje de berros

Existen muchas variantes según las islas, las localidades o según cada familia. Por ejemplo, hay quien le pone calabaza o hay quien no le pone ni zanahoria ni calabacino. Incluso sé de personas que le ponen un trozo de costilla fresca de cerdo o de costilla salada de cerdo (previamente remojada). También se puede sustituir el aceite por manteca de cerdo.

En cualquiera de los casos, esta es la receta que aprendí de mi familia y es la más corriente. Con la ventaja de que es absolutamente vegetariana y muy, muy sana.

 

Ingredientes:

- Unos 150 gramos de judías blancas secas.

- Medio kilo de berros frescos.

- Un cuarto de kilo de papas, si puede ser, pequeñas y nuevas.

- Un cuarto de kilo de ñame.

- Una zanahoria de 200 gramos, aproximadamente.

- Un calabacino de 200 gramos, aproximadamente.

- Un diente de ajo.

- Un chorrito de aceite de oliva.

- Media cucharilla de cominos.

- Sal al gusto (sin pasarse).

Preparación:

 

1.- Con ocho horas de antelación, ponemos en remojo las judías.

2.- Después de remojadas las ponemos a guisar en agua y sal, hasta que estén tiernas. Es conveniente “asustarlas” rompiendo el hervor con un vaso de agua fría, al menos tres veces.

3.- En un caldero aparte prepararemos las verduras de la siguiente manera: en el fondo colocamos las papas peladas y limpias, enteras si son pequeñas o cortadas en dados si son medianas (no conviene usar papas grandes); sobre las papas, ponemos la mitad del ñame pelado y limpio, cortado en trozos del mismo tamaño que las papas y la otra mitad sin trocear; a continuación, la zanahoria raspadita y cortada en rodajas y el calabacino en trozos pequeños. Sobre todo esto, añadimos la mitad de los berros limpios y muy bien picados (casi desmenuzados), la otra mitad la reservamos para más adelante. Cubrimos con agua y echamos el chorrito de aceite de oliva y la sal.

4.- Guisamos a fuego medio hasta que las papas y el ñame estén blandos.

5.- Sacamos aparte la mitad del ñame que guisamos sin trocear y con un tenedor lo desmigajamos por completo, y lo devolvemos así al caldero con el resto de las verduras cocinadas.

6.- Se supone que ya las judías se han cocinado y, como se habrá perdido agua en la cocción, las añadiremos al caldero de las verduras con algo del agua en que las hemos guisado, con cuidado de no dejar el caldo demasiado claro.

7.- Ahora machacamos en un almirez el diente de ajo con los cominos y unos granos de sal gruesa (pocos). Ponemos la mezcla en el caldero del potaje, ponemos a fuego muy suave y removemos despacio y bien.

8.- Picamos los berros restantes, los ponemos en el potaje y apagamos el fuego.

 

Para comer es importante dejarlo reposar un rato y removerlo todo despacio cuando aún esté caliente.

Si queremos, podemos usar judías de bote ya guisadas, así es más sencilla la preparación, pero entonces las ponemos al final, después de que esté todo guisado ya, para evitar que se hagan papilla.

Se trata de un potaje de verdura idóneo para comerlo con un poco de gofio en el mismo plato y acompañado con un buen queso duro de leche de cabra.

El sabor de este potaje es muy intenso, incluso algo picantillo, por el ajo machacado y los berros casi crudos que añadimos al final de la cocción. Se puede acompañar con un vino tinto suave.

felicidades, infonorte

felicidades, infonorte

Infonorte digital cumple cuatro años. Desde aquí enviamos a todo su equipo nuestra felicitación, esperando que como cada día nos ofrezcan la información y la opinión del noroeste de Gran Canaria.

En todo este tiempo hemos contado con la inmediatez y la veracidad como divisas y hemos asistido a su crecimiento no solo en cantidad de noticias, comentarios o imágenes, sino sobre todo en la calidad que este grupo de gentes comprometidas con el tratamiento objetivo y con la actualidad de nuestra tierra posee y comparte.

Así mismo, nunca llegaremos a agradecer en su justa medida secciones como REPORTAJES, SEMBLANZAS o PUBLICACIONES.

 

Ánimo, que el éxito no ha hecho más que empezar.

 


 

¿Historia o casualidad?

¿Historia o casualidad?

Abraham Lincoln fue elegido miembro del Congreso en 1846.
Jon F. Kennedy fue elegido miembro del Congreso en 1946.

Abraham Lincoln fue elegido Presidente en 1860.
Jon F. Kennedy fue elegido Presidente en 1960.

Ambos estuvieron comprometidos con la lucha por los derechos civiles.
Ambos fueron asesinados en día viernes.
Ambos recibieron el tiro mortal en la cabeza.

Por si fueran pocas las casualidades...

La secretaria de Lincoln se llamaba Kennedy y la secretaria de Kennedy se llamaba Lincoln.
Los dos fueron asesinados por estadounidenses sureños, los dos fueron sucedidos por sureños apellidados Johnson.
Andrew Johnson, quien sucedió a Lincoln, nació en 1808; Lyndon Johnson, quien sucedió a Kennedy, nació en 1908.
John Wilkes Booth, el asesino de Lincoln, nació en 1839; Lee Harvey Oswald, el asesino de Kennedy, nació en 1939.
Ambos asesinos eran conocidos por sus tres nombres, los nombres de cada uno de ellos están compuestos por quince letras.

Ahora agárrate y sujétate bien en tu asiento:

A Lincoln le dispararon en un teatro llamado Ford, y a Kennedy en un coche llamado Lincoln y fabricado por Ford.
A Lincoln le dispararon en un teatro y su asesino huyó a esconderse en un almacén, a Kennedy le dispararon desde un almacén y su asesino huyó a esconderse en un teatro.
A los dos asesinos los asesinaron después del atentado.

La guinda del pastel:

Una semana antes de su muerte, Lincoln estaba en Monroe, Maryland.
Una semana antes de su muerte, Kennedy estaba con Marilyn Monroe.

Como para no creer en casualidades.

Un día azul en Linagua

 


 

El sábado 10 de febrero, unos 16 alumnos de 4º de ESO y de 1º de bachillerato realizaron una actividad de senderismo en Linagua. El día se presentaba absolutamente despejado y de temperatura fresca y agradable.

Hacia las ocho de la mañana subimos hasta la Degollada de Tasarte y desde allí cogimos el camino que sube suavemente por las cañadas de la montaña de El Viso. El camino de ascenso presentaba una dificultad baja, a excepción de dos tramos de unos veinte metros de pendiente pronunciada, pero fáciles de rebasar con los oportunos descansos. En esta zona nos encontramos con diversas especies de flora autóctona propias del cardonal-tabaibal: veroles, tabaibas, salvias, hogarzos, etc., así como numerosos ejemplares de aves, como los alcaudones (alcairones), canarios silvestres, cernícalos o incluso cuervos.

 


 

A medida que subíamos iban apareciendo viejos ejemplares aislados de pinos canarios, nacidos en lugares a veces inverosímiles y moldeados caprichosamente por las condiciones climatológicas (procedentes quizás de épocas en las que el pinar dominaba franjas más bajas del terreno). También el paisaje de faldas y cañadas arcillosas comenzaba, con el ascenso, a ser sustituido por cumbres rocosas salpicadas de cuevas y desfiladeros. Así mismo cambiaban los olores: el dulzor de los hogarzos por el bálsamo de la resina que rezumaba el pinar.

 


 

 


 

A nuestra izquierda quedaban las impresionantes cadenas montañosas del macizo sur suroeste, Hogarzales, Ajódar, Los Cedros... Nuestro guía, el profesor Ervi Segura, no nos dejaba perder detalle y nos explicaba el origen del nombre de los barrancos, lomas y canales, se detenía en los puntos de interés de la ruta, para contarnos anécdotas y sucesos del ayer, el uso que se daba a plantas, cuevas, materiales y otros elementos de la zona.

Una vez en la cima, nos dirigimos hacia el punto geodésico desde el que se puede avistar el Roque Faneque, las cumbres de Tirma, el Bentaiga, el Nublo y, en una perspectiva inmejorable del valle de La Aldea, la isla de Tenerife, en la que se divisaba, gracias a lo claro del día, el Teide.

Después de disfrutar de las vistas desde el punto geodésico de El Viso, nos fuimos hasta el barranco de Linagua, al que llegamos por la pista de tierra que conduce hasta el pequeño grupo de casitas de piedra y tejas, restos de asentamientos de gentes dedicadas antaño al pastoreo, la agricultura tradicional de subsistencia o a oficios propios del pinar, como la extracción de resinas, brea, carbón, leña o madera. Por aquella zona, al lado de un estanque que se nutre de aguas de naciente, paramos a comer, descansar y pasar un rato conversando entre nosotros y con un grupo de senderistas que venían a conocer el lugar desde Las Palmas.

 

 

Fue curioso ver cómo nuestros jóvenes se quejaban del cansancio, del camino, de los bichitos y de cualquier inconveniente rural, mientras que aquellas personas mayores, muchas de las cuales pasaban de sesenta años, rebosaban vitalidad y regocijo por estar en Linagua, a pesar además de venir desde tan lejos.

No fue menos curioso descubrir que el aburrimiento se acaba cuando hay imaginación y ganas de disfrutar: no llevamos pelotas, ni barajas, ni juegos de ningún tipo y parecía que el mundo se iba a acabar, que el tedio iba a estropear un sábado radiante y feliz. Pero, ¡oh, sorpresa! En pocos minutos sólo había sonrisas, bromas y carreras: el agua, los palos, la pinocha, las piñas, despertaron a los jóvenes de su letargo tecnológico. Algunos hasta apagaron los teléfonos móviles.

 


 

Así que, al rato, no queríamos volver, pero emprendimos el regreso retornando sobre nuestros pasos, por el mismo camino de la ida, y a eso de las cuatro ya estábamos en la degollada, camino a nuestra casa.

Estamos todos muy agradecidos a Ervi Segura por su compañía, por sus conocimientos de nuestra naturaleza, por compartir con nosotros un día azul, inolvidable.

 


 

LECCIONES DEL KAMASUTRA, de Mahmud Darwish

LECCIONES DEL KAMASUTRA, de Mahmud Darwish

Con la copa engastada de lapislázuli

la espero,

junto al estanque, el agua de colonia y la tarde

la espero,

con la paciencia del caballo preparado para los senderos de la montaña

la espero,

con la elegancia del príncipe refinado y bello

la espero,

con siete almohadas rellenas de nubes ligeras

la espero,

con el fuego del penetrante incienso femenino

la espero,

con el perfume masculino del sándalo en el lomo de los caballos

la espero.

No te impacientes. Si llega tarde

espérala

y si llega antes de tiempo

espérala,

y no asustes al pájaro posado en sus trenzas.

Espérala,

para que se sienta tranquila, como el jardín en plena floración.

Espérala

para que respire este aire extraño en su corazón.

Espérala

para que se suba la falda y aparezcan sus piernas nube a nube.

Espérala

y llévala a una ventana para que vea una luna bañada en leche.

Espérala

y ofrécele el agua antes que el vino, no

mires el par de perdices dormidas en su pecho.

Espérala

y roza suavemente su mano cuando

poses la copa en el mármol,

como si le quitaras el peso del rocío.

Espérala

y habla con ella como la flauta

con la temerosa cuerda del violín,

como si fuérais dos testigos de lo que os reserva el mañana.

Espérala

y pule su noche anillo a anillo.

Espérala

hasta que la noche te diga:

no quedáis más que vosotros dos en el mundo.

Entonces llévala con dulzura a tu muerte deseada

y espérala...

 

 

Traducción del árabe por María Luisa Prieto

 

EL CURIOSO INCIDENTE DEL PERRO A MEDIANOCHE, de Mark Haddon

EL CURIOSO INCIDENTE DEL PERRO A MEDIANOCHE, de Mark Haddon

Christopher es un joven de quince años que no quiere que lo toquen. No le gustan los rodeos, ni las evasivas, ni las mentiras. Tiene una memoria infinita y nada escapa a sus dotes de observación. Las matemáticas y la física son lo que más le interesa. Pero tiene dificultades para relacionarse con los demás, porque la forma de relacionarse con los demás de casi todo el mundo no es la forma de relacionarse con los demás que él acepta. Unos lo toman por loco, otros por un genio, otros lo llaman retrasado, pero a él no le importa nada, sino lo que es verdad.

Por eso, cuando descubre que alguien ha matado a Wellington, el perro de su vecina, toma la decisión de investigar su muerte, como lo haría el mismísimo Sherlock Holmes. Buscará la verdad de un caso que lo va a llevar a encontrar nuevas verdades y viejas mentiras en su vida que, hasta entonces, transcurre apacible entre la convivencia con su padre y las actividades de su colegio. Su mundo limitado entre su barrio y su colegio va a agrandarse a medida que investiga y escribe lo que le sucede como si todo lo que la pasara fuera el argumento de una novela.

Una excelente novela para aprender de un personaje tan extraordinario como inusual, un héroe a la medida de nadie. Ternura, inteligencia y sorpresa ante la mirada de un chico que ve donde muchos “normales” son simples ciegos.

Un libro divertido, que invita a pensar y a aceptar la felicidad, aunque sea diferente a la felicidad de la mayoría.

El curioso incidente del perro a medianoche, de Mark Haddon, lo podemos encontrar en español en la editorial Salamandra, colección Narrativa Salamandra.

 

EL VIAJE DEFINITIVO, de Juan Ramón Jiménez

EL VIAJE DEFINITIVO, de Juan Ramón Jiménez

Se celebra este año 2006 el quincuagésimo aniversario de la concesión del Premio Nobel al poeta de Moguer.

Por ese motivo y porque ya estaban tardando, aniversarios aparte, en el Centro Virtual Cervantes se publica una monografía sobre Juan Ramón . Allí se pueden encontrar una selección de sus textos, estudios de su obra, cronología y notas biográficas.

Juan Ramón Jiménez dedicó su existencia a la poseía. De entre tanto que escribió, proponemos la lectura de El viaje definitivo, una honda meditación sobre la belleza de la vida, a pesar de la muerte.

 

... Y yo me iré. Y se quedarán los pájaros

cantando;

y se quedará mi huerto, con su verde árbol,

y con su pozo blanco.

 

 

Todas las tardes, el cielo será azul y plácido;

y tocarán, como esta tarde están tocando,

las campanas del campanario.

 

 

Se morirán aquellos que me amaron;

y el pueblo se hará nuevo cada año;

y en el rincón aquel de mi huerto florido y encalado,

mi espíritu errará nostáljico…

 

Y yo me iré; y estaré solo, sin hogar, sin árbol

verde, sin pozo blanco,

sin cielo azul y plácido…

Y se quedarán los pájaros cantando.

 

Tomado de «Corazón en el viento», en Poemas agrestes, 1910-1911

 


Paisajes en el recuerdo: la Navidad y Reyes

Paisajes en el recuerdo: la Navidad y Reyes

Empiezo por lo que siempre se decía, que “Santa Lucía canta Pascua en once días”. Su fiesta, el 13 de diciembre, tan señalada en el calendario festivo sociedad tradicional, animaba el ambiente del pueblo en la cercana Navidad que ya se había anunciado desde el 8, día de la Inmaculada Concepción. Por Santa Lucía comenzábamos a preparar los nacimientos, a sembrar alpiste, lentejas... en latas de sardinas; a comprar en la farmacia anilina para pintar papeles y hacer las montañas del belén y las figuritas de loza que nos faltaban, que en aquella mediana del siglo XX, tanto vendía Purita, como Encarnita Marrero, enfrente del Ayuntamiento.

Años atrás, a partir del 8 de diciembre, salía a cantar el Rancho de Ánimas o Rancho de Pascua con su monótona tonadilla musical, que dio paso a la frase popular de “estar como un cantador de Pascua” a quien hablaba repetitivamente un tema.

Las frescas madrugadas de diciembre se alegraban en La Plaza con las Misas de la Luz, con sus alegres cantos de villancicos, acompañados de sonajeras y panderetas dentro de la Iglesia, desde donde muchos salían directos a las hoyas y laderas a sembrar, porque ya se estaba en la estación de la humedad. Pero los ranchos y las misas de la luz ya se habían apagado cuando yo nací, en el último año de la década del cuarenta y nueve. Pero sí que viví intensamente la alegría de los nacimientos, la ilusión de los dulces de Pascua y de los juguetes de Reyes que se vendían en algunas tiendas.

La llegada de la Nochebuena era algo excepcional, la gente pasaba el día trabajando y buscando un hueco para elaborar las truchas, los queques y rosquetes. Y si había algo que en aquel día me apenaba era la muerte de los baifillos, animalitos nacidos aquellos días con los que uno de encariñaba, pero que les llegaba este mal y definitivo día para delicias luego en la mesa familiar. Ya de noche recuerdo oír, hacia 1955-1957, al Rancho de Ánimas en la casa de Pestana, en Los Espinos; clarito apreciábamos, desde mi casa, el sonido de la flauta y los panderos. A todos ellos los conocía muy bien: a Antonio Pestana con su gran bigote, a Maestro Juan Cayetano el de las Cañadas, Policarpo Sánchez, a Félix el de Cormeja, Fulgencio Díaz… gente mayor de palabra y honradez.

Y más cerca de mi casa sonaba la parranda de mi maestro, Cristóbal Quintana, con sus guitarreos, cantos y copas, con tapa de baifos de su ganado de Guguy. Era este una persona del fondo del barranco de Siberio (Los Galgares-Taguy), que vino a parar a Los Espinos, donde puso un tiendita y una escuelita y donde todos los del lugar aprendimos las primeras letras y las cuatro reglas (sumar, restar, multiplicar y dividir), con toda precisión.

 

 

La Nochebuena no nos perdíamos el Nacimiento. Íbamos para La Plaza. A mi parecer, eran los "familios" de allá abajo los primeros en aparecer por La Alameda. Aquella Plaza estaba muy concurrida, muy dinámica: la Horchatería de Miguelito León, las tiendas de Natalio y Araújo, el palabrerío de la ingeniosa Quintanilla, las prolijas familias de los Rodríguez, Maruja, las Singuirillas, las León, los Afonso, los Ojeda, los Herreros, la geniosa Mariquita Salomé… El tráfico de camionetas y bicicletas era incesante bajo la severa vigilancia del Cabo Vega.

Aquella noche visitamos todos los belenes de la calle principal pues casi todas las casas estaban abiertas. Nos daba tiempo de ir parar a la tienda de Purita, a ver los juguetes, los reyes, colgados de la pared; eran muchos y variados, más de los que tenían la tienda de Tila en el Barranquillo Hondo. Y nos quedábamos embelesados con el techo mágico de la tienda: caballitos y muñecas de cartón, pistolas de mixtos, acordeoncillos de cartón, armónicas o pianillos, cocinillas, cornetillas, cochillos y camioncillos de lata y madera, muñecas de cartón... los que, al menor soplo del aire que entraba por la tienda, se movían como si cobraran vida. Madera, cartón, tela, latón… eran los materiales de aquellos juguetes de reyes cuando aún no se había generalizado el material plástico.

Cuando se acercaba la hora de la Misa del Gallo ya se oían muchas parrandas. Las que más recuerdo eran las de la gente de El Hoyo. La hora del Nacimiento se acercaba cuando calle abajo aparecía el cura, don Juan Quintero, acompañado de algún monaguillo. Se abría paso entre la gente que se apelotonaba frente a la puerta de la Iglesia. Y es que solíamos hacer como cola allí, al zoco, esperando al cura, entre mil cuentos casi siempre de brujas. Luego... la misa, entre los villancicos del coro, la espectacular caída de la cortina del nacimiento en el altar mayor, el besapié... Los Panderos (el Rancho), como antes dije, ya no tocaban, nuestra generación no pudo verlos, sólo quienes vivíamos por Los Espinos tuvimos la suerte de oírlos, la tonadilla de su flauta, en silbos, repetían días después los chiquillos que más oído musical tenían.

 


 

El Día de Navidad era para mí otra ilusión: la de llevarle dulces, caramelos y regalos que mi padre me preparaba dentro de un cestito de cañas, a mi abuela Eulogia Oliva Armas, que vivía en lo más alto de La Ladera. Después de rebasar la Vuelta de La Higuerilla -la que, la noche anterior, cruzarla solo, en la oscuridad, era para los atrevidos-, se llegaba a La Ladera. Yo subía por el caminillo que pasaba por detrás de la casa de Pepe Déniz, alcanzaba la casa de Carmen la Médica y llegaba a la Cuestilla. No había pérdida. Pero al subir la pendiente, como eran varias calles las que seccionaban la Cuestilla, tenía problemas con distinguir cuál era la de mi abuela. Yo calculaba primero la casa de Miguelito el Latonero, luego otra calle… hasta cruzarme con la de mi abuela: una palmerita de abanico situada enfrente de su casa era la marca para identificarla. Cuando llegaba arriba, me paraba para ver el paisaje: abajo la Palma de Mianito, más allá el palmeral de El Convento con la casa a cuatro aguas de Miguelito Martín, Cabo Verde y más al fondo intentaba buscar el campanario de la ermita de San Nicolás.

Pasados los días navideños llegaba la Nochevieja y el Año Nuevo, que no tenían nada tan espectacular como los de hoy. Y, por fin, el Día de Reyes. La gran ilusión que siempre va teniendo cada generación de niños; la nuestra quizás con menos juguetes sofisticados y más deseada por la carencia de estos. Pero todas las ilusiones de niños son iguales. No hay tiempo pasado mejor. Yo le oía decir a mi madre que nosotros teníamos la suerte de que los Reyes nos echaran carritos, pianos de boca, acordeones de cartón, muñecas a las niñas… porque a ella, cuando pequeña, solo le echaban almendras, támaras, cajitas…

Las pistolas de Reyes no disparaban en mi casa nunca, porque mi padre nunca las quiso y cómo se me iban los ojos al verlas en los demás niños. Eran rifles y pistolas que estallaban con mixtos y que solían regalarse con un conjunto de plumas indias y cartuchera. Para pistolas, Juan Manuel el de Soledad, la que vivía con don Juan Marrero. El se recorría toda mi zona con cartuchera, dos pistolas y cubierto de plumajes. Solía decirle a su abuela: “me voy para las montañas”. La tarde de Reyes en el Cine Viejo o Cine del médico don Juan Marrero era todo un espectáculo, pues los niños del pueblo llevaban a la sesión de la matiné sus regalos. Además, allí rifaban una gran pistola para los niños y una gran muñeca para las niñas. Momentos antes de la proyección llegaba la luz del motorcillo que don Juan tenía frente al Cine, al lado del estanque de Comparillo, y los gritos de los familios diciendo “¡La luz, la luz…!” eran los más fuertes y atronadores del año en aquella tarde de Reyes.

bienmesabe, siempre a mejor

bienmesabe, siempre a mejor

Siempre a mejor. El equipo de bienmesabe.org , la página de nuestra cultura popular, ha renovado su aspecto, ha mejorado sus secciones y ha introducido novedades, como el redvistero, bienmesabe tv o producciones bienmesabe.
Así que no se ha quedado la cosa en los colores más suaves y atractivos, sino que se ha dado un salto por avanzar en este encomiable proyecto, dirigido a la difusión de nuestro acervo cultural canario.
Merece la pena destacar el esfuerzo que se ha hecho por lograr una cota de accesibilidad web que en ocasiones se echa en falta hasta en páginas de organismos oficiales.
Enhorabuena y gracias.

ÍTACA, de Constantino Cavafis

ÍTACA, de Constantino Cavafis

 

Cuando emprendas tu viaje a Ítaca

pide que el camino sea largo,

lleno de aventuras, lleno de experiencias.

No temas a los lestrigones ni a los cíclopes,

o al colérico Posidón,

seres tales jamás hallarás en tu camino,

si tu pensar es elevado, si selecta

es la emoción que toca tu espíritu y tu cuerpo.

Ni a los lestrigones ni a los cíclopes

ni al salvaje Posidón encontrarás,

si no los llevas dentro de tu alma,

si no los yergue tu alma ante ti.

 

Pide que el camino sea largo.

Que sean muchas las mañanas de verano

en que llegues -¡con qué placer y alegría!-

a puertos nunca vistos.

Detente en los emporios de Fenicia

y hazte con hermosas mercancías,

nácar y coral, ámbar y ébano

y toda suerte de perfumes voluptuosos,

cuantos más abundantes perfumes voluptuosos puedas.

Ve a muchas ciudades egipcias

a aprender, a aprender de sus sabios.

 

Ten siempre a Ítaca en tu pensamiento.

Tu llegada allí es tu destino.

Mas no apresures nunca el viaje.

Mejor que dure muchos años

y atracar, viejo ya, en la isla,

enriquecido de cuanto ganaste en el camino

sin aguardar a que Ítaca te enriquezca.

 

Ítaca te brindó tan hermoso viaje.

Sin ella no habrías emprendido el camino.

Pero no tiene ya nada que darte.

 

Aunque la halles pobre, Ítaca no te ha engañado.

Así, sabio como te has vuelto, con tanta experiencia,

Entenderás ya qué significan las Ítacas.

 

 

Traducción del griego por Pedro Bárdenas de la Peña

El amor mata

El amor mata

Hoy es uno de esos días que se escriben con mayúscula. Uno de esos días reservados para que algo no se olvide durante el resto de los días del año. O uno de esos días que sirven para relegar algo a la parte proporcional de nuestra conciencia, como los cumpleaños, el seguro del coche, la espantosa navidad…

Y me da rabia que me tengan que recordar hoy que debo recordar a mis amigos que murieron entre la repulsa y el miedo, en la soledad atroz de los condenados a muerte y a abandono.

También me da rabia tener que convencer de nuevo a mucha gente de que no podemos abandonar a su suerte a tantas personas, 40 millones, víctimas del amor o la ignorancia, de los dictados de sus cabecillas “religiosos”, que olvidan que la religión es una manera de reunir al ser humano con el universo, una forma de interpretar la relación entre el microcosmos de nuestra conciencia de ser con el macrocosmos del ser universal. Cuántos de esos millones no lo sabrán. Cuántos de ellos viven su dolor y mueren su vida, consolados por falsas promesas de paraísos en otra dimensión.

 

Por todos ellos y por todas ellas.

 

 

Oigo a Freddie cantando que el amor mata.

Y el desamor más.

 

 

 

 

 


 

Gracias, guanchiblog

Gracias, guanchiblog

 

Gracias, Guanchiblog, por el logotipo amoroso. Una propuesta más gofiera o maúra, según se mire: genera logos con frases como "... me va un fleje", "... está que te cambas las gambas", etc.

De paso lo aprovecho para quien quiera enlazar.

 

 

 


 

EL INVENTO

 

Exposición «Corresponsales en la Guerra de España»

Exposición «Corresponsales en la Guerra de España»

    Coincidiendo con la inauguración de la exposición «Corresponsales en la Guerra de España» en la nueva sala de exposiciones del Instituto Cervantes en Madrid, el Centro Virtual Cervantes publica la edición digital del catálogo de dicha muestra (http://cvc.cervantes.es/actcult/corresponsales/).

    Organizada en colaboración con la Fundación Pablo Iglesias, «Corresponsales en la Guerra de España» presenta los diferentes episodios de la Guerra Civil española a través las crónicas que escribieron corresponsales extranjeros tan prestigiosos como Ernest Hemingway, John Dos Passos, Antoine de Saint-Exupéry, Marta Gellhorn, George Orwell o G. L. Steer.

    El catálogo de esta exposición incluye las presentaciones de César Antonio Molina y de Alfonso Guerra, artículos de Paul Preston, Ignacio Martínez de Pisón y Carlos García Santa Cecilia; y reproduce las páginas de los periódicos en los que aparecieron las crónicas, su traducción, y fotografías tomadas durante la contienda.

    VÍA http://cvc.cervantes.es

INSTRUCCIONES PARA DAR CUERDA A UN RELOJ, de Julio Cortázar

INSTRUCCIONES PARA DAR CUERDA A UN RELOJ, de Julio Cortázar

Piensa en esto: cuando te regalan un reloj te regalan un pequeño infierno florido, una cadena de rosas, un calabozo de aire. No te dan solamente el reloj, que los cumplas muy felices y esperamos que te dure porque es de buena marca, suizo con áncora de rubíes; no te regalan solamente ese menudo picapedrero que te atarás a la muñeca y pasearás contigo. Te regalan -no lo saben, lo terrible es que no lo saben-, te regalan un nuevo pedazo frágil y precario de ti mismo, algo que es tuyo pero no es tu cuerpo, que hay que atar a tu cuerpo con su correa como un bracito desesperado colgándose de tu muñeca.

Te regalan la necesidad de darle cuerda todos los días, la obligación de darle cuerda para que siga siendo un reloj; te regalan la obsesión de atender a la hora exacta en las vitrinas de las joyerías, en el anuncio por la radio, en el servicio telefónico. Te regalan el miedo de perderlo, de que te lo roben, de que se te caiga al suelo y se rompa. Te regalan su marca, y la seguridad de que es una marca mejor que las otras, te regalan la tendencia de comparar tu reloj con los demás relojes. No te regalan un reloj, tú eres el regalado, a ti te ofrecen para el cumpleaños del reloj.

Paisajes y costumbres. Acuarelas de Juan Antonio Santana Jiménez

Paisajes y costumbres. Acuarelas de Juan Antonio Santana Jiménez

TEXTO DE LA PRESENTACIÓN:
Vamos a proceder a la apertura de la exposición de acuarelas de Juan Antonio Santana Jiménez, en el marco de las XV Jornadas Educativas de Cultura Popular, exposición que lleva por título Paisajes y Costumbres y que estará abierta en esta Sala desde hoy 25 de noviembre hasta el próximo 10 de diciembre en horas de las 6 a las 9 de la noche, de lunes a sábado, y de 11.30 a 14 horas los domingos y festivos.

Comenzamos diciéndoles que Juan Antonio lleva un tiempo relativamente corto en este mundo de la creación artística, poco más de tres años, aunque quien lo conoce sabe que esta fue siempre su inquietud. Por nuestra parte, hace muchos años que apreciamos su inquietud por el arte, tantos ya, que se pierden en la memoria.

Recuerdo que a mediados de los años setenta, cuando juntos preparamos uno de los Concursos Culturales de la Fiesta lo veía desenvuelto y creativo en los decorados y en el diseño de las láminas, siendo muy joven.

Estuvo mucho tiempo dedicado a la función pública, como concejal de cultura. En ese tiempo lo vi siempre preocupado por que los programas de las fiestas patronales tuvieran una capa gruesa de barniz artístico. Por agosto llegaba por mi casa rebuscando fotografías artísticas y hasta alguna pintura de acuarela me llegó a encargar para un programa de Fiesta de mediados de los noventa.

Después de muchos años en la política le ha tocado un descanso pero no ha descansado, porque se ha puesto a hacer lo que siempre quiso, con el permiso de Pilar. Ha sido muy constante. Puntual en las clases.

 

Les cuento que el año pasado me lo encontré un jueves por la tarde por esa carretera en un tiempo de lluvia cuando, apurado, iba para Las Palmas a ultimar su primera exposición individual. Al cruzarme con él por los Andenes del Risco, calculé adónde iba en aquella tarde de cielo plomizo, de agua y piedras en la carretera. Y pensé cómo todos perdemos la cabeza por algo o por alguien: por un proyecto, por una idea, por un amor, sea posible o imposible. Y posible sí ha sido ese amor por la pintura de Juan Antonio. No ha tenido otra cosa en la cabeza y en el corazón, con el perdón de Pilar, que ese continuado aprendizaje en la difícil técnica de la acuarela, en la Academia Salazar de Las Palmas de Gran Canaria, que ha dado varios frutos en exposiciones colectivas en el Club Náutico en 2004, 2005 y 2006, en diversos puntos Las Arenas, 2005, Museo de Historia de Agüimes, más las dos individuales que ya evidencian madurez y gran trabajo; una fue aquí en este salón de exposiciones en 2005 y la de hoy que presentamos. Y es, pues, un honor para mí presentar esta nueva exposición de Juan Antonio, que complementa algunos de los contenidos de estas Jornadas relativos a los oficios y actividades artesanales del ayer.

 

 

 

En esta exposición de veintinueve acuarelas, el autor pretende ofrecer una visión artística y didáctica del complejo mundo de la sociedad tradicional, con el deseo de que se experimenten no sólo las sensaciones agradables que el arte genera en el sentimiento, sino también la información del contenido: artilugios, ingenierías, faenas, oficios del ayer que el tiempo está difuminando en el olvido, quizás algunos ya en el sueño de los justos.

Verán cuando entren en el salón que cada acuarela lleva una pequeña información didáctica del contenido en el marco de los oficios y las arquitecturas, ingenierías y paisajes de la sociedad tradicional.

 

 

 

 


 

Ustedes apreciarán la evolución que este artista ha ido experimentando de un año a otro. De su tesón y esfuerzo por mejorar, que nadie mejor que su joven profesor puede analizar para ustedes, y al que le paso la palabra. Antes quiero expresar las gracias a Juan Antonio por confiar en mí para esta presentación. Y felicitar tanto a él, como a su familia: a su esposa, hija, a sus padres que bebieron el sudor de los trabajos de la sociedad tradicional e incluso a sus vecinos, compañeros, porque ellos con su aliento también son partícipes de esta valiosa aportación al acervo cultural de La Aldea de San Nicolás y de Canarias en general.

 

 

 

 


 

 

OLVIDO de Ángel Guerra

OLVIDO de Ángel Guerra

Todos los sábados paraba allí el ciego. La niña pálida, feúcha, con los labios mimosos y los ojos tristes, estaba siempre en el balcón, entre un marco de clavellinas. Con las manos en las sienes descoloridas, por donde resbalaban unos ricillos coquetones, escuchaba los lamentos de la guitarra, cuyas cuerdas hería la áspera mano del ciego.

No faltaba nunca. Allí silenciosa, absorta, en éxtasis, sus ojos melancólicamente húmedos, se llenaban de la luz borrosa de la tarde y sus oídos seguían con deleite las notas de la guitarra, por cuya boca parecían salir elegías lamentosas como ayes de un preso por las rejas, y de cuyo fondo se levantaba un acento dolorido, quejumbroso, como si dentro llorara el alma de un niño sin madre.

Sonaba el cantar, siempre triste, como el recuerdo de la patria en el destierro. Aquello eran lágrimas hechas voces, tristezas recónditas sollozando dentro.

Vibraban en el aire y luego desfallecían, y a lo último, cuando se extinguían los sonidos, el eco a distancia resurgía con dejos dolientes de despedida.

La niña dejaba caer la limosna, que recogía el ciego, besándola y aún lo seguía con la mirada al atravesar la calle desierta, hasta que su silueta se esfumaba paulatinamente a lo lejos.

Llegó a establecerse entre ambos un dulce cariño. La niña acudía siempre al balcón con el solícito afán de una novia a la cita.

De la vida del ciego nada sabía, ni aun su nombre, y apenas si comprendió que aquel espíritu se rendía a un gran dolor, y que acaso, acaso, en medio de la soledad del alma, no podía desahogar las penas sino cantando. Por eso las coplas eran lúgubres y los romances narraban amoríos desgraciados.

Compadecida, todos los sábados lo esperaba a la caída de la tarde. Y cuando se esbozaba en lontananza la figura del músico callejero, resaltando las líneas angulosas del sombrero abollado; y se percibía el color verdoso del gabán desgarrado y mugriento por donde asomaban las carnes tostadas, con la vieja guitarra al brazo, tambaleando, como un sonámbulo que anda, y la camisa sucia abierta mostrando el vello enmarañado del pecho, sentía nacer una alegría inexplicable, y sus ojos se iluminaban rápidamente con un fulgor extraño.

Llegó un sábado. El ciego parose bajo el balcón de la niña pálida. Sonó la guitarra y los cantares fueron saliendo como suspiros de un corazón que se desahoga.

Callaron las cuerdas gemebundas, y extendió el sombrero para recibir la limosna. ¡Nada! La calle estaba silenciosa y el balcón desierto. ¿Dónde estaba ella?

Volvió al sábado siguiente, lleno de dudas, pero aún con la última esperanza. Sus coplas fueron aquel día más tristes, la guitarra parecía gemir desolada. Con mano trémula, como el náufrago al agarrar una tabla, extendió el despachurrado sombrero. ¡Nada!

Sin duda lo había olvidado ya; tal vez hubiera muerto. ¿Muerto? ¡Quién sabe!

Sintió entonces todo el amargor de la vida; volvió los ojos vacíos al cielo, como una desesperada súplica; en su espíritu rebosó el odio, la tristeza, el amor, todo, al contacto de mil recuerdos; estrechó entre sus brazos nerviosos la guitarra, su única amiga, como para ahogar aquella voz que respondía a su dolor; crujieron las débiles tablas rotas y arrojó las astillas a la calle, como el cadáver de una adúltera en un rapto de delirio, pero sollozando…

Y allá lejos, rítmico, soñoliento, aun repetía el eco las últimas notas del cantar de la niña.