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ARTEVIRGO, desde La Aldea, miradas y voces

La alpispa

La alpispa

El sol de la tarde languidecía poniendo en los filos del Morro y en las aristas del Muelle sus más satinados brillos: el carmesí radiante, el encarnado quisquilla, el ciclamen fulgente y el ocre terroso se combinaban por momentos en una sabia alternancia que parecía ser diseñada por y para el día que acababa. El temblor de las aguas del mar se reflejaba en la pared del risco como una cenefa trémula en sus sombras, olía a quietud. Estaba solo, el rebullicio se había ido con la guagua de las seis, y observaba el ir y venir del agua juguetona que lamía ya mis pies. Pensaba en la vuelta y en la ropavieja que Demetria, mi madre, me tendría tapada sobre la mesa de la cocina esperándome y entonces, como una imprevista ola, llegó.

Era una alpispita amarillo-verdosa, negra y gris que, desinquieta, peonaba de roca en roca con sus nervudas patas. Sus piídos alegres me desperezaron sacudiendo el letargo en el que me hallaba momentos antes. Agucé mis sentidos para poder ponerme a tono con el ave e intenté incorporarme al mismo tiempo que hacía visera con una de mis manos.

Ella inspeccionaba el prominente risco con la sabiduría de la que conoce lo suyo; iba y venía moviendo espasmódicamente la cola sin dejar de contestar al eco de sus propios trinos que, sonoros y mixturados, reverberaban por todo el Cuevón del Muelle. Sólo paró un momento, el suficiente para despreciar de forma altiva (pensé) los restos de bocadillo que arrojé cerca de sus mojones.

 


 

Por espacio de unos minutos se escabulló y, aunque busqué su nuevo paradero oteando desde las rocas, no logré vislumbrarla. Pasado un tiempo corto apareció de nuevo: asía en su afilado pico un cigarrón que pataleaba desalado para su regocijo (imaginé). Parecía mostrarme su captura con expresión sibarita y, en lo que Barrabás se estriega un ojo, engulló el insecto poniendo una pícara cara de deleite mientras se limpiaba su arpón entre las patas y el suelo. Luego, en un singuío, volvió a desaparecer el zurronero animal.

Recogí los bártulos (atarecos de nadar, las cremas, el batidor, el espejillo verde...), miré y remiré revisando el lugar y me encaminé, barranco arriba, ¡directo a la ropavieja! Alcancé a Sildana por Los Caserones y juntos acortamos por debajo de las higueras a las cuales aliviamos de peso. Oímos el alcaidón (alcaudón) por la Punta, volaba solitario con su canto agorero hacia Furel; musité un sortilegio aprendido de mi tía Adela en previsión de no sé qué, al final de mi retajila ya no estaba el pájaro allí, el augurio no era para nosotros. Generosa, ríe mi amiga la supersticiosa ocurrencia. Apretamos el paso y ajustamos el ritmo de la conversación, la gazuza mía nos hace ir a escotero a los dos.

Al día siguiente, en la explanada del Muelle, mientras leía a contraluz una de Vázquez Figueroa, oí (más bien sentí) la presencia de la alpispa. Me observaba inquieta desde una roca cercana y sus ojos negro azabache, desde allí, relumbraban brillantes. Me quedé inmóvil esperando, ella también se quedó quieta acechando mi reacción; intenté imitar su canto y saltó de su posadero como movida por un resorte: su larga cola abanicaba el suelo, daba pequeños saltitos nerviosos y movía la cabeza a derecha e izquierda sin parar.

No parecía comprender que fui yo el cantautor. Voló hasta el Morro haciendo una onda sobre el agua, se paró en su filo, agachó el cuerpo, bailó enseñando su pecho más oscuro, oteó, miró el horizonte, fue y vino, pero… daba la sensación de no encontrar lo que buscaba. Desapareció de mi vista rozando el risco y haciendo vaivenes en la dirección del Puerto. Me quedé solo pensando en su actitud hasta que llegaron las cuatro de Yolanda distrayéndome. Pasó el día y no la vi más, tampoco comenté nada con nadie.

 


 

Transcurrieron varias jornadas: estuve en el Carrizal de Tejeda con un molina-medina, viajé a Las Palmas, me habelité rápidamente y aproveché para ojear algo sobre las lavanderas o alpispitas. Yo quería estar más cerca de mi secreta amiga.

Lavanderas y bisbitas integran la familia de los motacílidos, probablemente de origen etiópico, distribuidas por casi la totalidad del globo y que se caracterizan por las alas puntiagudas, la cola larga y las patas bien desarrolladas. Las alpispas pasan el invierno en grupo y forman grandes algarabías en el dormidero común. Los machos son los primeros en llegar a los lugares de crianza, estableciendo sus territorios y defendiéndolos de competidores. Después llegan las hembras a las que corteja el galán mostrando todo su poderío "varonil".

Las alpispitas (tamaimas, en guanche) comen piezas vivas, nunca carroña; cazan todo tipo de insectos tomándolos habitualmente de los matojos, a ras del suelo, pero a veces en el aire, como los aviones o los papamoscas.

Volví a La Aldea y a la dulce rutina del veraneo. El primer día de playa cogí cigarrones por el camino y los metí, cuidando no matarlos, en una bolsa de plástico; sonriendo pensé en la cara que pondría la alpispa cuando viera el fresco manjar que le ofrecería (una motacilla no podría desdeñar aquello como si fuera un vulgar cacho de pan), media docena de ortópteros vivitos y aletiando serían suficiente tentación para atraerla.

Enfilé el barranco a tropa teñía, sorteé la fuerte brisonera de la Punta, crucé por debajo del Puente, pasé entre las casas baratas y llegué al Muelle con el secreto anhelo de ser el primero. Pescaban, y los bambúes de sus cañas me contrariaron; seguro que no estaría allí. No estaba. Durante todo el día me sentí molesto y hasta un tanto huraño, como familio amulado. Después de estudiar todo lo que pude encontrar sobre ellas, ella -la imprevisible lavandera cascadeña- me traicionaba no apareciendo.

El día pasó calurosamente aburrido y las oleadas de gente que iban y venían acabaron con la última guagua de línea.

 


 

Me adormilé con el sol bajo que ponía arenilla en mis ojos. La quietud del lugar y la hora cooperaban con la modorra. Me desperté con el sonido de un piar conocido redoblado por la resonancia del Cuevón. Me incorporé rápidamente, la busqué revisando sus atalayas preferidas... y no la vi; mi duermevela me había hecho una buena jugarreta. Parsimoniosamente recogí el macuto, unturas y demás cachos. Liberé a los pobres cigarrones borrachos y, desorientados, quedaron dando tumbos. Me encaminé ya calzado hacia el Muelle que, silencioso y vacío, se me antojaba como el gran proscenio de la Naturaleza viva, el ágora del Medio que allí, entre redobles de olas, se me mostraba.

Un torundón de la mochila que se me clavaba justo entre las paletillas me sacó del éxtasis provocado por el momento mágico del ocaso y del lugar; gracias a eso, pude oír unos entrecortados piídos rápidos y alegres que acabaron de sacudirme del trance y me hicieron volver la cabeza, ¡allí estaban! Boquiabierto, me vi a mí mismo observando a una pareja de motacillas cinerarias abanicando el suelo con sus largas colas. Ejecutaban una especie de danza de variable coreografía y, al mismo tiempo, olían con deleite los infelices cigarrones, los cuales (sin escapatoria posible) suponían un presente cariñoso que el macho cedía gustoso a su pareja entre gorjeos amorosos y reverencias. Él, picando el ojo, me transmitió por unos instantes sus saludos amistosos; luego enfocó toda su actividad hacia su glotona hembra: se esforzaba poniéndole en bandeja todos los pobrecillos insectos que se le pudieran escapar a ella.

En un charrús-marrús la alpispa aquelló la media docena de ortópteros, se aseó el pico, giró varias veces, hizo algunas agachadillas, se aupó, abrió las alas, volteó como derviche danzante, miró a su galán y... ambos, en una especie de pas à deux, acabaron la actuación, alzaron el vuelo y desaparecieron a rente de las tabaibas del Morro buscando sus posaderos antes de que llegara la noche.

 


 

Después de unos momentos de vacilación, al comprobar que no volverían, opté yo también por dirigirme a mis echaderos nocturnos desandando el camino de la mañana. Barranco arriba, en la Punta, el viento me obliga a inclinar el cuerpo hacia adelante para obtener cierto equilibrio; a lo que me obligan mis indómitos y locuaces jilorios es a aligerar el paso. Me canta insistentemente un alcaidón, me vuelve a rondar por donde Carmen la Médica y otra vez cerca de Mederos (frente a la casa de Nieves); tengo que comprar unos motes de ciegos al primero que vea, por si acaso.

Mañana, cuando vaya por el Barranquillo camino de la playa, cogeré cigarrones de nuevo. , volveré a hacerlo, aunque sé que Ofelio me matará por apandar sus eras de alfalfa y sus canteros de millo. *

 

FIN

 

Enrique García Valencia, La Aldea, 2007

 

* Ofelio nunca llegó a matarme: jamás pisoteé ni apandé sus primorosas eras del forraje citado. Tampoco cacé cigarrones, no me hicieron falta los metafóricos insectos para conectar con aquella pareja de alpispitas que, por muchos años (antes del cemento), anidó en algún machinal cercano al Cuevón del Muelle.

Pregón de las fiestas del Carmen de 2007, en La Aldea de San Nicolás

Pregón de las fiestas del Carmen de 2007, en La Aldea de San Nicolás

El cronista oficial de La Aldea de San Nicolás ha sido el encargado este año de pregonar las fiestas en honor de la Virgen del Carmen, patrona del barrio marinero y copatrona del municipio.

Es el pregón un minucioso repaso histórico a las vicisitudes del poblamiento de la zona costera aldeana y a las vivencias de los mareantes y de las distintas familias que, tras asentarse aquí, se dedicaron a la pesca profesional.

Se hace especial mención a algunos vecinos destacados y a las anécdotas siempre agradables de recordar por parte de los viejos o de conocer, por parte de la juventud presente.

Acabó el pregón con una muestra de cariño por la mar y sus gentes y con una recomendación: la del desarrollo sostenible y el mantenimiento de los valores históricos y etnográficos de este lugar tan señero en la comunidad aldeana. Recibió el pregonero, de manos de los responsables de la comisión de fiestas una reproducción a escala de una chalana, símbolo del afecto recíproco que se profesan los vecinos playeros y Francisco Suárez Moreno.

 



 

A continuación, el mariachi Teotihuacán interpretó varias canciones de su repertorio mexicano, tan del gusto del público que lo disfrutó, como preámbulo de la entrega de reconocimientos y homenajes a los mayores del lugar.

La noche festiva se completó con una verbena popular.

Para descargar o leer el texto completo del pregón, PULSA AQUÍ .

 


 

El niño predicador

El niño predicador

Asombroso lo que se puede conseguir con un niño si se le programa bien. Ritmo, pausas, énfasis en la pronunciación, argumentos que se remontan a los primeros detractores de las teorías de Charles Darwin. Y todas estas persuasivas y subyugantes formas comunicativas, ¿para qué? Para que no se note que el contenido es simplemente ficción. Pobre niñito, mejor estuviera jugando al fútbol o al escondite o subido a un árbol o cantando canciones con sus amigos, o siendo sólo niño.

 

 

 
Lo encontramos gracias a www.escolar.net

 

Vázquez Figueroa y la liberación de la cultura

Vázquez Figueroa y la liberación de la cultura

Loable iniciativa la del escritor tinerfeño Alberto Vázquez Figueroa , que regala su último libro en versión electrónica, en formato PDF. En su blog, http://www.vazquezfigueroa.blog.com, se puede leer un interesante comentario sobre las razones que lo llevaron a publicar gratuitamente Por mil millones de dólares de forma simultánea a la aparición de las ediciones impresas en rústica y en tapa dura. Se podría aprovechar la ocasión para empezar a "reeditar" sus novelas anteriores en PDF y ofrecerlas a los muchos lectores que tendría con seguridad.

Parece que escogió un momento difícil y se le reconoce el riesgo de competir con el gigante Harry Potter, que amenaza con hacerse eterno, otra vez.

Sólo le pongo unos perillos a la edición digital de esta novela: la veo muy desangelada, con el mero texto y nada más, no cuesta mucho añadir una portada sencilla con alguna imagen. Además, en los datos de derechos de copia debería aclararse la gratuidad de la edición digital.

De cualquiera de las maneras, la novela está ahí, para leerla y disfrutarla.

Al autor, simplemente, enhorabuena y gracias.

Altazor, de Vicente Huidobro

Altazor, de Vicente Huidobro

CANTO I (fragmento final)

Silencio la tierra va a dar a luz un árbol
La muerte se ha dormido en el cuello de un cisne
Y cada pluma tiene un distinto temblor
Ahora que Dios se sienta sobre la tempestad
Que pedazos de cielo caen y se enredan en la selva
Y que el tifón despeina las barbas del pirata
Ahora sacad la muerta al viento
Para que el viento abra sus ojos

Silencio la tierra va a dar a luz un árbol
Tengo cartas secretas en la caja del cráneo
Tengo un carbón doliente en el fondo del pecho
Y conduzco mi pecho a la boca
Y la boca a la puerta del sueño

El mundo se me entra por los ojos
Se me entra por las manos se me entra por los pies
Me entra por la boca y se me sale
En insectos celestes o nubes de palabras por los poros
Silencio la tierra va a dar a luz un árbol
Mis ojos en la gruta de la hipnosis
Mastican el universo que me atraviesa como un túnel
Un escalofrío de pájaro me sacude los hombros
Escalofrío de alas y olas interiores
Escalas de olas y alas en la sangre
Se rompen las amarras de las venas
Y se salta afuera de la carne
Se sale de las puertas de la tierra
Entre palomas espantadas

Habitante de tu destino
¿Por qué quieres salir de tu destino?
¿Por qué quieres romper los lazos de tu estrella
Y viajar solitario en los espacios
Y caer a través de tu cuerpo de tu zenit a tu nadir?

No quiero ligaduras de astro ni de viento
Ligaduras de luna buenas son para el mar y las mujeres
Dadme mis violines de vértigo insumiso
Mi libertad de música escapada
No hay peligro en la noche pequeña encrucijada
Ni enigma sobre el alma
La palabra electrizada de sangre y corazón
Es el gran paracaídas y el pararrayos de Dios

Habitante de tu destino
Pegado a tu camino como roca
Viene la hora del sortilegio resignado
Abre la mano de tu espíritu
El magnético dedo
En donde el anillo de la serenidad adolescente
Se posará cantando como el canario pródigo
Largos años ausente
Silencio

Se oye el pulso del mundo como nunca pálido


La tierra acaba de alumbrar un árbol.

 

 

TEXTO COMPLETO EN EL SIGUIENTE ENLACE: http://www.nietzscheana.com.ar/huidobro.htm

 


EL VEROL SEDIENTO

EL VEROL SEDIENTO

Preludio. Esta pequeña historia fue diseñada como soporte y motivación para un trabajo escolar de tercer curso y con el fin de conmemorar el Día del Árbol. La clase cooperó dando ideas, giros, posibles salidas e hipotéticos finales. De aquel champurriado de aportaciones y, bajo la discreta batuta del maestro, se esbozó, se pulió, se ilustró, se comentó, se escenificó y se regaló a la biblioteca escolar este cuentillo que titulamos así:

 

El verol sediento

Me considero un verol sediento, mis formas son las de un candelabro enjuto y mi porte, un tanto achaparrado, no es totalmente de mi gusto; soy así porque el viento quiso que creciera aquí, en estos secos ribazos de Tasartico. No vine al mundo en este lejano predio aunque, ahora, es mi hogar definitivo: simple y escueto, pero muy bello; no lo cambiaría por ningún otro, en él intento conseguir la dicha y desarrollarme al máximo como planta.

 


 

Nací y viví mis primeros días de aquel feliz despertar en un sitio llamado Artejeves; lugar soleado, fértil, acogedor, tranquilo y de una límpida belleza austera, pero... todo se truncó en una nefasta jornada de hace ya unos cuantos años, los mismos que yo permanezco y pertenezco a este terruño que, desde aquel entonces, es mi nueva y entrañable casa.

Fue mi padre un gran ejemplar de nuestra especie, de su tronco grueso y grande salían incontables gajos que se multiplicaban en rápida progresión geométrica. En una de sus últimas extremidades finales, en un precioso pimpollo sedoso, vine yo al mundo. Broté también en la que sería la postrer floración del ser que me gestó, su última temporada.

Mis primeros recuerdos me los proporcionaron el sentido del olfato y el del tacto. El primero me comunicaba con el ambiente de aquella hoya llena de aromas, olores de acre altabaca, intenso poleo, incienso moruno y tomillo salvaje. Las sensaciones táctiles comprendían el suave roce de la pelusa de mis hermanas y toda la gama de carantoñas que brisa, terral, temperatura, bruma, lluvia e insectos -sobre todo- me proporcionaban.

 


 

Éramos una corona de semillas algodonosas que orlaba la cabeza de mi anciano padre: cumpliría mi progenitor, al final de aquel beñesmén, unos cien ciclos. Llegó flotando hasta el valle de Artevirgo como un diminuto germen, zarandeado y empujado por los vientos que nacen cerca de las montañas de La Inagua. Tuvo la suerte de caer, arraigar y crecer en un paraje con abundante humedad en el subsuelo y con las condiciones óptimas que cada estación del recorrido anual esparcía en aquella hermosa vaguada.

Pero fue su magnífico tronco y apostura lo que motivó la tragedia; fuimos nosotras también, con nuestras blancas crestas, la señal que alertó al humano de nuestra presencia en aquel apartado lugar de la familiar hondonada. Era un cazador con perro, escopeta, hurón y canana. Llegó en uno de los días más calurosos de nuestra etapa floral; se acercó a nuestro patriarca y, mientras giraba a su alrededor, iba escrutándolo con su fiera mirada. Estuvo palpando toda la estructura, aunque se centró mucho más en la zona del leñoso tallo. Temblamos con el empuje de su mano y por nuestro propio miedo, intuíamos que de alguna manera su inquietante visita era, para todos, un mal augurio: la hora mala.

En el siguiente encuentro, cuando apenas era una simiente formada, el hacha del cazador cortó a mi padre a rente del suelo y desmembró sus ramas. Yo salí despedida por los golpes que cercenaron su vida tan preciada, quedé flotando durante unos interminables segundos mantenida por la brisa de la tarde: el hercúleo tronco de mi progenitor iba a ser el corcho, la casa-transporte de un apestoso hurón; luego, el aire me sacó de allí elevándome hasta los riscos de Guguy para que no viera el ensañamiento de la matanza.

Los constantes alisios que rondan la cumbre de la montaña de Los Cedros acabaron empujándome hasta aquí y, en un momento de calma, aterricé quedando aprisionada en una oquedad del suelo. La relajante y oscura quietud con que me obsequió el terroso refugio hizo que me durmiera profundamente. No sé cuánto tiempo estuve aletargada y protegida celosamente en el regazo de la que sería una de mis madres: la tierra. Desperté gracias a los desvelos de mi otra madre que se empeñaba, con sus esporádicas visitas, en revitalizarme a fuerza de chubascos, rocíos y tarosadas.

 


 

Vivo con ellas dos, ya dejé de ser una semilla para conformarme como un vegetal de mi género y ahora crezco adecuadamente mimado por los esmeros de ambas matronas. Aquí hay mucha tierra, muchísima, demasiada quizá, sin embargo... poquita agua. No me quejo de mi segunda tutora pero desearía sentirla con más frecuencia, tengo sed de sus caricias y de su acuosa presencia en mí: soy por lo tanto un verol sediento que ansía ser grande, muy grande, robusto como su predecesor y henchido de vigorosa savia.

Tengo ya nueve brazos que se abren intentando abracar el vivificante aire. Mi pie, aún siendo delgado, es fuerte y resistente. Mi parte subterránea y oculta es bastante larga, se hunde abrazando con vital fuerza a la tierra que me da seguridad amén de soporte; me extiendo y me enraízo en ella buscando los dulces besos de la otra comadre que -si bien es amorosa- se muestra más escurridiza, difícil de aperruñar y bastante más escasa.

No he tenido descendencia todavía, aunque no soy ni me siento estéril; tampoco mi vida carece de importancia. Con mi sombra cobijo a Chalcides, una lisa de cola verde azulada y, entre mi humilde enramada, ha tejido su pulcro nido un casar de calandrias. Mantengo fresco mi entorno e intento hacer más bonita esta parte de la montaña.

Deseo vivir muchos años aquí, lejos de cazadores, de hurones y de hachas. Quiero con todas mis fuerzas que mis dos madres se junten con cariño, sin torrenteras ni avalanchas, cuando lleguen las nubes y en esta ladera derramen su preciada carga; que se ponga la tierra su largo y lustroso manto esmeralda; que el agua se llueva y me enchumbe todo sin tener que anhelarla: me gustaría sentidas siempre unidas, en amor y santa compaña...

¡Ah, se me olvidaba! Ayer descubrí que tengo otra amiga sin ser la lisa o las calandrias; cerca de mí está creciendo, asomando su cara verde recién estrenada, una pequeña tabaiba. Euphorbia, me dijo que era su gracia, pero... yo la llamo: amiga del alma.

 


 

Enrique García Valencia - 3° B- Las Torres -1988/ La Aldea - 2007

 

PAISAJES EN EL RECUERDO. LOS ÁRABES, PALESTINA Y CANARIAS. AWAB MAHMOUD

PAISAJES EN EL RECUERDO. LOS ÁRABES, PALESTINA Y CANARIAS. AWAB MAHMOUD

Hace unos días leí la esquela del palestino Aba, en un periódico de Las Palmas de Gran Canaria. Y cuántos recuerdos me llegaron de cuando niño los veía hablar y farfullar. Los árabes… Rafaelito Oda, Pepito Franco, Pepito Hassan, Yusef… una media docena de ellos se habían establecido en La Aldea a mediados del siglo pasado. No recuerdo el timbre de la voz de Aba, sólo su rígida y silenciosa figura en la puerta de su tienda, en La Plazoleta de El Barrio. La esquela rezaba: Awad Mahmoud Ahmad, fallecido en Amán Jordania, con un verso del Corán y la media luna al lado. Murió en su tierra, en la que tanto peleó contra los ingleses primero y los sionistas después; la mítica Palestina, la Canaán de Abraham, el patriarca de judíos y árabes; la tierra de Jesús de Galilea y desde donde Mahoma también subió al Cielo… Tierra deseada y disputada desde los primeros albores de la humanidad por cananeos, filisteos, israelitas, romanos, árabes, cruzados, mamelucos, otomanos, ingleses, sionistas, pero siempre la tierra de los naturales de allí, palestinos, sean árabes, judíos o cristianos…

Aba no ha podido ser enterrado en su pueblo natal, Turmasaya, ocupado por el estado de Israel desde 1967, una localidad ubicada entre Ramallah y Jerusalén, ciudad sagrada donde la tradición religiosa cristiana, judía e islámica funden sus creencias.

 

El paisaje en mi recuerdo de hoy está en las calles y caminos polvorientos del oeste y centro de Gran Canaria, cruzados de vez en cuando por aquellos comerciantes palestinos de a pie, con el fardo al hombro, de tez morena como la nuestra, sudorosa por el esfuerzo de la pesada mercancía: telas, confecciones, baratijas… pregonadas con el peculiar acento: “Senniora, bueno, bonito y barato… lo quedas, lo pagas cuando vuelva…”

 

Descansaban en alguna tienda para comer. Con un pan y un kilogramo de plátanos se mantenían todo el día. Detrás del mostrador de la tienda de mis padres, en Los Espinos, recuerdo observarlos atentamente y oírlos hablar, en aquel castellano trastocado de risueñas sintaxis, de sus peripecias del comercio ambulante. Eran vendedores de paso, árabes desconocidos que aparecían de vez en cuando, sin saber de dónde venían. Otros hermanos palestinos ya habían pasado por los sufrimientos de la venta ambulante y se hallaban establecidos en el pueblo desde finales de los años veinte y principios de los treinta.

 

Poquito más arriba de mi casa había puesto tienda primero Aba y más tarde Rafaelito Oda, y más al fondo de valle, en el pueblo, estaban los demás, unos en tiendas de abacerías o de tejidos y otros con fincas y almacenes de empaquetado. Todos conocidos y apreciados en el pueblo. La tienda de Rafaelito Oda era nuestra competencia, sana competencia y estrecha relación familiar con sus hijos.

PARA DESCARGAR EL ARCHIVO COMPLETO EN FORMATO PDF, DESDE INFONORTEDIGITAL, PULSA AQUÍ

 

 



 

CONCIERTO DE FIN DE CURSO DE LA ESCUELA MUNICIPAL DE MÚSICA DE LA ALDEA

CONCIERTO DE FIN DE CURSO DE LA ESCUELA MUNICIPAL DE MÚSICA DE LA ALDEA

    Como cada fin de curso, la Escuela de Música de La Aldea cierra sus actividades lectivas con un concierto en el que participan todos los alumnos de este centro educativo. El sábado 23 de junio y desde las doce hasta las dos de la tarde, ofrecieron al numeroso público congregado en el Centro Municipal de Cultura un recorrido ameno por las bandas sonoras de grandes películas.

 


 

    Los alumnos y alumnas, en pequeños grupos o como solistas, fueron interpretando una acertada selección musical, acompañados de sus profesores y profesoras.

    Resonaron en el antiguamente llamado Moderno Cinema fragmentos y piezas musicales de filmes como La historia interminable, Doctor Zhivago, La misión, Forrest Gump, Desayuno con diamantes, El padrino, El señor de los anillos y un largo etcétera que divirtió y emocionó al público asistente.

 


 

    Gran acierto por parte del profesorado y los alumnos la selección de músicas más cercanas al público general, aunque nunca en menoscabo de su gran trabajo diario con la formación en la Música Clásica.

    El día musical tuvo su colofón con un almuerzo en La Playa de San Nicolás, en el Parque Rubén Díaz, donde alumnos y alumnas, profesorado y familias almorzaron y festejaron en un cálido ambiente el regocijo que produce una labor bien hecha.

    Felicidades a todos por su talento, su trabajo y, por ofrecerlo como regalo cultural al resto de gentes de La Aldea, gracias.

 


 

TOMÁS PÉREZ JIMÉNEZ CONTINÚA AL FRENTE DE LA ALCALDÍA DE LA ALDEA DE SAN NICOLÁS

TOMÁS PÉREZ JIMÉNEZ CONTINÚA AL FRENTE DE LA ALCALDÍA DE LA ALDEA DE SAN NICOLÁS

A las once de la mañana de hoy sábado día 16 de junio, se celebró en un ambiente de normalidad democrática la sesión de constitución del consistorio aldeano para la nueva legislatura municipal, la octava desde la reinstauración de la democracia en nuestro país.

A esa hora procedió el secretario accidental a la lectura de la normativa pertinente y a conducir el acto, que comenzó con la constitución de la mesa de edad, con los dos concejales de mayor y menor edad, respectivamente, José Miguel Rodríguez y Margarita González.

A continuación, los diferentes concejales electos tomaron posesión de sus actas, atendiendo al orden en que fueron elegidos en el recuento de sufragios y aplicando la ley D’Hont.

Acto seguido se celebró la votación, para elegir al primer edil entre los cabezas de lista de las cuatro formaciones políticas que obtuvieron representación en estos pasados comicios, PSOE, NC-NGC, CC y PP. Una vez hecho el recuento, el candidato del PSOE, Tomás Pérez Jiménez, fue elegido alcalde por mayoría absoluta, con ocho votos. Dos votos le correspondieron José Miguel Rodríguez, de NC-NGC, dos a José Francisco Navarro, de CC, y uno a Francisco León, del PP.

Los diferentes portavoces de los grupos políticos dieron un mensaje en el que todos coincidían en agradecer a la población aldeana por haber depositado su confianza en ellos al votarles y comentaron la situación actual del municipio y el desarrollo del período electoral, con versiones contrapuestas de normalidad, por parte del PSOE, y de pérdida de las formas democráticas según señalaron, primero el concejal del PP y luego el portavoz de NC-NGC. PP y CC mostraron su disposición a arrimar el hombro para intentar sacar a La Aldea de la crisis por la que pasa a día de hoy y José Miguel Rodríguez remarcó que, a pesar de la posibilidad más que probable de un pacto de su formación política con el partido socialista en el Cabildo Insular, el papel de Nueva Canarias en el consistorio aldeano va a ser de oposición firme y de vigilancia estricta del cumplimiento de la legalidad.

Finalizó el acto con unas palabras del reelegido alcalde, Tomás Pérez, en las que expresaba su confianza en el futuro e invitaba a todos, desde el gobierno o la oposición, a trabajar por el destino de La Aldea de San Nicolás.

 

 

 

 


 

 

Fotografías de Julio Montesdeoca

 

Cien años de la fotografía en color

Cien años de la fotografía en color

Oigo en Radio Nacional que hoy se cumplen 100 años de la creación-invención-descubrimiento de la fotografía en color. Se me antoja hoy poner una de las imágenes que dejo colarse en mi cámara y que luego en mi ordenador maltrato con mis caprichos cromáticos.

Pero, pienso yo... ¿Estaban los colores ahí, hace cien años? Todas las pruebas indican que en aquellas épocas se vivía "en blanco y negro"; como mucho, "en sepia".

¿Será por eso que los sueños que soñamos que recordamos no tienen ni cian ni magenta ni amarillo?

Definitivamente creo que la psicodelia (¿si dice cosí?) revolucionó más y pintó más.

Siempre nos quedará la fotografía digital .

... y el Verbo se hizo madre

... y el Verbo se hizo madre

Preludio

Este escrito intenta reflejar los trajines que las madres se tenían, y se tienen, cuando llega la temporada previa a las primeras comuniones. Los trabajos comienzan desde meses antes y no zafan hasta que todas las drogas y compromisos contraídos quedan saldados.

Mi terno de primera comunión fue realizado por mi madre y mi tía Carmen, éstas fueron dirigidas y supervisadas por Tanilita, la mujer de Santiago el Herrero, una señora diplomada en corte y confección (no sé si por el Sistema Amador) que cosía también ropa de hombres.

La primorosa labor fue pagada con ayuda de aguja y horas en el taller de costura de los dos personajes familiares citados anteriormente. Además, y como para redondear, mi padre, que por aquel entonces ejercía de carpintero, limpió, raspó, lijó, pulió, aceitó, empastó y pintó las puertas de la casa de la costurera que -para más inri- eran grandes, con recovecos miles y... ¡muchas! Ni que decir tiene que mi padre acabó baldaíto y con la boca sucia de tantas pétimas que echó...

 


" ... y el Verbo se hizo madre."

Ella fue y vino, salió, entró vio, sopesó,

aquelló, midió, cortó, hilvano, repasó ...

Pasó noches de vigilia en las cálidas horas del mes de mayo,

pero, al fin, consiguió lo que quería.

 

Ella, subió y bajó, compró, embargó, pidió, pagó,

cifró, gimió, lloró, logró ...

Pasó días de frenético hacer y, allá por San Isidro descansó,

pero, al fin había conseguido lo que quería.

 

Ella, escarbó y cacareó, raspó, restregó, sobajió,

limpió, sudó, estofó, arregló, apolisó ...

Pasó la mañana con jiribilla y, ya cerca del toque "a dejar" salió,

pero, al fin, con lo que ella perseguía.

 

Ella, más ancha que cumplía, fue, entró, rezó, miró,

comparó, comulgó, entronó, paseó, retrató, visiteó ...

Pasó momentos de orgullo contenido y, ya pasadísimo el mediodía

chillaban sus mil callos, pero, al fin entró en su casa ...

¡Rendía! Como toda ella quería.

 

Ella, sirvió y apenas comió, bebió, refañó, contentó,

regaló, dispuso, colocó, repartió, gruñó, ordenó...

Pasó el resto del día como en una nube y,

ya entrada la cálida noche del mes de junio,

¡se botó en la cama! Al fin había conseguido lo que quería.

 

Ella, suspiró y se acurrucó, besó, consoló, acarició,

abrazó, abarcó, abracó, midió, cortó, hilvanó...

Pasó la noche con los ojos como lapas y, al llegar la mañana,

en su duermevela, se oyó a sí misma decir:

- ¡Luisillo, qué bien le dejaste las puertas a Tanilita!

 

Enrique García, el de Demetria Valencia la de coma Pepa.

Soneto XXXIV, de Francisco de Aldana

Soneto XXXIV, de Francisco de Aldana

 

En fin, en fin, tras tanto andar muriendo,

tras tanto variar vida y destino,

tras tanto de uno en otro desatino

pensar todo apretar, nada cogiendo,

 

tras tanto acá y allá yendo y viniendo

cual sin aliento inútil peregrino,

¡oh Dios!, tras tanto error del buen camino,

yo mismo de mi mal ministro siendo,

 

hallo, en fin, que ser muerto en la memoria

del mundo es lo mejor que en él se esconde,

pues es la paga de él muerte y olvido,

 

y en un rincón vivir con la victoria

de sí, puesto el querer tan sólo adonde

es premio el mismo Dios de lo servido.

"Reconocimiento de la vanidad del mundo", Francisco de Aldana

 

 

MAYO

MAYO

Introito. Dice un refrán que cuando marzo mayea, mayo marcea. Estos días, en mis recuerdos, mayo mayea y está en todo su poderío mandándome imágenes que van, desde la escuela primaria de don Federico hasta Las Tabladas, dando antes un rodeo por La Plaza, Los Llanos y Castañeta.

Durante este mes, hubo una época en la que íbamos a media mañana a la iglesia a recibir la doctrina. Había un juego que comenzaba ya desde el aula y que consistía en portarnos, Palmilla abajo, mejor que nuestras vecinas las alumnas de doña Josefa; las niñas nos lo ponían bastante difícil y yo no recuerdo haber ganado nunca.

Continuaba el divertimiento en el recreo que hacíamos en La Alameda. Jugábamos a carabina, a pico-zorro-terne, a virgo, a pompa y a una porriá de cosas más, entre las que figuraba, para algunos muchachos, la de molestar a Mariquita Salomé, inquilina del lugar y que Dios haya.

Los más previsores (o ricos) llevaban alguna peseta para poder visitar la horchatería de Miguelito León Martín y darse un pequeño atracón de frío placer, aunque sonara al pecado de gula del que hablaba el cura don Juan Quintero.

Estas cosas, y otras propias de la estación, animaban la rutina de los días ya un poco largos y calurosos del mes en curso que casi olía a vacaciones y a verano.

 


MAYO

(Queriendo imitar el estilo de Maximiano Matías, el Guajiro de Peñón Rajao)

Mayo me huele a cruces, a flores y a enramadas. Mayo me suena a estío, me sabe a helado entre galletillas y a sabrosa granizada. Mayo de ir a la doctrina en la iglesia, a la Horchatería Central y a la circunspecta Plaza.

Mayo de Vieja Alameda llena de niños que de jugar no se cansan, mayo de regañizas a Salomé, de cuatro esquinitas siempre lejanas, de virgo oculto, de tonta y repetitiva pompa, de perrogato, de sonso pico-pico-meyorico, de churrulín mi casa. Mayo de alegre y vertiginosa carabina:

-Tú te quedas, la pido, estoy por raya... ¡destápula!

Mayo me suena a sonsonete religioso, pláticas de los padritos y a coral de media mañana:

-"Si voy a las Misiones no te descorazones que entre rezos y canciones, madrecita vivirás..." Mayo me huele, me suena y me sabe a ritos, a devoción, a chiquillería jugando, a tardes largas y cruceros cuajados de olorosas ramas:

Subiendo por Castañeta, bordeando su barranquillo, en santa caminata van: grandes, medianos y familios. Andan portando flores cogidas por todos sitios: pajicos, melosillas, margaritas silvestres, salvias del barranco, papeleras, santamarías y melindros.

"Venid y vamos todos", cantan rayando el umbral del grito y, con su afán de ser los primeros, se animan los peregrinos. Descansan aquí, aligeran allá y llegando al Calvario Chico menguan las meriendas y refistolean las talegas los chiquillos; suspiran de cansancio y de pasión las madres al verlos hacer su mismo camino.

 


 

Encima de Las Tabladas, de la montaña en el mismo filo, se yergue abriendo sus brazos la que fue martirio del Cristo. Postrados allí a su pie rezan un rosario sencillo y suspiran con pena de nuevo las madres pensando en los que ya no están, en los que ya se han ido.

Bajan más tarde los fieles desandando el camino, cansados pero satisfechos llegan ya a Chaparra y se desparrama el gentío. Muestran sus caras alegres y las vuelven haciendo un giro: miran y se santiguan al ver al condenao Pipo que, queriendo cubrir el madero, se engalia con desatino en una tonga de piedras mal puestas en el borde mismo del risco.

Hay riesgo en lo que hace pero no corre ningún peligro, pues se agarra a la cruz de mayo, lo protege su ángel de la guarda y lo cuida el Todopoderoso Amor Divino.

Algunos días más tarde, allá por san Isidro, oigo su cometilla pregonando por mi barrio el mantecado frío. No se cayó de la cruz, tuvo suerte el rejodíngano; tuvimos suerte nosotros también, los fieles devotos del helado de Miguelito.

Mayo -con sus olores, con sus sabores, con sus sonidos de Vieja Alameda repleta de familios- me huele a flores y enramadas, me sabe y me suena a estío, a fría horchata, a vertiginosa carabina, a las cuatro esquinitas de La Aldea y... a la Cruz del Siglo.

Enrique García Valencia (guajiro diletante), La Aldea 2007.


ARTE POÉTICA, de Jorge Luis Borges

ARTE POÉTICA, de Jorge Luis Borges

 Mirar el río hecho tiempo y agua

y recordar que el tiempo es otro río,

saber que nos perdemos como el río

y que los rostros pasan como el agua.

 

 

Sentir que la vigilia es otro sueño

que sueña no soñar y que la muerte

que teme nuestra carne es esa muerte

de cada noche, que se llama sueño.

 

 

Ver en el día o en el año un símbolo

de los días del hombre y de sus años,

convertir el ultraje de los años

en una música, un rumor y un símbolo,

 

 

ver en la muerte el sueño, en el ocaso

un triste oro, tal es la poesía

que es inmortal y pobre. La poesía

vuelve como la aurora y el ocaso.

 

 

A veces en las tardes una cara

nos mira desde el fondo de un espejo;

el arte debe ser como ese espejo;

que nos revela nuestra propia cara.

 

 

Cuentan que Ulises, harto de prodigios,

lloró de amor al divisar su Ítaca

verde y humilde. El arte es esa Ítaca

de verde eternidad, no de prodigios.

 

 

También es como el río interminable

que pasa y queda y es cristal de un mismo

Heráclito inconstante, que es el mismo

y es otro, como el río interminable.

 

(El Hacedor)

LA ESCUELA DE MÚSICA DE LA ALDEA SE SUMA AL PROGRAMA DE ALUMNOS AVENTAJADOS

LA ESCUELA DE MÚSICA DE LA ALDEA SE SUMA AL PROGRAMA DE ALUMNOS AVENTAJADOS

Catorce alumnos de la Escuela Municipal de Música de La Aldea, que cursan estudios actualmente en el IES La Aldea y en varios CEIPs. del municipio, comenzaron hoy su participación en las actividades del Proyecto de Alumnos Avanzados de Escuelas Musicales Municipales.

Se trata de un programa mediante el cual se vela por el seguimiento en los centros municipales, con el apoyo material y personal del conservatorio, de los alumnos aventajados, de cara fomentar las vocaciones profesionales entre las personas de zonas extracapitalinas y enriquecer su conocimiento y cultura musicales.

 


 

Con alumnos y alumnas de diversos centros, como el de Fuerteventura, Agüimes y Teror , que ya cumplen un año en este proyecto, visitaron y conocieron las instalaciones del Conservatorio Superior de Música de Las Palmas , de la mano de varios profesores, a lo largo de toda la mañana del miércoles 11 de abril.

Después del almuerzo, los jóvenes músicos ensayaron con sus profesores en las aulas del centro de la capital, para, a partir de las cuatro de la tarde, actuar en un concierto variado en estilos, obras y autores, desde Beethoven o Grieg, a piezas musicales actuales.

Fue un concierto que dejó muy alta la estima de nuestros jóvenes y de su profesorado, que merecen todo el reconocimiento no sólo por su talento sino también por su esfuerzo y su trabajo.

 



 

El Encuentro en La Aldea de San Nicolás

El Encuentro en La Aldea de San Nicolás

Al atardecer de este miércoles 4 de abril, partieron las imágenes del Nazareno, la Dolorosa y San José de Arimatea, por diferentes calles, para encontrarse, como ya viene siendo costumbre, en la zona peatonal de la Calle Real.

El párroco, don Francisco José, llamó a los asistentes a la reflexión en torno al dolor compartido de Jesús y María, y a la convivencia fraternal.

 

 


 

Un número considerablemente reducido de fieles acompañó en procesión a las figuras consagradas, en comparación a la asistencia muy nutrida del año anterior. Lo cual se podría achacar, sobre todo, a las excelentes condiciones climatológicas, que invitan más al éxodo hacia las playas y campos que al recogimiento y el fervor de las celebraciones religiosas.

 

Sin embargo, es de notar el trabajo constante que, año por año, lleva a cabo el grupo de personas que limpian y adornan el templo parroquial en esta ocasión tan importante en el calendario cristiano. Así mismo, se esmeraron en el engalanamiento de las imágenes y en los adornos florales, con un resultado siempre vistoso y conmovedor.

 

 




 

apadrina una palabra

apadrina una palabra

En la Escuela de escritores ha dado comienzo una nueva iniciativa para celebrar el 23 de abril, un día llamado del libro, pero que yo personalmente llamaría de la lectura.

Si el año pasado nos proponían elegir la palabra más hermosa de nuestro idioma, ahora nos ofrecen apadrinar una palabra en vías de extinción . Se puede, además, votar por otras propuestas. Ya hay bastantes palabras que, aunque no sean todas conocidas de todos, dan idea de la diversidad y riqueza de nuestro patrimonio lingüístico, tan maltratado, sacudido y reducido.

Propongo que miremos esas palabras y preguntemos en nuestro entorno familiar o social por ellas, para tener una idea del serio riesgo que corren muchas de desaparecer.

Otra preciosa iniciativa. Ya yo propuse bezo (labio). Me gusta tanto esa palabra como lo que designa. Casi tanto como bemba.

No se priven y propongan.

 

(Imagen superior: "Labios con gota", de Jan Saudek (1974), tomada de http://www.latarea.com.mx)

PAISAJES EN EL RECUERDO. La Semana Santa del cincuenta y tres

PAISAJES EN EL RECUERDO. La Semana Santa del cincuenta y tres

Recuerdo la primera vez que, siendo niño de corta edad, oí y sentí el recogimiento preceptivo de la Semana Santa, en aquel entonces. Sería un Viernes Santo por la mañana, cuando tiendas y almacenes de empaquetado abrían hasta el mediodía sus puertas en plena zafra tomatera de 1954, creo. Y en la puerta de mi tienda, establecimiento tan transitado en aquella época por gentes de todo tipo y condición, yo silbada alegre, cuando entró Chano Valencia, el Indio -apodo de su familia por su padre, Vicente el de Las Cuevas, quien, por estar muchos años en América, tomó este sobrenombre. Precisamente, según contaba en La Marciega, había ido a Cuba en el último viaje del Valbanera, en septiembre de 1919, escapando milagrosamente de aquel célebre naufragio.

“Paquito, no se silba, ni se canta, ni se salta, ni se brinca, ni se juega a la pelota… el Señor… Dios, está muerto”, me advirtió Chano, en el elevado y jovial tono con que él se expresaba. Esto me dejó muy sorprendido y de inmediato le fui a consultar el asunto a mi madre, la que todas las noches, aún siendo muy pequeño, me instruía pacientemente en los largos rezos de la doctrina cristiana. Pero lo de la muerte del Señor con otros misterios más debían de ser conceptos difíciles de asimilar, a pesar de que ya me sabía de cabo a rabo y muy de carretilla el Credo.

Pues sí… el Señor había muerto en una cruz y eran momentos de recogimiento, me confirmó mi madre, detallándome además todo el proceso y figuras de la Pasión, incluida la traición de Judas y la resurrección gloriosa, que atentamente capté.

Quizás no estuve conforme con sus respuestas y detalles, porque lo de morir Dios, el creador de todo, que yo asociaba en su morada de la montaña de Los Cedros, no me parecía lógico, aunque la gloriosa resurrección encajaba con la historia de una divinidad. Salí de la tienda y tomé acera arriba a investigar el asunto por la vecindad, porque yo siempre me recorría casa por casa. Pasé de largo por la primera casa, la de Juan Guerra y Francisquita Viera, porque pensaba que a lo mejor no me iban a responder a tal dilema, más aún con un maestro Juan, tan gago él, y una Francisquita no muy dada a la conversación. Así que fui a parar ante la que yo llamaba abuelita, Pepita Casas, la abuela de Fefo Navarro. Allí estaba como siempre su anciano esposo José Navarro, sentado, liando su cigarro de picadura morena y fuerte, como su faz de cientos de arrugas, curtida con el salitre en sus largos años de mar, porque había sido marino de los veleros y vapores de cabotaje, prueba de lo cual la constituía su viejo arcón que estaba en un rincón de la casa y que para mí era como una caja de sorpresas, cuando lo abrían sus nietos. Navarro tampoco me inspiraba confianza para hacer tal pregunta sobre la muerte del Señor. Sí su esposa Pepita, la que tanto afecto me daba y a la que yo le respondía como si fuera un nieto más: “Abuelita, dicen que mataron al Señor”. Su respuesta de “sí mi niño… mataron al Señor”, vino a confirmar lo que me había dicho Chano el Indio y me había sido detallado por mi madre; “pero… ¿quién mató al Señor?”. Pepita con su amable tono acusó a “los judíos, mi niño, los judíos…” Después del quién, mi interrogatorio continuó con el cuándo, el cómo y el porqué, que lógicamente no pude entender; aunque probablemente debió coincidir con los detalles y figuras de la Pasión que mi madre me había narrado. Aún hoy, su hija, querida Luisa Casas, cuenta que salí acera abajo enfadado, diciendo entre dientes “estos jubíos que mataron al Señor”.

A mi deseo, por la tarde, mi madre me empaquetó con las mejores ropas con Fefo Casas y mi primo Pepe Luis Moreno, camino de la iglesia, al sermón de las Siete Palabras, a los cultos que acababan con aquella larga procesión del Santo Entierro. En pago a mi custodia les dio un par de pesetas para que compraran unas golosinas en el carrillo de los dulces o en el puesto ambulante de Sionita en La Alameda, que vendía todo tipo productos azucarados (pirulines, tirajalas, caramelos…) o en la horchatería de Miguelito León, detrás de la iglesia, que ofrecía sabrosos mantecados de vainilla y coco o polos de fresa y limón elaborados por su familia con productos naturales, que quienes los probamos aún seguimos diciendo que nunca más otros sorbos helados han sido igual. Ante tanta oferta yo lo tenía muy claro: sólo quería un chicle, producto novedoso que aún no había llegado a mi tienda.

Tres o cuatro cosas recuerdo de aquella mi primera experiencia en los cultos de Semana Santa de principios de los años cincuenta: la gran cantidad de gente que estaba dentro y fuera de la iglesia por la Rambla y La Alameda, el deseado chicle americano marca Bazooka y la penosa la imagen del Señor muerto en el sepulcro de madera y cristal entre el estruendo de la matraca, accionada por el monaguillo Juanito el de las Manolas dentro de la ermita, que desprendía un intenso olor a incienso y a madera vieja de tea.

Del chicle que me compraron en el carrillo de los dulces les diré que mi impaciencia por saborearlo en un principio me desconcertó pues lo encontré tan dulce que pensé que me engañaban con un caramelo raro de goma, amenazándoles con que tal engaño se lo contaría a mi madre, que para eso les había dado el dinero. “Paquito, masca, masca… que es un chicle nuevo, no usado”, me decían apurados. En efecto, así fue, pues desconocía su sabor original ya que aquella novedosa golosina, hasta aquel momento, sólo la había saboreado de segunda boca, con lo que podemos dar una idea de aquellos años de escasez de tantos productos comunes y la consecuente higiene. Aún estaban implantadas las cartillas de racionamiento. La gente deseaba la llegada del “reparto” en aquel viejo y agonizante camión de gasolina, el Stuart de los Rodríguez Quintana. No obstante ya empezaban, poquito a poco, a llegar a las tiendas nuevos productos alimentarios como la mantequilla, la conserva… desconocidos en la década anterior, cuando para conseguir el café había que hacerlo en el mercado negro conocido como estraperlo y cuando aún la moneda de cambio, a modo del trueque medieval o de las economías autárquicas, a veces eran productos de primera necesidad, como el millo o los huevos. Desde 1939 hasta 1951 el modelo de desarrollo económico del Estado español, empobrecido y aislado, era una autarquía económica, es decir que pretendía producir dentro de sus fronteras todo lo necesario para su desarrollo, protegiendo su producción e importando lo mínimo. Y en el orden social se daban unas estrechas relaciones del aquel Estado dictatorial con la Iglesia denominado como nacionalcatolicismo.

 



 

La procesión del entierro del cincuenta y tres, recuerdo, fue muy larga, con muchos santos, unos detrás de otros, y apenas mi vista podía apreciar entre tanta gente de traje y corbata, faldas largas y velos… Apenaba la expresiva imagen de la Dolorosa con el puñal clavado en su corazón. Impresionaba la del Cristo Yaciente, coronado de espinas y todo lisiado en su sepulcro de madera y cristal, que para poderlo apreciar bien me tuvieron que elevar con los brazos. Tal como me había aconsejó Pepita Casas, comprobé la figura lastimosa del Señor muerto, en su ataúd torneado, custodiado por guardias civiles, para una mayor solemnidad. Y qué guardias civiles aquellos de los largos bigotes, tricornios, con la boca del fusil hacia el suelo de aquellas calles de tierra, en paso marcial al son fúnebre de la banda municipal de música dirigida por el enérgico maestro don Buenaventura, el recordado Venturita Araújo, creador de una escuela de músicos locales. Conformaba este singular músico la quinta generación de una saga familiar de mucha historia en el pueblo, cuyo patriarca había sido aquel célebre sacristán e ilustrado gallego de capa y espada, que se estableció en La Aldea hacia 1740 y su padre, don Salvador Araújo, el alcalde y romántico gestor de los últimos años del Pleito de La Aldea.

Vinieron otras semanas santas, según fui creciendo, en las que se mantuvieron los mismos clichés. Eran los años de la expansión del tomate en La Aldea y los cultos atraían a mucha gente, a pesar de que se solía trabajar en los almacenes de empaquetado, incluso en horas del Jueves Santo. Recuerdo el recorrido de la procesión por La Palmilla, dar la vuelta por La Plazoleta e ir asomándose las mujeres para verla pasar, porque a lo largo de este trayecto había más de diez almacenes. De todas formas, La Alameda y la pequeña ermita se abarrotaban de gente, sobre todo mujeres procedentes de todos los lados de la isla, atraídas por la oferta laboral del sector.

Comenzaba con el atractivo Domingo de Ramos, del que hasta los años sesenta mantuvieron la tradición de los palmitos trenzados y las ramitas de olivo, luego se perdió hasta que hace unos pocos años se recuperó. La mayor parte de los que asistían a la misa mayor y la procesión llevaban hojas de palmitos sin apenas los complicados trenzados que hoy suelen hacer. Solíamos extraerlos del cogollo de palmas jóvenes. No recuerdo que la mayoría llevara palmitos tan decorados y con tantas filigranas. Yo los iba a buscar a La Hoyilla, a la finca de Pancho Marta, persona mayor que con tanta voluntad me lo extraía con su hacha entre las mejores hojas del interior de su palmito. Siempre le tuve un gran afecto y le correspondía muy bien detrás del mostrador de mi tienda con generosas copas de ron a cambio de mil cuentos del paisaje y gentes de finales del siglo XIX.

La Semana Santa se ubica en el comienzo de la temporada del alisio. Al respecto les cuento cómo irrumpían en aquel entonces estas masas de aire tan necesarias en nuestra latitud geográfica. Hoy, como siempre vamos en coche o hay tantas casas, no las notamos tanto. Yo recuerdo que sus fuertes rachas y remolinos despeinaban nuestros cabellos de brillantina y agua florida que no conocían los sedosos champús y fragantes cremas acondicionadoras de hoy. El viento racheado arrastraba a su paso a todo tipo de marullos, a la vez que formaba polvaredas en las calles entonces sin asfaltar. Sorprendía sobre todo a las mujeres, cuando salían en tromba de los almacenes a almorzar, muy apuradas y desprevenidas, con lo que el aire juguetón les levantaba por unos pocos segundos sus faldas, el tiempo suficiente para descubrir sus muslos tras unas rodillas donde las ligas mantenían unas medias oscuras de cordoncillo; visión instantánea para el género masculino, porque rápidamente las afectadas daban media vuelta y con las manos colocaban el traje en su sitio con más o menos efectividad, aunque siempre la vista masculina poco o mucho percibía la estampa erótica, lo que generaba el deseo tan prevenido desde el púlpito como pecado contra el noveno mandamiento. Y era así como el fresco y juguetón alisio, como la serpiente bíblica, por Semana Santa, llevaba una y otra vez, a jóvenes y adultos al preceptivo confesionario para el pecado que menos arrepentimiento ha tenido desde los tiempos míticos del Paraíso Terrenal. Además, en el plano de las buenas sensaciones, cada Semana Santa, en su tiempo de silencio desde la Cuaresma, nos aportaba el primer dulzor de la tierra con el sabroso manjar del “míspero” del país, cultivado preferentemente en Los Cascajos y El Parral.

En las horas de los principales cultos de Semana Santa se producía una gran atracción humana en el centro del pueblo. Eran el pretexto o se aprovechaban para las relaciones sociales de la juventud en aquel marco social del nacionacatolicismo. La estrategia más significativa era el paseo alrededor del quiosco de La Alameda -con la que salías el Viernes Santo te casarías, contaba la tradición oral. Aquel paisaje humano podría dibujarse así: las muchachas cubiertas con el preceptivo velo y la ropa adecuada a la normativa eclesiástica (falda debajo de la rodilla, mangas sobrepasando el codo, cuello sin escote, medias en los pies…) y con el rosario y libro de misa en mano, paseaban en grupos por La Alameda con la vista disimulada pero precisa en el punto donde podría estar el pretendiente o el amor deseado; frente a los jóvenes que bien paseando en sentido contrario o en punto estratégico de La Alameda, también planificaban sus deseos de relación.

Estas aglomeraciones y paseos coincidían primero con las horas de las confesiones previas a los días principales, con los días y horas de los cultos y sermones del enérgico cura don Juan Quintero Suárez. Y se repetía con mayor o menor profusión en los “domingos y demás fiestas de guardar”.

La Semana Santa del pasado también era el tiempo de los ayunos y abstinencias de carne a excepción de los privilegios de las incomprensibles bulas. En fin todas unas relaciones, creencias y actividades muy distintas, lógicamente, a las de hoy y que terminaban el Domingo de Resurrección con la misa y la Quema de Judas, que no tuvo el arraigo popular de otros lugares y que nunca llegué a presenciarlo, por lo que calculo que ya en los años cincuenta estaba en decadencia.

Nada más tengo que dibujar de este paisaje del ayer. Todo ello y más cosas que se escapan de nuestros recuerdos han quedado en esa etérea dimensión del pasado que nuestra generación evoca, la cuenta y la pinta según le fue. No sé si la mía, con el respeto a las creencias y formas de pensar de cada cual, habrá sido del agradado del lector.

 


Francisco Suárez Moreno

 

cosas del lenguaje

cosas del lenguaje

Otra curiosa historia remitida por una lectora de ARTEVIRGO . Curiosa, como la que más. Lean, lean...

Sgeún un etsduio de una uivenrsdiad ignlsea, no ipmotra el odren en el que las ltears etsán ersciats, la úicna csoa ipormtnate es que la pmrirea y la útlima ltera etsén ecsritas en la psiocóin cocrrtea. El rsteo peude estar ttaolmntee mal y aun pordás lerelo sin pobrleams. Etso es pquore no lemeos cada ltera por sí msima snio la paalbra cmoo un tdoo. Pesornamelnte me preace icrneílbe...


DENTRO DE TI ESTÁ EL SECRETO, de Amado Nervo

DENTRO DE TI  ESTÁ EL SECRETO, de Amado Nervo

 

Busca dentro de ti la solución de todos los problemas,
hasta de aquellos que creas más exteriores y materiales.

Dentro de ti está siempre el secreto; dentro de ti están
todos los secretos.

Aun para abrirte camino en la selva virgen,
aun para levantar un muro, aun para tender un puente,
has de buscar antes, en ti, el secreto.

Dentro de ti hay tendidos ya todos los puentes.
Están cortadas dentro de ti las malezas y lianas que
cierran los caminos.

Todas las arquitecturas están ya levantadas dentro de ti.
Pregunta al arquitecto escondido: él te dará sus fórmulas.

Antes de ir a buscar el hacha de más filo, la piqueta más
dura, la pala más resistente, entra en tu interior y pregunta...

Y sabrás lo esencial de todos los problemas,
y se te enseñará la mejor de todas las fórmulas,
y se te dará la más sólida de las herramientas.

Y acertarás constantemente,
pues que dentro de ti
llevas la luz misteriosa de todos los secretos.